Viví las voluptuosas calmas

Internet me recordó que ya pasaron 149 años de la muerte de Charles Baudelaire.
Y como los recuerdos se encadenan asociándose, me vino en mente el impacto que hicieron sus versos en mi muy temprana juventud.

Una mujer de 30 años, me inició a los 18 en las técnicas amatorias de burdel refinado, y en las letras malditas francesas. (Artaud, Genet, Bataille)
Inolvidables lecciones de francés y voluptuosidad, las tardes de los Martes y Jueves en su casa del barrio de Gávea.

Su hijo un muchachito de apenas 14 algo sospechaba, y celoso a veces tenía la insolencia de interrumpir.
Consecuencia de esas interrupciones quedaba en un estado de exaltación tal, que por eso, o porque el mocoso lo provocaba, terminé reparando en su bello culito, al punto que se convirtió en mi obsesión.
Nunca avancé con el crio, pero reconozco que me volvía loco.

oveja

Después de dos años apareció en la playa y descarado se me ofreció.
Cuando saciado el apetito lo despedí, le regalé un ejemplar de “Las flores del mal”.
Con el detalle que en su momento me pareció romántico y pasional, las páginas del ejemplar estaban almidonadas con mi semen.

El poema número doce,  La vida anterior,  era uno de mis favoritos

Yo he vivido largo tiempo bajo amplios pórticos
Que los soles marinos teñían con mil fuegos,
Y que sus grandes pilares, erectos y majestuosos,
Hacían que en la noche, parecieran grutas basálticas.
Las olas, arrollando las imágenes de los cielos,
Mezclaban de manera solemne y mística
Los omnipotentes acordes de su rica música
A los colores del poniente reflejados por mis ojos.
Fue allí donde viví durante las voluptuosas calmas,
En medio del azur, de las ondas, de los esplendores
Y de los esclavos desnudos, impregnados de olores,
Que me refrescaban la frente con las palmas,
Y cuyo único afán era profundizar
El secreto doloroso que me hacía languidecer.
Charles Baudelaire

Calma

calma

De tan abofeteado, acariciado.
De tan enardecido, calmo.
De tan exhausto, fortalecido.
Tanta fue la conmoción que acaba siendo quietud.
Estremecimientos que se transforman en reposo.
Mortificaciones que viran premios.
Tan atormentado que me siento satisfecho.
Con un castigo que perdona.

Vaciado hasta el extremo de quedar lleno.

El paraíso encontrado

paraiso

Serpiente tentadora, gracias.

Porque con malicia me has inducido a quebrar las leyes, me has alejado del camino decretado correcto, transformándome  de inquieto a inquietante.

Gracias por alejarme de la paz perpetua del jardín.
Gracias por entreabrir las trampas ocultas en el suelo del Edén, y al verme hechizado por los efluvios que brotan desde el interior de la tierra, me diste el último empujón.

Allí he descubierto que la sangre puede correr por todos los rincones del cuerpo a gran velocidad, que su calor puede hasta quemar y que ese arder te hace llama.
También he descubierto que las mordidas carnívoras te destrozan, pero que los trozos permanecen vivos, palpitantes, en la boca del Cronos que se pregunta si quiere acabar contigo porque no soporta quererte tanto.

Hablo del sitio donde los ojos, que no están habituados a la fuerza de la luz y las imágenes, no son necesarios para ver.
Allí los brazos son tentáculos, las manos garras, los penes espadas.
Todas las aberturas se dilatan y humedecen esperando la ansiada intromisión.
Allí el esperma es lava.

Tanto es el fuego que vives quemándote y renaciendo como el Fénix.
Ese lugar que presentía e ignoraba es el Paraíso que he encontrado.

Incerteza viva

incerteza

La incertidumbre está claramente conectada a las nociones endémicas del cuerpo y de la tierra, con una calidad viral en los organismos y ecosistemas.
Aunque vinculada a la palabra crisis no es equivalente a la misma.
La incertidumbre es principalmente una condición psicológica vinculada a los procesos individuales o colectivos de toma de decisiones, que describen la comprensión y no la comprensión de los problemas reales.

La noción de incerteza es parte del repertorio de muchas disciplinas, desde las matemáticas a la astronomía, a través de la lingüística, la biología, la sociología, la antropología, la historia o la educación.
El arte se alimenta la incertidumbre, el azar, la improvisación, la especulación y al mismo tiempo trata de decir los indecibles o medir lo inconmensurable.
Se da margen para el error, la duda e incluso los fantasmas y los miedos más profundos de cada uno de nosotros, pero sin manipularlos.

Aprender a vivir con la incertidumbre nos puede enseñar soluciones todos los días.
Incerteza viva es sabernos conscientes de que vivimos inmersos en un entorno regido por el mismo.
El arte promueve el intercambio activo entre las personas, el reconocimiento de las incertezas, como los conductores y la construcción de sistemas generativos.

A partir del próximo 7 de Septiembre comienza la 32ª Bienal de São Paulo con la consigna Incerteza Viva

Abrazo

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Invoqué al infierno de los volcanes para que contagie a mi piel el calor que guarda en las honduras de la tierra.
Quería un ardor que me fundiera con el cuerpo que me contenía en el abrazo.

Y es que el momento no era el abrazo.
Era el reencuentro.

Presencia erguida

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Cuerno de animales míticos, de monstruos de leyendas y de seres fabulosos que toman la apariencia de Señores civilizados mientras esperan el momento de mostrarse tal cual son; Señores sedientos de tus lágrimas de tu sangre y de tu semen.

Cuerno que te hiere, te desgarra cuando te desvirga, y te fecunda en el mismo acto donde Él es el Dios y tú eres la víctima sacrificial.

Amenaza afilada que no conoce barreras de carne; creada para penetrar.
Cuerno, presencia erguida que representa y es el poder de imponer.
Lo adoramos, sin necesidad de exigencias, porque lo pide nuestra propia devoción, que nace oscura desde adentro sin que la podamos controlar con la razón.

Esclavos somos de su poder.
Lastimados, aguardamos ansiosos, dispuestos, por el momento que en se decida a repetir el rito.

CsO

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El Cuerpo sin Organos no hay quien lo consiga, no se puede conseguir, nunca se acaba de acceder a él, es un límite.
Se dice: ¿qué es el CsO? -pero ya se está en él, arrastrándose como un gusano, tanteando como un ciego, corriendo como un loco, viajero del desierto y nómada de la estepa.
En él dormimos, velamos, combatimos, vencemos y somos vencidos, buscamos nuestro sitio, conocemos nuestras dichas más inauditas y nuestras más fabulosas caídas, penetramos y somos penetrados, amamos.

Tan falso es decir que el masoquista busca el dolor como decir que busca el placer de una manera especialmente diferida o desviada.
El masoquista busca un CsO, pero de tal tipo que sólo podrá ser llenado, recorrido por el dolor, en virtud de las propias condiciones en las que ha sido constituido.
Los dolores son las poblaciones, las manadas, los modos del masoquista-rey en el desierto que él ha hecho nacer y crecer.
De igual modo, o más bien de otra manera, sería un error interpretar el amor cortés bajo la forma de una ley de la carencia o de un ideal de transcendencia.
La renuncia al placer externo, o su aplazamiento, su alejamiento al infinito, indica, por el contrario, un estado conquistado en el que el deseo ya no carece de nada, se satisface de sí mismo y construye su campo de inmanencia.
El placer es la afección de una persona o de un sujeto, el único medio que tiene una persona para volver a encontrarse a sí misma en el proceso del deseo que la desborda; los placeres, incluso los más artificiales, son reterritorializaciones.
Pero, ¿acaso es necesario volver a encontrarse a sí mismo?
El amor cortés no ama el Yo, ni tampoco ama la totalidad del universo con un amor celeste o religioso.
Se trata de hacer un CsO, allí donde las intensidades pasan y hacen que ya no haya ni yo ni el otro, no en nombre de una mayor generalidad, de una mayor extensión, sino en virtud de singularidades que ya no se pueden llamar personales, de intensidades que ya no se pueden llamar extensivas.
El campo de inmanencia no es interior al Yo, pero tampoco procede de un Yo exterior o de un no-yo.
Más bien es como el afuera absoluto que ya no conoce los Yo, puesto que lo interior y lo exterior forman igualmente parte de la inmanencia en la que han fundido.
La mínima caricia puede ser tan fuerte como un orgasmo; el orgasmo sólo es un hecho, más bien desagradable, con relación al deseo que prosigue su derecho.
Todo está permitido: lo único que cuenta es que el placer sea el flujo del propio deseo.

Gilles Deleuze & Félix Guattari