El beso

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Soplo del vital aliento que anima nuestra naturaleza de barro.

El Amo reclama lengua para morder, saliva dulce y gemido.
Dispara los aguijones que atraviesan sin obstáculos el cuerpo todo.

Imposible resistirse a su violenta delicia; imposible evitar el clímax de la unión con el Vampiro.

Aquí se eterniza el tiempo

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Víctima u ofrenda, llámame como más te guste. Nunca engañado, sobre mis pies entro fascinado al matadero.
Desnudo, limpio, purificado del derecho y del revés.

Aquí reinan los extremos. Rincones oscuros, metales de brillo afilado.
Ecos de quejidos erran entre los pasados y los futuros que conviven con el presente. Porque aquí adentro se eterniza el tiempo.

Ayer cuando creí que el placer me había matado; me resucitó el rayo del dolor.
Hoy busco alucinado repetir, como seguramente lo haré mañana.
No hay mayor adicción que ponerse en manos del Verdugo que en este altar, adorando a las deidades de la obscenidad, ejecuta el sacrificio sin tenerte compasión.

Cambio de vida

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A los 25 años mi vida dio un cambio brusco.
Tan brusco que ahora viéndolo con la perspectiva del tiempo transcurrido, me asombra que haya sido capaz de aceptarlo, soportarlo y ¡disfrutarlo!

Cuando caí embrujado en las redes de seducción del que sería mi Amo, acepté convivir con él y me mudé a su casa en Porto das Dunas, cerca de Fortaleza.
Abandoné la playa de Jericoacora y a mis colegas, y con ellos lo que había sido hasta ese momento una vida en que solo hacía lo que tenía ganas y cuando me venían las ganas.

Antes de aceptar mi dependencia, sabía que por su trabajo los viajes y con ellos las ausencias serían constantes; pero una cosa es imaginarlo, y otra muy distinta es vivirlo nientras vas contando las horas, minutos y segundos.
También sabía, y es más lo había buscado, que estaría sometido a una disciplina diaria que yo no había diseñado y que me tocaba respetar.

Me costaba mucho mantener esa disciplina cuando no estaba presente el Amo.
No quiere decir que no lo hiciera, solo decir que en lugar de placer me daba disgusto seguir con la rutina fijada,  que era controlada por una pareja de rústicos servidores a cargo de mantener el funcionamiento de la casa, y el cuidado de las pertenencias del Amo; entre estas últimas cosas me encontraba yo.

No se trataba de personas que podríamos definir como físicamente atractivas, y su trato era lo contrario a lo refinado.
Se trataba de un hombre y una mujer mayores que habían trabajado toda su vida en el campo en las condiciones habituales de esta dura y seca zona del nordeste.

Se limitaban a seguir las instrucciones recibidas al pie de la letra y a informar como habían ido las cosas en ausencia del Amo.
Solo puedo decir a favor de la mujer, que era una buena cocinera, diría que muy buena.
El caso es que de cualquier forma yo me esmeraba para no irritarlos, cumplir con todo lo fijado y esperar que pasen un buen reporte de mi comportamiento.

Tenía mi lugar privado, donde nada me faltaba. Mi cama, mis aparatos para ejercitarme, una biblioteca con el material necesario para trabajar mi tesis y los libros que el Amo había seleccionado para mí, mi PC, un baño donde me higienizarme, y nada más.
El resto de la gran casa y su parque eran territorio vedado, salvo cuando el Amo estaba presente y quería que lo acompañara.
Mis guardianes me llevaban la comida, se encargaban de la limpieza, y me observaban y controlaban.

Diariamente el hombre me hacía correr una hora de reloj alrededor del parque, después podía nadar hasta una hora más en la piscina.
Durante la carrera no podía descansar ni un segundo y de vez en cuando me gritaba para que acelerara.
Como normalmente ese ejercicio lo realizaba dos veces al día, las primeras horas de la mañana y las primeras de la tarde, mi cuerpo mantenía el color de la playa, aunque había perdido la marca blanca de los bermudas en culo y muslos.
Demás está decir que todo esto lo hacía en pelota viva.
Muchas veces también comía al aire libre.

Tenía permitido conectarme a Internet.
En eso nadie me controlaba, pero yo le había jurado al Amo que le informaría en detalle que uso le daría.
Solo debía acatar la orden de no hacer nada que no se me hubiera autorizado expresamente.

El hombre se ocupaba todas las semanas de recortarme las uñas  de mis patas traseras y delanteras (si, o acaso no era lo que yo quería, ser el perro de mi Señor), lo mismo hacía con el pelo de la cabeza y el de todo el resto de cuerpo.
Lo podaba de acuerdo a las instrucciones que había recibido, dejando el largo justo en cada una de las partes tal como le gustaba a mi Dueño; igual que lo hacía con las plantas del jardín.
También cada siete días me afeitaba la cara con todo cuidado.

Después de cada una de mis dos rutinas diarias de ejercicios, me sometía a una limpieza general y meticulosa de todo el cuerpo.
Primero me regaba con un chorro de agua potente, luego con jabón líquido esponja y cepillo, me restregaba de pies a cabeza (con tanta fuerza como para sospechar que se aprovechaba descargando su mala leche); por fin me enjuagaba con el mismo chorro de agua.
La mayoría de las veces me sacaba al sol y al viento para que me seque, caso contrario me dejaba la piel ardida después de pasarme una toalla.
Muy atrás habían quedado los desodorantes y las colonias que tanto me gustaba usar. Olía simplemente a limpio y a mí.

Los primeros días y hasta acostumbrarme, esta falta de intimidad, me resultaba muy violenta, pero sabiendo que era del gusto de mi Amo nunca la cuestioné; pensé que se trataba de solo un tiempo hasta que se aburriera de la idea.
Poco a poco me dí cuenta de que era una forma eficaz de hacerme recordar en todo momento mi condición a su lado en esa casa.

Durante un poco más de dos meses la situación se mantuvo constante.
De ese período recuerdo el celo que ponían los encargados de conservarme brillante, como los cristales de las copas y de las ventanas, como la carrocería del automóvil, como la ropa blanca del Señor.
Es algo que tenía en mente cuando el bruto me fregaba como si quiera arrancarme la piel.

Sucedió en Fortaleza en Septiembre/Octubre de 2009

La alegría del viaje

En soledad y con movimientos lentos lo noto enhebrarse en el ojo que ve hasta la médula, y luego trepar con cuidado por el camino del placer igual que un fugitivo que sigue un sendero estrecho en una noche oscura; el alma ha aprendido que todo lo bueno va acompañado de dolor.

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Quien ha alcanzado el convencimiento de que es él el principal compañero de viaje de la vida, desea conservarlo en su cuerpo y sentir la pasión ciega abriéndose camino hasta dejar la dura piedra en el resplandor del crematorio.
Ésta es la alegría del viaje por los arduos pasadizos del peligro y como mejor se puede conocer es con el hombre: su cuerpo es peligroso en sí mismo, es suave pero fuerte, en él se avanza siguiendo una vía imprecisa a la que la mente tiene acceso directo y cree, sin embargo, que son sus propios pies el único peón caminero que da los placeres, que está construyendo con su aparato.

He comprobado lo indefenso que se vuelve al final mi compañero en la última sacudida, y podría creerse que está intentando penetrar en el corredor de la muerte para salir de él renacido, que está naciendo con el derrame porque en el esfuerzo empieza a chasquear los labios al aire igual que un niño recién nacido.

Emana además un olor de bebé con aroma como a leche del pecho, de sus labios brota la baba de un niño pequeño.
Así he llegado a pensar.

Gudbergur Bergsson

In utero

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En el pozo donde me ha empujado, buceo en aguas orgánicas, vivas.

Linfa viscosa, sobras del festín de nuestros cuerpos.
Nuestras babas; su orina y la mía, que los espasmos de dolor no me permitieron contener.
Sangre que perdí por mis heridas; su leche, licor que quema como centella.
Mi semen derramado con permiso cuando el placer era insoportable.

Es el líquido amniótico que cura las llagas, afloja las vendas, y me contiene y repara hasta la próxima batalla.

Caricias de garra

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Sumergido en la calma de un pantano mórbido, sé que en esas aguas cálidas habitan pequeños seres que se alimentan de sangre.
Tienen un vientre aterciopelado que me roza para comprobar mi temperatura; y un lomo de bisturí que es capaz de herir.

Abrigado por el abrazo del gran felino, disfruto su belleza, la suavidad aceitosa de sus patas, y el desafío de soportar el dolor si llega el momento en que descubra las garras y ejercite su filo con mi cuerpo.

Unas uñas de falso marfil, de un falso emperador chino, en manos de un auténtico Amo me acarician, me amenazan y me excitan.

Fight Club

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Nos enteramos de la existencia de un “club de la pelea”en Manila; funcionaba algunas noches en un gimnasio de barrio.
La práctica de luchar hasta agotar la resistencia del oponente, como en una pelea callejera donde vale todo, pero siempre limitándose a las armas que brinda el propio cuerpo sin ninguna otra ayuda, parece que es popular en todo el mundo.

El Amo conoce cuanto me excita la idea del Fight Club, desde que leí el libro de Chuck Palahniuk y vi la película de David Fincher. Cuando visitamos Amsterdam asistimos a un espectáculo sobre el tema y comprobé que me seguía atrayendo la idea de participar en una de esas peleas.

Acompañados por stephan el viernes por la noche fuimos a ese gym center, y el Amo gestionó mi participación en una de las luchas.
Dentro del local se encontraban mas de cincuenta hombres de todas las edades, con aparentemente distintas condiciones sociales.
La enorme mayoría concurría para hacer apuestas y formaban el círculo que encerraba la zona donde se desarrollarían las peleas.

Cuando llegó mi turno me quité la camisa y las zapas; y descalzo, con el torso desnudo, vistiendo solo un jean me encontré de pronto en la pista, rodeado de tipos vociferando en un idioma que no termino de descifrar.

Mi oponente, era más bajo de estatura (le calculé cerca de un metro setenta y cinco) magro, piel muy blanca cuajada de tatuajes y ojos orientales; me pareció un rival fácil de vencer.

Cuando me sorprendió su patada voladora en pleno abdomen quitándome el aliento, cambié de idea.
El muchacho conocía mucho más que yo las tretas de las artes marciales orientales, y proyectaba en cada uno de los golpes la fuerza y el peso de todo su cuerpo.

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Lo que siguió después no puedo relatarlo con objetividad porque me perdí en una nube de furia, tratando de protegerme, intentando destruirlo.
No podía pensar donde me convenía golpearlo ni como podía esquivar los golpes.
Todas mis reacciones fueron instintivas.
Tal vez mi entrenamiento de perro me ayudó para defenderme atacando.

Recuerdo que por fin varios brazos me tomaron para separarme del chico filipino, cuando lo mantenía aplastado por mi peso y lo estaba estrangulando.

Usando mi camisa stephan me limpió la cara, me dio a beber agua, y mi agitación se fue calmando de apoco.
El Amo mientras tanto trataba con algunos de aquellos hombres que gestionaban las peleas. Luego cuando conducía rumbo a casa comentó que había ganado algo más de mil dólares apostando por mí.
Nos largamos a reír los tres y como si hubiera apretando un botón de arranque, justo  en ese momento noté el efecto de los golpes en todo el cuerpo.

En la cama del Amo, después de una ducha reparadora mi Señor me besó con pasión y acercó su boca a mi oído para decirme:
– Mi perro valiente, te has jugado y te has lucido como macho.
– Ahora te toca lucirte como mi hembra.
– Ábrete…

Sucedió en Manila el año 2010, en el mes de Abril.