Tres fósforos en la noche

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Trois allumettes une à une allumées dans la nuit.
La premiére pour voir ton visage tout entier.
La seconde pour voir tes yeux.
La dernière pour voir ta bouche.
Et l’obscuritè tout entière pour me rappeler tout cela,
en te serrant dans mes bras.
Jacques Prêvert

Autosave-File vom d-lab2/3 der AgfaPhoto GmbH

En la noche uno a uno encendí tres fósforos.
El primero para verte el rostro.
El segundo para ver tus ojos.
El último para ver tu boca.
Y la completa oscuridad para recordarlo todo,
exprimiéndote entre mis brazos.

Gostoso Didí

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Didí es un garoto nordestino de cuerpo fibrado y firme revestido de piel de raso brillante, color chocolate con leche.
Hablando de leche también huele como ella, pero recién ordeñada, y cuando levanta los brazos y muestra los sobacos de pelitos enrulados, matiza el olor con un perfume barato y popular, de los que se suelen impregnar las taquillas de los gimnasios.
Inteligencia y buen gusto no le han de faltar porque, a pesar de tener como origen una familia humilde de un pueblito remoto, ha conseguido ingresar beca mediante, a la prestigiosa FAU (Faculdade de Arquitetura e Urbanismo da Universidade de São Paulo) famosa por los exigentes filtros que dejan fuera a la mayoría de los que pretenden vacante.

Se hace de tiempo algunos días a la mañana para remar por la Raia Olímpica, y allí fue que nos encontramos.
Comenzamos por saludarnos entre los que nos sentíamos cómplices del exceso de correr por la pista asfaltada después de soltar los remos.
Allí y a esa hora son pocos los que se someten al esfuerzo, y comentando justamente asuntos de ese tipo se inició una cierta simpatía entre nosotros.

Tiene un nombre y un apellido imposibles, y seguramente por eso su padre comenzó a llamarlo simplemente Didí, en honor a un ídolo de la histórica selección de futebol ganadora de los mundiales de Suecia y Chile.

Curioso por conocer el aspecto de tan glorioso referente le pedí  ayuda a Internet…

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…y encontré un muy interesante ejemplar varonil, con bigotito a la moda de su época, que se sentía cómodo jugando en las duchas, desnudo junto a sus compañeros.

También nuestro Didí tiene esa belleza particular que imponen los negros, fruto de la fuerza de su genética, y de la injusticia darwiniana a la que es sometida su etnia.
Es dueño de una sonrisa resplandeciente y de una nalgas soberanas.
Si, su culo es el rey de su cuerpo, por lo soberbio y porque gobierna indiscutiblemente a el resto de los órganos.
Le cuesta admitirlo, y se ríe cuando afirmo que fue su culo hambriento el que buscó de acercárseme, quien le ganó la pelea a su timidez, curioso por hacer su primer hombre blanco.

Que no se interprete que fue un trámite precipitado, todo lo contrario, compartimos varias charlas mañaneras, muchas botellitas de agua hablando del tiempo, de su carrera, de la vida compleja en las grandes ciudades, y mil sonseras más antes de que mirando el suelo se atreviera a decirme: Você é muito gostoso.

Como después de su confesión lo vi paralizado, esperando que la tierra se abriera para tragarlo, lo tomé del mentón, levanté su cara y con infinita sinceridad le respondí:
Didí, eu acho que você é um moço gostosisimo!

El proceso que culminó con el encuentro entre Didí, Germán (mi Amo) y yo sentados a una mesa del BrewDog, duró cerca de un mes y fue un camino de dudas, temores e interés.

Por fin, a la semana, un sábado recibimos a Didí en casa dispuesto a quedarse hasta el domingo, listo para permitir que se le amarren las muñecas y gocemos de su cuerpo gostoso y de su miedo.

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La hora del lobo

« L’heure du loup, c’est l’heure où la nuit fait place au jour.
C’est l’heure où la plupart des mourants s’éteignent, où notre sommeil est le plus profond, où nos cauchemars sont les plus riches.
C’est l’heure où celui qui n’a pu s’endormir affronte sa plus violente angoisse, où les fantômes et les démons sont au plus fort de leur puissance…»
Ingmar Bergman

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Me gusta recorrer la ciudad nocturna, cuando su hermana gemela la sofocada por el día, duerme profundamente.
Cuando la madrugada está muy avanzada, a la hora del lobo.
Cuando ya nos han echado de los pocos lugares que permanecían abiertos; espacios donde se reúne la fauna noctámbula.
Tribus que se juntan para beber, y para dejarse beber si es posible y hay onda.
Algunos borrachos duermen en el último lugar donde les abandonó la conciencia.
Las calles están desiertas o casi; muchas veces recién regadas, húmedas, espejando teatralmente la luz de edificios y faroles.
Se nota la caricia de la brisa y el beso del rocío en sus parques y en las avenidas arboladas.

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Como las luces son tenues se potencian más los sentidos.
Si prestamos atención escuchamos la respiración de quien nos acompaña; sentimos sus olores, nos hablamos en voz baja, porque no hay sonidos que nos interrumpan y aturdan.
Se genera una complicidad que nos impulsa a acercarnos, a susurrarnos al oído, a acariciarnos la piel.

¡Qué cerca estamos de confesar algún secreto, de posar los labios con delicadeza en su mejilla, esperando ser correspondidos,  conducidos al costado, contra alguna pared y magreados con rudeza; hasta que la cercanía de unos pasos nos traigan a la realidad para riéndonos seguir el camino.

La policía se ha retirado a cuarteles con su cosecha de la última redada.
Las putas y los putos se ofrecen liquidando sus servicios, desnudando con descaro tetas, culos, vergas y coños; se los acarician, gimen representando el polvazo que prometen.
Ese llamado es todo un reclamo, a la vez que un pedido de auxilio.
Es dinero necesario de ganar, quizás para la cuota del chulo, para el dealer, o para llenar la olla al otro día.

En el hueco de algún portal, en un rincón poco iluminado, el pervertido también aguarda a su presa.
Tiene la trampa preparada, y aunque egoísta, generalmente actúa solo, hay casos que tiene que tolerar compañía para compartir el festín.
Tal como le sucede al tigre solitario cuando se le suma una manada hambrienta atraída por el olor de la sangre fresca.

A la vuelta de la esquina nos espera la soledad de un desierto que está a punto de sucumbir al estruendo del día que se avecina.
Queremos eternizar ese momento en que no sabemos si estamos aturdidos o hiperdespiertos y nos trenzamos con un beso de morder labios y lenguas.

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Cuando el ulular de una ambulancia interrumpe la paz, imaginamos a una bella señora, muy pálida volando con prisa, tratando de ganar la carrera y llegar antes a la cita para poder cobrarse la presa condenada desde su origen, como todos.
El cuadro pintado en riguroso claroscuro es dramático.
Sabemos que la fiera nocturna es más eficaz durante la cacería trasnochada.

Como ha dicho Bergman “La hora del lobo es el momento entre la noche y la aurora, cuando la mayoría de la gente muere, cuando el sueño es más profundo, cuando las pesadillas son más reales, cuando los insomnes se ven acosados por sus mayores temores, cuando los fantasmas y los demonios son más poderosos …”

Pero también es la hora en más partos suceden.

Y también es la hora ideal para estallar un polvo loco de violencia y ternura en plena calle.
Y ganarle una batalla a la muerte.
Si bien, no toda la guerra.

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Vértigo

ovejanegraEl dolor es una advertencia.
Una advertencia de peligro.
Mi cuerpo reacciona alejándose de la fuente del dolor, para salvarse del peligro que lo acecha.
Cuando el Amo me causa dolor, mi cuerpo lucha entre huir y quedarse.

Y lucha porque mi cuerpo lo disfruta.
Porque sé que Él me salvará del peligro.
Porque sé que en sus manos no corro riesgos; me sostiene cuando me asomo al vacío.
Cuando vibro sacudido por el miedo, por la amenaza de lo desconocido, de lo prohibido, me consuela saber que me acompaña.
Hasta allí me ha conducido, y desde allí me rescatará.

Suspendido en el aire, flotando sobre un pozo oscuro donde ruge el viento, el vértigo me llama al fondo.
Pero no caigo; el Amo me sostiene con firmeza, tomándome del pelo me permite balancearme, dejarme llevar por las corrientes.
El dolor en el cuero cabelludo se trasmite a todo mi cuerpo y me recuerda que allí está Él, sosteniéndome.

No sería capaz de asomarme a la sima profunda sin la tutela del Amo.
A Él le debo el coraje y el goce; y el dolor que no quiero evitar.

Sensibilidad

¿Cómo saber si nuestra sensibilidad, nuestra capacidad de percibir sensaciones a través de los sentidos, es más intensa que la media?

Si escuchamos sonidos más apagados que el resto, si al mirar a la distancia distinguimos más detalles, si ante un plato de comida diferenciamos más ingredientes, podemos decir que nuestra vista, oído, olfato, gusto son más sensibles.

Lo que me intriga es saber por qué a algunos les cuesta y a otros no, asociar la sensación provocada por el estímulo de un sentido con otras sensaciones, momentos almacenados en nuestra memoria, emociones más o menos intensas.

Tal vez a los que la vida con sus circunstancias nos dio desde niños la forma de seres reflexivos, introvertidos, observadores del mundo que nos rodeaba; forzó nuestra capacidad de inventiva, y con el correr del tiempo, cuando rompiendo el cascarón nos atrevimos a vivir se desbloquearon emociones reprimidas y disfrutamos con más fuerza, a nivel físico, del estímulo de los sentidos permitiendo también que nos afecten profundamente, a nivel mental.

Se dice que la evolución social viene atrofiando la mayoría de los sentidos que de origen poseía por necesidades biológicas la especie humana.
Si es eso cierto me pregunto si en alguna medida existe la posibilidad de recuperar algo de esa pérdida. Esto sin ingresar a una comunidad de gorilas, en la selva, para convertirse en un nuevo Tarzan.

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Desde que cambié mi vida, para vivirla de manera tan particular junto a mi Amo, creo que poco a poco he desarrollado más mis sentidos. Quizás no sea tanto como me parece, pero estoy seguro de que no he seguido el cuesta abajo de la especie.

Si bien no tengo una vista de lince me las arreglo, pero estoy muy satisfecho con el desempeño de mi olfato, mi gusto y mi oído. ¿Será esto porque soy un animal nocturno?
De lo que me he dado cuenta es que mi piel, toda la que me envuelve, vive en estado de alerta esperando experimentar el próximo roce, golpe, caricia, frío o calor, lo que sea que la altere y sacuda.

Para descubrir a las brujas en la edad media se las sometía a una serie de pinchazos; se suponía que el Demonio las protegía del dolor y que no responderían ya que estaban endemoniadas y anestesiadas; pero como Satanás no era todopoderoso siempre quedaba un rincón de su piel sensible que al ser pinchado haría chillar a las desdichadas.
Y en esa tarea se turnaban los inquisidores buscando el lunar vulnerable.
Conmigo tendrían que usar el procedimiento inverso, ya que desde las no tan inocentes cosquillas hasta las dulces caricias, pasando por accionares más drásticos sobre la piel de cualquier zona del cuerpo, me desatan torbellinos.

Revolcarme en la arena o en la tierra, abrazarme al tronco de un árbol, dejar que la primera lluvia fría me empape, el sauna loco de los rusos que primero agobia por el calor del vapor y los varazos de abedul y luego estremece al zambullirse en la nieve, todo eso me excita, y podría decir me sobre-excita.

Pero nada, nada, supera mi nivel de excitación como cuando estoy a merced del Amo.
Preparado para cumplir con sus deseos y fantasías.

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Mi Macho

mymenParecida a la declaración de una viuda patética, “él fue el único hombre en mi vida”; sin ser viudo, ni querer parecer patético, me veo forzado a declarar mi verdad cuando digo que el Amo ha sido el único Macho en mi vida.
Puede que esto sea definitivo, tal como hoy lo concibo y deseo, o no…porque nada es más incierto que el destino.

Con esto no quiero decir que no haya tenido y tenga, relaciones de tipo sexual con otros hombres, y mujeres.
Dicho vulgarmente, nadie me ha cogido más que Él, ni antes ni después de conocernos.
Mi culo no tuvo dueño, y  Él se lo apropió la noche que me lo rompió; y no solo no lo ha compartido, sino que no lo ha soltado.
Es de su propiedad exclusiva.

Mi naturaleza curiosa se preguntaba qué era lo que tan bueno sentían los chicos a los que había follado.
Cuál era el origen de esos gemidos placenteros y dolorosos que emitían; mientras yo macho, les taladrada el ojete apretando los dientes hasta gritarles “Ahí te va mi leche”.
Pero probablemente por mi aspecto, mis relaciones, el medio en que me movía, mis actividades, si ha alguien le resultaba atractivo era a las mujeres, y a los chicos pasivos.
Tampoco estaba yo dispuesto a entregar mi virginidad anal a cualquiera.
De forma más o menos consciente esperaba la llegada del “seductor”; sin tener establecido qué requisitos debía llenar ese “príncipe azul”.

Siguiendo con la curiosidad y queriendo meter las narices en el mundo de dominantes y sometidos, me anoté para husmear en un par de webs españolas especializadas en BDSM, una de ellas gay.
Las posibilidades de relación, por cuestiones geográficas, se limitaban a un tonteo online.
Hasta que de repente, la gran sorpresa, alguien quería conocerme, y estaba a pocos kilómetros de distancia dentro del continente enorme que es América.

No lo podía creer.
Cagado de miedo accedí a una primera cita.
Y cayendo en otro lugar común y cursi digo que en esa primer cita “me flechó”.

Enceguecido por una química pasional e irresponsable, me deje coger esa primera vez;  y sin condón.
Quería sentirme lleno de su verga y rellenado de su semen.
Quería sentir ese orgasmo del que había escuchado hablar y que creía fabuloso, que se origina por la fricción ardiente del ojete, y el palpitar incontrolable del recto.
Quería sentirlo golpearme la próstata para que soltara la semilla sin siquiera rozarme la verga.

No sé que porcentaje de lo físico y que porcentaje de lo emocional resultó para que madurara ese orgasmo en mi, segundos antes de que el suyo me preñara.
Preñado para parir el esclavo que se sometió sin remedio.
Desde entonces mi Amo es mi Macho.

El sabe que de vez en cuando, y para mantenerme equilibrado necesito ejercer mi rol de activo.
Con sabiduría permite que comparta algún pasivo, alguna mujer; siempre dentro del marco de su supervisión.
Y justamente tener conciencia de esa supervisión potencia el morbo en el que me gusta estar involucrado.

Así jugamos muchos juegos, entre los que no falta el aprovechar el atractivo que yo pueda tener sobre chicos o mujeres,  para como carnada convencerlos de participar en la red voluptosa que teje el Amo.

Pero siempre y definitivamente Él será el Macho, el activo, el Amo; y yo su pasivo, su esclavo.