Xica da Silva

“Francisca da Silva de Oliveira (n. Serró Frío, Minas Gerais, c. 1732 – f. Tijuco, 1796) llamada Xica Da Silva fue una esclava brasileña, posteriormente liberta, conocida por su belleza, que se convirtió en un personaje de gran riqueza e influencia durante la segunda mitad del siglo XVIII en su país.
Célebre por su romance de más de quince años con João Fernandes de Oliveira el más rico explotador de diamantes de esa región, cuya fortuna se decía era mayor que la del rey de Portugal.”

Con la anterior descripción la moderna Wikipedia advierte al público que la famosa Xica existió y que su vida no fue solo una fantasía creada por varias películas y novelas de TV.

xicadasilva

Para nuestro grupo de adolescentes, surferos de catorce años, Xica da Silva era una travestí de nuestra edad que junto a a un par de compañeras sabía frecuentar en los atardeceres el parquecito Garota de Ipanema en Arpoador.
Allí llegábamos con unas botellas de cerveza, sandwiches y cigarrillos después de una tarde de cabalgar las olas.

El nombre, mejor dicho el título Xica da Silva se lo había ganado un día de desfile del bloco Banda de Ipanema en el que ella y sus amigas disfrazadas como la famosa heroína pararon a descansar en el parque.
Hasta ese momento nunca habíamos tenido un acercamiento, y la relación se limitaba a risas, silbidos y burlas tontas que les dedicábamos y que nos eran devueltas con gestos de asco y desprecio; gestos ampulosos como todos los andares de ese grupo de travestís jovencísimas.

Tal vez fue el espíritu cachondo del carnaval que impulsó a Xica a acercarse a esos tontos inmaduros creídos de ser los machitos más seductores del barrio.
Con sus andares de reina, altísima sobre sus zapatones que eran más coturnos que zapatos, un corpiño abultado con esponjas de baño, peluca alquilada, lentejuelas, purpurina y un abanico de plumas, descendió del trono y ordenó que le diésemos un cigarrillo y que asumiendo el rol de lacayos se lo encendiéramos mientras lo mantenía entre los labios.

Después de un primer momento en que su audaz avance nos dejó mudos, le respondimos como si fuéramos sus colegas de toda la vida y la invitamos a ella y a sus cortesanas a compartir lo que quedaba de nuestras cervezas.
Era carnaval, todo estaba permitido, nadie dudaría de nuestra integridad masculina confraternizando, vaya a saber dirían con qué intenciones, con tres travestís disfrazadas.
De entre el gentío que trajinaba yendo y viendo a la playa esa tarde muy pocos reparaban en nosotros y los que lo hacía nos dedicaban alguna sonrisa o algún saludo.
Y más tarde partimos todos juntos, Xica con su cortejo del que formábamos parte, a alcanzar el bloco en alguna de sus paradas en los bares de la zona.

Xica y su cortesanas en la plaza garota de ipanema

Ese cortejo que terminó la noche de carnaval perdidamente borracho hoy ha duplicado su edad.
Tres lustros son bastantes años para aprender lecciones, experimentar a costa de los demás y de nosotros mismos.
Tres lustros alcanzan y sobran para alejarnos o para mantener contactos; nos vamos, volvemos y a veces nos reencontramos.
A propósito de reencuentros después de varios años los otros días en la playa a mi espalda alguien me llama invocando un sobrenombre que solo el grupo de chicos de Arpoador conocía.
Era uno de aquellos con el que compartimos tantas tardes, ahora hombre, lindo hombre, acompañado de una mujer muy linda, su mujer, y me había reconocido después de tanto tiempo.
Desde niños en la escuela pasamos muchas horas de cada día juntos hasta que nos separamos después que murió mi abuela y dejé la ciudad tratando de cambiar de ambiente, conocer lugares y gente y vivir aventuras.
No habíamos tenido más contacto desde que dejé Río, el seguía allí, había formado pareja y se los veía bien, seguía viviendo por la zona pero su trabajo ya no le daba tiempo para el vagabundeo de antaño.
Allí no se podía hablar más que a los gritos. me convidaron a cenar a su casa si no tenía compromisos para esa noche, y como soy de caer rendido ante un plato de comida casera, accedí.

Además de saborear las especialidades que la anfitriona se lució preparando aprovechamos para ponernos al día respecto a los años que pasamos sin vernos; llegado ese punto siempre termino sintiéndome un poco incómodo al ocultar demasiadas cosas, y busqué reflotar anécdotas de los años no tan ingenuos de la adolescencia.
El dueño de casa confesó que aunque por períodos trata de abandonar el cigarrillo, el tabaco termina siempre venciendo y para hacerle compañía nos fuimos a fumar al balcón mientras su mujer preparaba el indispensable cafezinho.

Desde ese balcón del primer piso se apreciaba la gente tomando el fresco de la noche sentada en la vereda de un bar cercano y algunos automóviles pasar despacio, observando tal vez si quedaba alguna mesa libre.
De repente dobló la esquina de la calle una morena monumental por su porte y su tamaño, cargando tantos brillos en su provocativa figura como una carroza de escola del grupo especial.

– Mírala bien – me dijo mi amigo – ¿La reconoces? ¿Te acuerdas de Xica da Silva?

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Por supuesto por ese nombre solo la conocíamos dentro de nuestro grupo, cuando la bautizamos como cuando nos dimos a nosotros mismos un sobrenombre para comunicarnos.
El caso es que con la vuelta de los años Xica da Silva volvió al barrio convertida en lo que se suponía una prostituta de clase, porque aparecía por allí a la noche y se dirigía a una de las pocas casas antiguas que se mantenía en pie y bien conservada donde varias muchachas recibían sus visitas con mucha discreción, tanta como la que soportaba la tolerancia del vecindario clase media pretenciosa.

A mi amigo lo sorprendió una noche cuando estaba sentado en la vereda del bar y se acercó para dejarle una cajita de cigarrillos en devolución por que le habíamos dado la tarde de aquel lejano carnaval.
Detrás del maquillaje descubrió oculta a la casi niña de pechos falsos disfrazada de la famosa negra.

Antes de dormir esa noche como siempre curioso me preguntaba por la metamorfosis de Xica, por las verdaderas razones de la transformación en un tipo tan formal de mi amigo, que era de los más alborotados que conocí, y del misterio que también para él y para muchos soy ocultado tanto secreto.

Como el personaje histórico lo único seguro es que existimos; con esa base y algunos datos sueltos los demás pueden hacer la película o escribir la novela.

Sin conciencia, sin aliento

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Como esclavo he sido y seré el macho que se rinde ante su Amo y ante ningún otro.
Soy tierra sin dueño para el Amo que prefiera conquistar lo salvaje.
En su presencia plegaré los músculos para agradarle.
Para que me vea bello y quiera destruirme.
Me convertiré en animal en celo buscando provocarlo hasta cuando me torture.
Para que descargue en mí su ira, como Mizoguchi sobre el pabellón de oro.
Se que dolerá, que sufriré, pero necesito que el dolor sea tanto como para que el rayo me aniquile y flote en el limbo de un mar helado.
Sin conciencia, sin aliento, entre sus brazos.

Vigilias

Mil horas esperándote en la oscuridad del cuarto, vigilando en la ventana, aguardando tu llegada.
Extrañando la sujeción de las cuerdas, el roce de las esposas, las caricias hirientes del látigo.
Esperas de mil horas, noches eternas, rogando porque no hayas cazado una nueva presa, y solo me quede el consuelo de escuchar detrás de la puerta sus jadeos y sus gritos ahogados.

oveja

Siempre esperando lo peor, sufriendo por anticipado.
Fuiste el sádico patrón que dio de probar a mi cuerpo la tortura y a mi mente el desasosiego.
Creaste un esclavo masoquista tiránico siempre pidiendo más para satisfacer su adicción.

Las vigilias de incertidumbre fueron tus suplicios más perfectos en su eficacia de molerme.
Mientras la noche transcurría y el tiempo se eternizaba, mi inquietud creía y se aceleraba.
Sospechaba su carácter profético y me reducía a cenizas.

¿Cómo no adorarte cuando me acariciabas la cabeza, si eras el Bien que había recuperado?
Nada te negaría, a nada resistiría, tanto te necesitaba.
Esas vigilias fueron fundamentales para tu creación del esclavo perfecto.

Anoche fui ciervo

Anoche fui un ciervo.

oveja negra

De entre toda la fauna mareada de alcohol y droga que ofrecía su cuerpo danzando descubrí al Lobo.
Solo, desde su rincón más que observar medía y pesaba la carne en vitrina para elegir que pecho, que espalda, que nalga insinuada por los pantalones caídos cenaría en la madrugada.

Un Lobo viejo y solitario que se apartó de su manada harto de compartir sus presas, de coger las mismas hembras.
Ladino acechando, cruel cazando, dueño de un apetito voraz que crecía a medida que transcurría la noche y sus posibles víctimas se le ofrecían inconscientes.

Y me convertí en ciervo.
Yo que he sabido ser perro fiel, yegua de mi jinete, anoche fui ciervo.

Y el Lobo olfateo mi presencia cercana; un ciervo también solitario temblando de anticipación sabiendo que va a ser devorado.

Tal vez aumentó tanto el volumen de la música que me ensordeció, tal vez todo el alcohol de la noche me hizo efecto en ese instante; lo cierto es que las rodillas se me aflojaron y no pude correr cuando me alcanzó su presencia con una mano que se posó sobre mi hombro desnudo.
La mano, que debiera llamar garra, me alcanzó el pecho para amasarlo y con las uñas pellizcarme el pezón.
Después el calor y la dureza tensa del cuerpo multiplicada por mil en su entrepierna que me pareció enorme apretándose contra mi culo.

No puedo recordar más detalles de anoche, solo un puñal de músculos y pelos desgarrandome las entrañas y un torbellino de dolores y orgasmos que tanto necesitaba satisfacer.

El Lobo saciado siguió su camino seguro de encontrarse con presas nuevas cuando le llegue el hambre.

Que no fue un sueño lo atestiguan las marcas de sus mordidas y los arañazos de sus garras.

El amor en el ritual del dominio

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La práctica controlada del sadomasoquismo retrata un drama clásico de destrucción y supervivencia.
El estremecimiento de la transgresión y la sensación de libertad completa dependen para el sádico de la supervivencia del masoquista.

Cuando el masoquista soporta su ataque incesante y permanece intacto el sádico experimenta este hecho como amor.
Al aliviar el miedo,la culpa de él, que teme que su agresión lo aniquile, crea para el Amo la primera condición de la libertad.
Por la misma razón la masoquista experimenta como amor el dolor psíquico compartido, la oportunidad de abandonarse al dolor en presencia de un otro en el que se confía y que comprende los sufrimientos que inflige.
De allí el amor y la gratitud que pueden acompañar al ritual del dominio…

Originalmente en el proyecto de destrucción hay una especie de inocencia.
Según la teoría freudiana primero el infante ataca despiadadamente y devora al mundo sin ningún sentido de las consecuencias.
En esta etapa de sadismo primario la criatura no sabe lo que es infligir un daño; simplemente espera tener su bizcocho y comerlo.
Sólo cuando internaliza su agresión e ingresa en la posición masoquista puede imaginar el dolor posible del otro.
Entonces aparece el sadismo real, el deseo de hacer daño y reducir al otro, como uno se ha lastimado a sí mismo.

En síntesis, la agresión, internalizada como masoquismo, reaparece como sadismo.
Con esta internalización se tiene la coartada para desempeñar ambos roles en la fantasía, para experimentar sustitutivamente la parte del otro, y de tal modo disfrutar del acto de la violación.

Fragmento de “The Bonds of Love” de Jessica Benjamin

Las muchachas de Copacabana

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Si vienes hoy a Río de Janeiro atraído por su fama de capital libertina del cono sur, te encuentras que los caminos de acceso a la prostitución son variados.
Internet está plagada de anuncios de todos los colores, es un escaparate brillante no siempre correspondido con la realidad.
En los hoteles es posible encontrar a un camarero que maneje contactos de todos los gustos, y que te tranquiliza ya que tienes la garantía de saber donde localizarlo por cualquier reclamo.

Las llamadas “termas” son casas tipo spa que ofrecen atenciones especiales dentro del mismo establecimiento; las de lujo se encuentran casi todas en la zona sur.
Por ejemplo la “Centaurus” de Ipanema tuvo su momento de fama internacional cuando los paparazzi sorprendieron allí a Justin Bieber.

En la histórica Lapa abundan las “bonecas” y los “michês”. Boneca, se traduce como muñeca y así se les llama popularmente a las travestis, y michê a los prostitutos.
Ambos tienen prohibido ejercer su comercio en la famosa “Vila Mimosa”.

Localizada en la zona norte de Río, Vila Mimosa es un conglomerado de barsuchos, locales de striptease y viviendas miserables que la policía no toca, seguramente a cambio del pago de protección.
Allí se manifiesta abiertamente la profunda homofobia del brasileño medio.
No hay prostituta trans o travesti, o prostituto masculino que se atreva ha acercarse a las calles de este sitio que se ufana de mantener la pureza de la prostitución exclusivamente femenina para servir al macho cabal.
Hay que tener en cuenta que según estadísticas oficiales solo durante el año 2016 fueron asesinados en Brasil 144 travestis y transexuales.

Recuerdo que en mis años de adolescencia junto a los amigos compartíamos excitados por lo prohibido un porro de maconha y espiábamos a las prostitutas que entraban solas a la Boate Help de Copacabana y salían acompañadas generalmente por algún turista.
Las bonecas en cambio conseguían a sus clientes en la calle, y se paraban en pequeños grupos sobre la avenida Atlántica a partir del posto 5 de la playa; preferentemente en las esquinas desde la Sá Ferreira hasta la Francisco Otaviano.

Uno de los chicos de la banda, Nelson, nos contó que con el dinero de la mensualidad que le daba su padre una noche abordó a una de estas bonecas.
La tarifa más económica correspondía al servicio de una felatio dentro del automóvil del cliente. Como Nelson iba de a pie y no se conformaba con menos que una penetración, la travesti le propuso llevarlo a su casa y tomaron por la calle Sá Ferreira hasta llegar a la cuesta de la Saint Roman.
Esa subida conduce a la favela del Morro do Pavao y a nuestro amigo le pareció más prudente ofrecerse a alquilar una habitación en el hotel Ducasse frente al que estaban parados, a costa de gastar todo su dinero.
La boneca se negó rotundamente y casi a la fuerza lo obligó a acompañarla por un laberinto de callecitas hasta que en una de ellas se encontraron con un mulato tipo fisicoculturista que tras amenazarlo de hacerle perder la virginidad anal de manera poco amable le quitaron el reloj y hasta el último de sus ahorros.
Al pobre Nelson los de la banda le pagamos porros y cerveza durante todo un mes, eso sí a cambio que nos contara cada vez el cuento para reírnos con la risa fácil de los pibitos de dieciséis.

De esas muchachas de Copacabana, que según Chico Buarque tenían para el cliente lo que él quisiera desde una paraguaya de Jamaica hasta una balalaika peruana, muchas emigraron a París.
Algunas tuvieron que conformarse con trabajar a la intemperie en el Bois de Boulogne; pero las más sofisticadas y atractivas escalaron hasta ocupar su lugar en clubs nocturnos y prostíbulos elegantes.

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Falta

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Falta el rayo que quema la espalda: falta el calor que dilata los poros, y la fuerza que tuerce y retuerce las articulaciones.
Nos está faltando el dolor, me susurran todos los átomos que me forman.
Ese dolor que me despierta y me hace sentir más que vivo, me dice el cuerpo aletargado.

Y es que extraño a la hoguera y al verdugo.
A la ceremonia previa, la elección de instrumentos amenazantes que potencian los efectos de su saña y desencadenan el temblor de mi ansiedad.
Me falta la droga de su ira, su arrebato descargándose con tan furioso placer sobre mi ser que conseguía hacerme implosionar en un orgasmo.