CsO

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El Cuerpo sin Organos no hay quien lo consiga, no se puede conseguir, nunca se acaba de acceder a él, es un límite.
Se dice: ¿qué es el CsO? -pero ya se está en él, arrastrándose como un gusano, tanteando como un ciego, corriendo como un loco, viajero del desierto y nómada de la estepa.
En él dormimos, velamos, combatimos, vencemos y somos vencidos, buscamos nuestro sitio, conocemos nuestras dichas más inauditas y nuestras más fabulosas caídas, penetramos y somos penetrados, amamos.

Tan falso es decir que el masoquista busca el dolor como decir que busca el placer de una manera especialmente diferida o desviada.
El masoquista busca un CsO, pero de tal tipo que sólo podrá ser llenado, recorrido por el dolor, en virtud de las propias condiciones en las que ha sido constituido.
Los dolores son las poblaciones, las manadas, los modos del masoquista-rey en el desierto que él ha hecho nacer y crecer.
De igual modo, o más bien de otra manera, sería un error interpretar el amor cortés bajo la forma de una ley de la carencia o de un ideal de transcendencia.
La renuncia al placer externo, o su aplazamiento, su alejamiento al infinito, indica, por el contrario, un estado conquistado en el que el deseo ya no carece de nada, se satisface de sí mismo y construye su campo de inmanencia.
El placer es la afección de una persona o de un sujeto, el único medio que tiene una persona para volver a encontrarse a sí misma en el proceso del deseo que la desborda; los placeres, incluso los más artificiales, son reterritorializaciones.
Pero, ¿acaso es necesario volver a encontrarse a sí mismo?
El amor cortés no ama el Yo, ni tampoco ama la totalidad del universo con un amor celeste o religioso.
Se trata de hacer un CsO, allí donde las intensidades pasan y hacen que ya no haya ni yo ni el otro, no en nombre de una mayor generalidad, de una mayor extensión, sino en virtud de singularidades que ya no se pueden llamar personales, de intensidades que ya no se pueden llamar extensivas.
El campo de inmanencia no es interior al Yo, pero tampoco procede de un Yo exterior o de un no-yo.
Más bien es como el afuera absoluto que ya no conoce los Yo, puesto que lo interior y lo exterior forman igualmente parte de la inmanencia en la que han fundido.
La mínima caricia puede ser tan fuerte como un orgasmo; el orgasmo sólo es un hecho, más bien desagradable, con relación al deseo que prosigue su derecho.
Todo está permitido: lo único que cuenta es que el placer sea el flujo del propio deseo.

Gilles Deleuze & Félix Guattari

Íncubos y súcubos

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Los íncubos y súcubos pueden ser dañinos y destructivos.
Como con cualquier situación sexual, el peligro depende de cómo la manipules.
Todo sexo es potencialmente peligroso, porque nuestros sentimientos sexuales nos hacen vulnerables.
¿Cuánta gente ha sido arruinada por un amante?
El sexo conlleva un punto de invasión y los súcubos y los íncubos simplemente nos hacen intensamente conscientes de esto.
El sexo es físico.
Si fuera posible para cualquier persona pulsar un botón que hiciera aparecer a un íncubo o a un súcubo, creo que la mayoría de la gente preferiría tener relaciones sexuales con uno de estos demonios a las aburridas cópulas con gente real.

William Burroughs

Lo que no dice la tele

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Tempo chuboso, vento sul, temperatura atual 15 graus, 82 por cento de umidade, proliferação de mosquitos baixa. São as duas horas e meia da tarde.

Lo que no dice la tele es que Tú me haces falta.

Tampoco dice que me has dejado amarrado a la espera de tu regreso, y que la lluvia débil y pegajosa me atormenta más que una tormenta.

Dice la tele:
Previsão do tempo para amanhã, chuvoso durante o dia e a noite.

El sacrificio y el amor

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El sacrificio, si es una transgresión hecha a propósito, es una acción deliberada cuyo fin es el cambio repentino del ser que es víctima de ella.
Lo que la violencia exterior del sacrificio revelaba era la violencia interior del ser tal como se discernía a la luz del derramamiento de la sangre y del surgimiento de los órganos.
Esa sangre, esos órganos llenos de vida, no eran lo que la anatomía ve en ellos.
Podemos presumir que en aquel entonces para el sentimiento de los antiguos aparecía la plétora de los órganos llenos de sangre, la plétora impersonal de la vida.

Lo que el acto del amor y el del sacrificio revelan es la carne.
El sacrificio sustituye la vida ordenada del animal por la convulsión ciega de los órganos.
Lo mismo sucede con la convulsión erótica: libera unos órganos pletóricos cuyos juegos se realizan a ciegas, más allá de la voluntad reflexiva de los amantes.
A esa voluntad reflexiva la suceden movimientos animales de esos órganos hinchados de sangre.
Una violencia, que la razón deja de controlar, anima a esos órganos, los hace tender al estallido y súbitamente explota la alegría de los corazones al dejarse llevar por el rebosamiento de esa tormenta.

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El movimiento de la carne excede un límite en ausencia de la voluntad.
La carne es en nosotros ese exceso que se opone a la ley de la decencia.
La carne es el enemigo nato de aquellos a quienes atormenta la prohibición del cristianismo; pero si, como creo, existe una prohibición vaga y global que se opone bajo formas que dependen del tiempo y del lugar, a la libertad sexual, entonces la carne es la expresión de un retorno a la libertad amenazante.

Georges Bataille

Átame

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Cuando te alejas de mí para buscar en otros el placer,
átame para que las sogas me hagan compañía,
recordándome que Tú las has tejido acariciando mi cuerpo.

Átame fuerte para que la tensión de los nudos me haga sentir tu presencia tan viva sobre la piel como está dentro de mis sentimientos.
Átame de forma que solo Tú seas capaz de desatarme;
cuando regreses… si es que regresas.
Y si algún día no regresas,
quedarme atado eternamente.

Hasta que sogas y carne se conviertan en cenizas.

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Qué hacer, si soy tu esclavo

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Soneto LVII

¿Qué hacer, si soy tu esclavo, que no sea
cumplir con tu deseo a todas horas?
Mi tiempo no es precioso ni me queda
más dicha que servir lo que dispongas.
Pendiente del reloj por ti, monarca,
ni le reprocho al tiempo que sea eterno
ni pienso en que la ausencia será amarga
el día que despidas a tu siervo,
ni dejo que mis celos se hagan cargo
de dónde estás y en cuál de tus asuntos.
No pienso, triste esclavo, en nada salvo
que, donde estés, harás feliz a muchos.
Qué ingenuo es el amor, que no se ofende
aunque hagas lo que quieras cuando quieres.

William Shakespeare

El huésped

El Amo recibió la visita de un amigo y ex amante.
Durante algunos días convivió con nosotros y el asombro.
Le costaba entender la transformación que había experimentado aquel muchacho que había conocido.

Años atrás eran un par de estudiantes, haciendo trampas a sus  novias, y comenzaban a explorar su perfil homosexual.
Si bien Germán se mostraba siempre dominante obligándole a asumir el rol pasivo, le asombraba en lo que se había convertido: Señor de esclavos.

El huésped, un hombre joven adaptado con éxito a las normas sociales, con un matrimonio considerado por él mismo como sólido, jefe de familia con una vida pública impecable, no pudo evitar sentirse fascinado con nuestras prácticas.
Temeroso no se decidía a experimentar, pero moría de curiosidad por presenciar una sesión dura.
Después de mucho insistir convenció al Amo para que le permita asistir a una como voyeur.
Mi Señor no quiso ponerselo fácil, y le impuso condiciones para que eso suceda.

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Un atardecer nos encerramos los tres en la bodega, el Amo su visita y este perro.
Se me ordenó desnudar completamente al huésped, y luego amarrarlo con sogas en una silla de madera.
Mientras tanto el Amo se encargó de bajarle la calentura apretándole las bolas y ocasionándole dolor para poder aprisionarle el pene en un cinturón de castidad.

Una vez acomodado el mirón, desnudé al Amo; adoré sus pies lamiéndolos y lavándolos con abundante saliva; luego se los sequé, les coloqué unas medias y lo calcé con unas botas cortas.
Se veía imponente, erguido en su desnudez, dueño de una erección dominante.
De rodillas mamé su verga hasta que me apartó.
Siguiendo sus órdenes encendí dos focos de luz fuerte que iluminan solo el centro de la habitación y apagué las restantes lámparas.
Escogí de entre los látigos el flogger largo de pelo de potro, me incliné ante mi Amo y se lo ofrecí.

Las sesiones de flagelación que más placer le dan al Amo son las que más ansiedad me provocan.
No usamos cuerdas para inmovilizarme, ni mordazas, ni vendas.
Solo debo permanecer sosteniéndome firmemente con las manos de un trapecio fijado al techo, con la altura justa que me permite apoyarme en el piso en puntas de pie cuando tengo las dos piernas juntas.

Las sesiones suelen ser largas, esta particularmente duró aproximadamente una hora, y se alternaron momentos intensos con otros de calma.

El Amo es un maestro en este arte, le imprime a los golpes distintas velocidades, diferentes ritmos, pausas inesperadas que me sorprenden.

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Yo me dejo llevar, me concentro solamente en mis puños sabiendo que no debo soltarme.
Ese trapecio al que el sudor de mis manos hace cada vez más difícil tomarse, es como el filo de un precipicio al que debo aferrarme para no perderme en el abismo.
Dentro del halo de luz estoy solo, el látigo entra y sale del fulgor tan rápido que más se intuye que se ve, empuñado desde la penumbra donde habita el Amo.
Siento en un segundo plano al resto del cuerpo estremecerse, arde y pica cuando el látigo se aleja muchísimo más que cuando llega y golpea.
Los arcos de los pies queman y tengo la impresión que se quebraran sus pequeños huesos en cualquier momento.

De a ratos el Amo se acerca, pasa la yema de sus dedos sobre los surcos marcados, a los más crueles los besa y lame, y me dice en voz baja cosas que no voy a reproducir porque son palabras dirigidas solo a mí.

Por momentos el pánico me acecha; creo que estoy pisando el umbral de un límite que no soportaré.
Sin embargo cuando mi Señor me ordena soltarme y me abraza para sostenerme, pienso que todavía podría resistir más. Que ha finalizado demasiado pronto, que tengo una reserva de fuerzas para ofrecerle, que deseo darle todo, quedarme vacío de energía, roto.

Envuelto en sus brazos, con el calor del contacto de su piel tan sudada como la mía, tomo nuevamente plena conciencia del cuerpo.
Siento vibrar todas y cada una de mis células, todas ellas vivas hasta las de las uñas y el pelo.

Allí mismo sobre el piso de la bodega, con mis patas sobre sus hombros, y devorando su lengua y su saliva, el Amo me posee, me llena.

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Solo después del orgasmo que me sacudió mientras era fecundado, recuerdo que ese otro hombre ha estado observando; el voyeur del ángulo oscuro.

Cuando enciendo nuevamente las luces, el huésped se hace visible.
Agitado, transpirado, incómodo, le hiere la claridad plena, mantiene la mandíbula tan apretada como el pene que lucha por expandirse contra los barrotes de la pequeña jaula.

Después de liberarlo de cuerdas y castidad, junto con el Amo lo ayudamos a salir al parque.
Ya era de noche, y para calmarlo lo bañamos con el agua fría de la manguera de riego.

Sucedió en Manila el año 2010, en el mes de Octubre.