Siete años bajo su mirada

Mi Señor tiene un físico imponente.
Pero recordando aquella tarde en que lo conocí en Jeri, sentados en el bar de su posada, fueron sus ojos claros (grisescelestesverdes) y su voz grave dándole marco a las pocas palabras dichas con seguridad, despojadas de agresividad y adornadas por un extraño acento cuando habla en castellano, las armas con las que destruyó la empalizada de mi fortaleza.

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Dos noches después, en el interior de su habitación, mordió mis nalgas como un caníbal, quemó con la brasa de su cigarro los vellos que rodeaban mis tetillas, tiró de mi pelo tan fuerte que creí me que me arrancaría el cuero cabelludo.
Yo ya era su perro, amordazado y atado con las sábanas, había roto los diques de la inhibición y deseaba que me destruyera, esperando conseguir el placer supremo en el momento que me destrozara.
Esa noche bebí dos dosis de su leche.
Cuando amaneció me embrujó verlo despertar erecto. Se acercó, me acarició, me desató y al oído me pidió una mamada mientras me exigía el sacrificio de no correrme una paja.

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Saudade de Jericoacoara.
Extraño el calor de su viento, la pureza de su arena, su sol fulminante.
Amo a ese rincón del mundo donde hace siete años conocí a mi Señor
Donde Él me hizo suyo

Libertad

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¿Se puede ser esclavo y sentirse al mismo tiempo libre?

Nací y crecí creyendo ser libre, pero siendo esclavo de miedos, de costumbres y rutinas impuestas y aceptadas por comodidad.
Formando parte de una sociedad que se cree y siente libre, sin enteneder que le imponen en lo que se debe creer, y lo que debe sentir.

Por una ventanita de la gran cárcel se colaban voces que me hacían sospechar la existencia de otra realidad.
Mi curiosidad permitió que el azar se ponga de mi lado permitiéndome encontarlo.
Así fué que nos cruzamos, por curiosidad y por azar.

Y ocurrió. Mi Amo rompió mis cadenas.

Me seduce, me conquista, me educa, me abre las puertas a un universo con luces y sombras, con abismos que todavía no exploré.

Me doma; no para convertir un animal salvaje en un animal doméstico, todo lo contrario, descubre en mí el animal que por naturaleza, despojado de artificio y cultura soy.

No soy simplemente un esclavo.
Soy su esclavo, porque me eligió y lo elegí.
Y seguramente en esa condición soy más libre de lo que nunca fuí.