La alegría del viaje

En soledad y con movimientos lentos lo noto enhebrarse en el ojo que ve hasta la médula, y luego trepar con cuidado por el camino del placer igual que un fugitivo que sigue un sendero estrecho en una noche oscura; el alma ha aprendido que todo lo bueno va acompañado de dolor.

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Quien ha alcanzado el convencimiento de que es él el principal compañero de viaje de la vida, desea conservarlo en su cuerpo y sentir la pasión ciega abriéndose camino hasta dejar la dura piedra en el resplandor del crematorio.
Ésta es la alegría del viaje por los arduos pasadizos del peligro y como mejor se puede conocer es con el hombre: su cuerpo es peligroso en sí mismo, es suave pero fuerte, en él se avanza siguiendo una vía imprecisa a la que la mente tiene acceso directo y cree, sin embargo, que son sus propios pies el único peón caminero que da los placeres, que está construyendo con su aparato.

He comprobado lo indefenso que se vuelve al final mi compañero en la última sacudida, y podría creerse que está intentando penetrar en el corredor de la muerte para salir de él renacido, que está naciendo con el derrame porque en el esfuerzo empieza a chasquear los labios al aire igual que un niño recién nacido.

Emana además un olor de bebé con aroma como a leche del pecho, de sus labios brota la baba de un niño pequeño.
Así he llegado a pensar.

Gudbergur Bergsson

In utero

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En el pozo donde me ha empujado, buceo en aguas orgánicas, vivas.

Linfa viscosa, sobras del festín de nuestros cuerpos.
Nuestras babas; su orina y la mía, que los espasmos de dolor no me permitieron contener.
Sangre que perdí por mis heridas; su leche, licor que quema como centella.
Mi semen derramado con permiso cuando el placer era insoportable.

Es el líquido amniótico que cura las llagas, afloja las vendas, y me contiene y repara hasta la próxima batalla.

Caricias de garra

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Sumergido en la calma de un pantano mórbido, sé que en esas aguas cálidas habitan pequeños seres que se alimentan de sangre.
Tienen un vientre aterciopelado que me roza para comprobar mi temperatura; y un lomo de bisturí que es capaz de herir.

Abrigado por el abrazo del gran felino, disfruto su belleza, la suavidad aceitosa de sus patas, y el desafío de soportar el dolor si llega el momento en que descubra las garras y ejercite su filo con mi cuerpo.

Unas uñas de falso marfil, de un falso emperador chino, en manos de un auténtico Amo me acarician, me amenazan y me excitan.

Fight Club

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Nos enteramos de la existencia de un “club de la pelea”en Manila; funcionaba algunas noches en un gimnasio de barrio.
La práctica de luchar hasta agotar la resistencia del oponente, como en una pelea callejera donde vale todo, pero siempre limitándose a las armas que brinda el propio cuerpo sin ninguna otra ayuda, parece que es popular en todo el mundo.

El Amo conoce cuanto me excita la idea del Fight Club, desde que leí el libro de Chuck Palahniuk y vi la película de David Fincher. Cuando visitamos Amsterdam asistimos a un espectáculo sobre el tema y comprobé que me seguía atrayendo la idea de participar en una de esas peleas.

Acompañados por stephan el viernes por la noche fuimos a ese gym center, y el Amo gestionó mi participación en una de las luchas.
Dentro del local se encontraban mas de cincuenta hombres de todas las edades, con aparentemente distintas condiciones sociales.
La enorme mayoría concurría para hacer apuestas y formaban el círculo que encerraba la zona donde se desarrollarían las peleas.

Cuando llegó mi turno me quité la camisa y las zapas; y descalzo, con el torso desnudo, vistiendo solo un jean me encontré de pronto en la pista, rodeado de tipos vociferando en un idioma que no termino de descifrar.

Mi oponente, era más bajo de estatura (le calculé cerca de un metro setenta y cinco) magro, piel muy blanca cuajada de tatuajes y ojos orientales; me pareció un rival fácil de vencer.

Cuando me sorprendió su patada voladora en pleno abdomen quitándome el aliento, cambié de idea.
El muchacho conocía mucho más que yo las tretas de las artes marciales orientales, y proyectaba en cada uno de los golpes la fuerza y el peso de todo su cuerpo.

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Lo que siguió después no puedo relatarlo con objetividad porque me perdí en una nube de furia, tratando de protegerme, intentando destruirlo.
No podía pensar donde me convenía golpearlo ni como podía esquivar los golpes.
Todas mis reacciones fueron instintivas.
Tal vez mi entrenamiento de perro me ayudó para defenderme atacando.

Recuerdo que por fin varios brazos me tomaron para separarme del chico filipino, cuando lo mantenía aplastado por mi peso y lo estaba estrangulando.

Usando mi camisa stephan me limpió la cara, me dio a beber agua, y mi agitación se fue calmando de apoco.
El Amo mientras tanto trataba con algunos de aquellos hombres que gestionaban las peleas. Luego cuando conducía rumbo a casa comentó que había ganado algo más de mil dólares apostando por mí.
Nos largamos a reír los tres y como si hubiera apretando un botón de arranque, justo  en ese momento noté el efecto de los golpes en todo el cuerpo.

En la cama del Amo, después de una ducha reparadora mi Señor me besó con pasión y acercó su boca a mi oído para decirme:
– Mi perro valiente, te has jugado y te has lucido como macho.
– Ahora te toca lucirte como mi hembra.
– Ábrete…

Sucedió en Manila el año 2010, en el mes de Abril.

Vendetta

Mis primeras fantasías explícitamente sadomasoquistas tienen su origen en una venganza que imaginé mil veces y que nunca lleve a cabo.
El sujeto causante fue el primer hombre con el que mantuve una relación de pareja. Antes y después todas las relaciones carnales con tipos de mi mismo sexo se limitaron a encuentros esporádicos.

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Nos habíamos conocido en la fiesta de una amiga común, y enseguida Mauricinho con su cuerpito perfecto, su mirada árabe, su sonrisa italiana me despertó la libido.
Inmediatamente me lancé sobre él que reaccionó un poco espantado por mi desfachatez, y un bastante interesado.
Puso como condición para probar lo que le parecía socialmente escandaloso, mantener discreción absoluta.

A sus 22 años (dos más que yo) trabajaba en un taller de su familia confeccionando prendas de alta costura, y por las noches estudiaba teatro.
Aprovechando una pelea con su gente por cuestiones de dinero, lo invité a compartir mi pequeño departamento en el barrio de Leblon.

A su favor tenía además de la belleza física, una entrega dócil, absoluta cuando lo penetraba.
Empalado se retorcía en un delirio de fiebre.
Me encantaba observar su linda cara transformada por el esfuerzo de succionar bebiendo mi leche, con los ojos de largas pestañas entrecerrados, el cabello renegrido y enrulado mojado de sudor, contrastando con la palidez del rostro, y el rosa de los labios.

Yo necesitaba cogerlo a toda hora; pero solo lo tenía muy tarde por las noches, cuando dejaba su trabajo y su teatro.
Lo esperaba ansioso después de pasar mi día entre el estudio y la playa.
Muchas veces me masturbaba imaginando el encuentro que se postergaba en la hora.

Los primeros meses que pasamos juntos, para Mauricinho era abrir la puerta de nuestra casa y sentirse arrebatado por un maniático eyaculador que no se conformaba nunca con menos de dos o tres polvos.

A él uno solo le bastaba y lo dejaba tan roto como una marioneta sin hilos, que a pesar de sonreír pide clemencia.

El estreno inminente de un espectáculo que le ocupaba muchas horas, y la reconciliación con su familia, que para mi punto de vista era una mafia codiciosa de dinero, fueron motivo de distancia entre nosotros.
Se aplacó la pasión y se espaciaron cada vez más los polvos.

No fue intencional, las circunstancias se presentaron.
Primero, mi encuentro con una actriz de su obra en la playa, que se prolongó en un bar.
Segundo, las insinuaciones, las hormonas estimuladas por el sol y la semidenudez de los cuerpos.
Tercero, mi duda a resolver ¿Después de estos meses, me será tan placentero coger a una mujer como penetrar a Mauricinho?
Y por último la coincidencia nunca supe si fatal o buscada;  pasar rumbo a un hotelito de citas,  caminando por la vereda frente a nuestro departamento, justo el día en que Mauricinho había regresado temprano para darme una agradable sorpresa.
Y el colmo: salió al balcón a beberse una cerveza, y nos vio yendo abrazados.

Durante las dos horas en que me descargué tres veces dentro de una vagina, mordiéndo las primeras tetas carnosas en mucho tiempo; no imaginé que Mauricinho esperaba en la puerta del hotelito, descompuesto de odio.

Cuando salimos ya no estaba o no lo vi. Y al regresar al departamento me sorprendió encontrarlo temblando, angustiado, con los ojos rojos queriendo saber el porqué de mi traición.
A pesar de sentirme un hijo de puta miserable, contagiado de su llanto, viéndolo tan vulnerado y tan bello, se despertó en mi el ansia de poseerlo mientras le pedía mil perdones.
Él también necesitaba mi arrepentimiento y mi verga y se entregó como las primeras veces, arrancándome promesas de fidelidad eternas.

De su padre italiano Mauricinho heredó el concepto de vendetta; y de su madre árabe aprendió que la venganza es un plato que se saborea frío.
Después varios meses repitiendo la secuencia de mucha pasión que con los días se enfría, una noche me cansé de esperarlo hasta que en la madrugada asomado esta vez yo al mismo balcón a la calle lo vi bajar de un automóvil y despedirse del tipo que lo conducía.
Me callé la boca, nada pregunté cuando me dijo que estaba agotado y quería inmediatamente dormir.

Y así la noche siguiente, y otra más. A la cuarta noche la furia, la impotencia y dolor de intuir que lo perdería para siempre estallaron y le pedí explicaciones.
Con calma y sorna a la vez me dijo: Es un amigo y me permite que lo penetre; nunca pensé que me gustaría tanto ser activo.
Cerró con una puñalada: ¿Has visto como se siente?

Lo eché, había herido mi parte más sensible.
Con el amor propio machucado imaginé ahora mi venganza.
No quería un plato frío, quería uno lo más caliente posible; que quemara la boca, el estómago y también las tripas. Que dejara el culo ardido como cuando cagas la mierda del picante más dañino.

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Soñaba como sería raptarlo, tenerlo desnudo y atado mientras lo sodomizaba con instrumentos de tortura desgarrantes.
Flagelarlo, castrarlo, marcarlo con hierros al rojo.
Hacerlo desaparecer del mundo para mantenerlo esclavizado para siempre, o destruir a cuchilladas su belleza y abandonarlo a los perros en un basural.

Con el tiempo y al irse cicatrizando la herida dejé de obsesionarme con la venganza;  pero lo que cambió fue la idea que me desde entonces me convence;  el sexo entre hombres tiene un germen de lucha por el dominio, y allí hay violencia.

El macho instintivamente busca de aparearse a la hembra para asegurar la continuidad de la especie.
El acoplamiento de dos machos se origina en la culminación de la pelea por el liderazgo; uno somete y el otro es sometido.
Las variantes sofisticadas vienen a posteriori y son producto de las diferentes culturas.

Como dije antes, después de Mauricinho varios tipos jugaron conmigo al sexo sin consecuencias sentimentales, admitiendo que mi rol era de seducirlos y someterlos.

¿Qué fue lo que me cambió al conocer a mi Amo?
¿Qué hizo mi Señor para hacerme cruzar la orilla, someterme a su gusto, y mantenerme en ese estado por más de 7 años?

Su magnetismo de Alfa impone, crea la magia hipnótica que me somete.
Así creo que continuará, por lo menos si Él no decide chasquear los dedos para romper el hechizo.

Viví las voluptuosas calmas

Internet me recordó que ya pasaron 149 años de la muerte de Charles Baudelaire.
Y como los recuerdos se encadenan asociándose, me vino en mente el impacto que hicieron sus versos en mi muy temprana juventud.

Una mujer de 30 años, me inició a los 18 en las técnicas amatorias de burdel refinado, y en las letras malditas francesas. (Artaud, Genet, Bataille)
Inolvidables lecciones de francés y voluptuosidad, las tardes de los Martes y Jueves en su casa del barrio de Gávea.

Su hijo un muchachito de apenas 14 algo sospechaba, y celoso a veces tenía la insolencia de interrumpir.
Consecuencia de esas interrupciones quedaba en un estado de exaltación tal, que por eso, o porque el mocoso lo provocaba, terminé reparando en su bello culito, al punto que se convirtió en mi obsesión.
Nunca avancé con el crio, pero reconozco que me volvía loco.

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Después de dos años apareció en la playa y descarado se me ofreció.
Cuando saciado el apetito lo despedí, le regalé un ejemplar de “Las flores del mal”.
Con el detalle que en su momento me pareció romántico y pasional, las páginas del ejemplar estaban almidonadas con mi semen.

El poema número doce,  La vida anterior,  era uno de mis favoritos

Yo he vivido largo tiempo bajo amplios pórticos
Que los soles marinos teñían con mil fuegos,
Y que sus grandes pilares, erectos y majestuosos,
Hacían que en la noche, parecieran grutas basálticas.
Las olas, arrollando las imágenes de los cielos,
Mezclaban de manera solemne y mística
Los omnipotentes acordes de su rica música
A los colores del poniente reflejados por mis ojos.
Fue allí donde viví durante las voluptuosas calmas,
En medio del azur, de las ondas, de los esplendores
Y de los esclavos desnudos, impregnados de olores,
Que me refrescaban la frente con las palmas,
Y cuyo único afán era profundizar
El secreto doloroso que me hacía languidecer.
Charles Baudelaire

Calma

calma

De tan abofeteado, acariciado.
De tan enardecido, calmo.
De tan exhausto, fortalecido.
Tanta fue la conmoción que acaba siendo quietud.
Estremecimientos que se transforman en reposo.
Mortificaciones que viran premios.
Tan atormentado que me siento satisfecho.
Con un castigo que perdona.

Vaciado hasta el extremo de quedar lleno.