Confianza ciega, temor latente

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Si dócil me entrego para que me ates, hasta dejarme inmóvil.
Si manso levanto la cabeza para que me vendes los ojos.
Si me entrego a tu voluntad confiando absolutamente en ti.
¿Por qué se crispan mis manos, me late la sien, aprieto los dientes, respiro agitado?

¿De que huevo nace ese bicho del temor latente que muerde mi corazón?

Todavía no ha pasado nada y ya mis pies desnudos sienten el piso como si fuese una plancha caliente.

¿Es que mi cuerpo te teme mucho más que mi razón?
¿Es que sospecha que esta espera es el prólogo de acciones pérfidas, insoportables, que no podré atajar?
Odiaría ponerme a temblar; quiero disimular los escalofríos y espero que no notes mi piel de gallina.

No quiero que sospeches mis temores.
Quiero ofrecerme a ti sin reservas,
Que me guies en el dolor y el placer.

Dejarte satisfecho.

Mi temor es defraudarte, no ser el que esperas y deseas.

Reclamo

cachondeo

Al ritmo del corazón me late el ojete.
Esa babilla que me moja los dedos al rozarlo es almíbar recuerdo de tu reciente cogida.

¿Me permites que te distraiga la mañana wasapeando la imagen de mi fiebre?
Cursi y desfachatado quiero provocarte.
Me diagnosticarás impudicia, enfermedad crónica.
Tú sabes que este paciente no quiere sanarse; es un loco que se regodea sufriéndola, un atrevido que te achaca la culpa de iniciarlo en el vicio.
Divino vicio al que me abriste la puerta para que ingrese, justo en el preciso momento que me abriste el culo para hacerme adicto de tu falo.

En mi atrevido papel de perra reclamo al Macho.
Ruego que acumules cólera durante el día, para que descargues en mí el castigo.
¡Y por Dios! que con la misma furia me cojas como Tú sabes.
Hasta que todo yo se licúe.

Voy arrancarte uno de los huevos

-Voy a tener que arrancarte uno de los huevos para que no te ahogues en testosterona.
Esas palabras me susurró al oído el Amo mientras me cubría los hombros con una toalla.
Le sonreí, satisfecho por el resultado de las tres riñas en las que había participado, todavía dolorido por las patadas que no pude evitar con mi segundo rival. El chico se había movido liviano como un bailarín de ballet, pero que golpeaba con los talones y el filo del pié con  potencia demoníaca.
Estaba agotado y sofocado;  después de un chaparrón la noche resultaba más calurosa y húmeda que la tarde.

oveja

-Voy a tener que arrancarte uno de los huevos para que no te ahogues en testosterona.
Sabía que en ese momento era una broma del Amo, pero que no me negaría si en algún momento Él así lo dispusiera.

-Vámonos rápido zorra que no me aguanto por demostrarte quién es el verdadero macho aquí.

Tirados en el piso de la camioneta, detenidos en un desvío del camino de regreso a casa, contenido entre sus brazos, vivimos la enésima demostración del rol que a cada uno nos corresponde.
El calor y la fuerza de su abrazo multiplicaron por mil la temperatura agobiante y la huella de los golpes recién recibidos.
Me mordió la lengua mientras se corría muy profundamente en mi culo.
Antes de sentarse al volante para volver al camino, me acarició unos instantes con la suya el glande, todavía inflamado y sensible. Estallé en su cara.
Le dí las gracias y lo limpié a lenguetazos, como corresponde al perro.

Sucedió en Manila, septiembre 2010

El beso

ovejanegra201609

Soplo del vital aliento que anima nuestra naturaleza de barro.

El Amo reclama lengua para morder, saliva dulce y gemido.
Dispara los aguijones que atraviesan sin obstáculos el cuerpo todo.

Imposible resistirse a su violenta delicia; imposible evitar el clímax de la unión con el Vampiro.

Aquí se eterniza el tiempo

oveneg0716

Víctima u ofrenda, llámame como más te guste. Nunca engañado, sobre mis pies entro fascinado al matadero.
Desnudo, limpio, purificado del derecho y del revés.

Aquí reinan los extremos. Rincones oscuros, metales de brillo afilado.
Ecos de quejidos erran entre los pasados y los futuros que conviven con el presente. Porque aquí adentro se eterniza el tiempo.

Ayer cuando creí que el placer me había matado; me resucitó el rayo del dolor.
Hoy busco alucinado repetir, como seguramente lo haré mañana.
No hay mayor adicción que ponerse en manos del Verdugo que en este altar, adorando a las deidades de la obscenidad, ejecuta el sacrificio sin tenerte compasión.

Cambio de vida

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A los 25 años mi vida dio un cambio brusco.
Tan brusco que ahora viéndolo con la perspectiva del tiempo transcurrido, me asombra que haya sido capaz de aceptarlo, soportarlo y ¡disfrutarlo!

Cuando caí embrujado en las redes de seducción del que sería mi Amo, acepté convivir con él y me mudé a su casa en Porto das Dunas, cerca de Fortaleza.
Abandoné la playa de Jericoacora y a mis colegas, y con ellos lo que había sido hasta ese momento una vida en que solo hacía lo que tenía ganas y cuando me venían las ganas.

Antes de aceptar mi dependencia, sabía que por su trabajo los viajes y con ellos las ausencias serían constantes; pero una cosa es imaginarlo, y otra muy distinta es vivirlo nientras vas contando las horas, minutos y segundos.
También sabía, y es más lo había buscado, que estaría sometido a una disciplina diaria que yo no había diseñado y que me tocaba respetar.

Me costaba mucho mantener esa disciplina cuando no estaba presente el Amo.
No quiere decir que no lo hiciera, solo decir que en lugar de placer me daba disgusto seguir con la rutina fijada,  que era controlada por una pareja de rústicos servidores a cargo de mantener el funcionamiento de la casa, y el cuidado de las pertenencias del Amo; entre estas últimas cosas me encontraba yo.

No se trataba de personas que podríamos definir como físicamente atractivas, y su trato era lo contrario a lo refinado.
Se trataba de un hombre y una mujer mayores que habían trabajado toda su vida en el campo en las condiciones habituales de esta dura y seca zona del nordeste.

Se limitaban a seguir las instrucciones recibidas al pie de la letra y a informar como habían ido las cosas en ausencia del Amo.
Solo puedo decir a favor de la mujer, que era una buena cocinera, diría que muy buena.
El caso es que de cualquier forma yo me esmeraba para no irritarlos, cumplir con todo lo fijado y esperar que pasen un buen reporte de mi comportamiento.

Tenía mi lugar privado, donde nada me faltaba. Mi cama, mis aparatos para ejercitarme, una biblioteca con el material necesario para trabajar mi tesis y los libros que el Amo había seleccionado para mí, mi PC, un baño donde me higienizarme, y nada más.
El resto de la gran casa y su parque eran territorio vedado, salvo cuando el Amo estaba presente y quería que lo acompañara.
Mis guardianes me llevaban la comida, se encargaban de la limpieza, y me observaban y controlaban.

Diariamente el hombre me hacía correr una hora de reloj alrededor del parque, después podía nadar hasta una hora más en la piscina.
Durante la carrera no podía descansar ni un segundo y de vez en cuando me gritaba para que acelerara.
Como normalmente ese ejercicio lo realizaba dos veces al día, las primeras horas de la mañana y las primeras de la tarde, mi cuerpo mantenía el color de la playa, aunque había perdido la marca blanca de los bermudas en culo y muslos.
Demás está decir que todo esto lo hacía en pelota viva.
Muchas veces también comía al aire libre.

Tenía permitido conectarme a Internet.
En eso nadie me controlaba, pero yo le había jurado al Amo que le informaría en detalle que uso le daría.
Solo debía acatar la orden de no hacer nada que no se me hubiera autorizado expresamente.

El hombre se ocupaba todas las semanas de recortarme las uñas  de mis patas traseras y delanteras (si, o acaso no era lo que yo quería, ser el perro de mi Señor), lo mismo hacía con el pelo de la cabeza y el de todo el resto de cuerpo.
Lo podaba de acuerdo a las instrucciones que había recibido, dejando el largo justo en cada una de las partes tal como le gustaba a mi Dueño; igual que lo hacía con las plantas del jardín.
También cada siete días me afeitaba la cara con todo cuidado.

Después de cada una de mis dos rutinas diarias de ejercicios, me sometía a una limpieza general y meticulosa de todo el cuerpo.
Primero me regaba con un chorro de agua potente, luego con jabón líquido esponja y cepillo, me restregaba de pies a cabeza (con tanta fuerza como para sospechar que se aprovechaba descargando su mala leche); por fin me enjuagaba con el mismo chorro de agua.
La mayoría de las veces me sacaba al sol y al viento para que me seque, caso contrario me dejaba la piel ardida después de pasarme una toalla.
Muy atrás habían quedado los desodorantes y las colonias que tanto me gustaba usar. Olía simplemente a limpio y a mí.

Los primeros días y hasta acostumbrarme, esta falta de intimidad, me resultaba muy violenta, pero sabiendo que era del gusto de mi Amo nunca la cuestioné; pensé que se trataba de solo un tiempo hasta que se aburriera de la idea.
Poco a poco me dí cuenta de que era una forma eficaz de hacerme recordar en todo momento mi condición a su lado en esa casa.

Durante un poco más de dos meses la situación se mantuvo constante.
De ese período recuerdo el celo que ponían los encargados de conservarme brillante, como los cristales de las copas y de las ventanas, como la carrocería del automóvil, como la ropa blanca del Señor.
Es algo que tenía en mente cuando el bruto me fregaba como si quiera arrancarme la piel.

Sucedió en Fortaleza en Septiembre/Octubre de 2009

La alegría del viaje

En soledad y con movimientos lentos lo noto enhebrarse en el ojo que ve hasta la médula, y luego trepar con cuidado por el camino del placer igual que un fugitivo que sigue un sendero estrecho en una noche oscura; el alma ha aprendido que todo lo bueno va acompañado de dolor.

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Quien ha alcanzado el convencimiento de que es él el principal compañero de viaje de la vida, desea conservarlo en su cuerpo y sentir la pasión ciega abriéndose camino hasta dejar la dura piedra en el resplandor del crematorio.
Ésta es la alegría del viaje por los arduos pasadizos del peligro y como mejor se puede conocer es con el hombre: su cuerpo es peligroso en sí mismo, es suave pero fuerte, en él se avanza siguiendo una vía imprecisa a la que la mente tiene acceso directo y cree, sin embargo, que son sus propios pies el único peón caminero que da los placeres, que está construyendo con su aparato.

He comprobado lo indefenso que se vuelve al final mi compañero en la última sacudida, y podría creerse que está intentando penetrar en el corredor de la muerte para salir de él renacido, que está naciendo con el derrame porque en el esfuerzo empieza a chasquear los labios al aire igual que un niño recién nacido.

Emana además un olor de bebé con aroma como a leche del pecho, de sus labios brota la baba de un niño pequeño.
Así he llegado a pensar.

Gudbergur Bergsson