El látigo y yo

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A los más o menos masoquistas nos calientan los latigazos.

Esa caricia sorpresiva y ardiente que sorprende al cuerpo en los lugares donde menos se espera, y que con su chispazo despierta y enciende las células dormidas.
Células que ahora atentas aguardan el próximo chispazo con ansia y con temor.
Si el látigo vuelve a caer sobre la huella que dejó anteriormente en la dermis, la chispa se potencia y se entierra más profundo afectando a los nervios y la masa del músculo.

Cuando me entrego a mi Amo para que me azote con sus látigos, quedo a su disposición sabiendo que a partir de ese momento comenzará en mí un proceso de pérdida paulatina de racionalidad.
Ya al sentir la caricia  de sus manos desparramando aceites sobre la piel, cierro los ojos e inhalo profundo el perfume del aire, que es una mezcla del olor del aceite y del olor de nuestros cuerpos que comienzan a excitarse.

Las crines de caballo inician el ritual con golpes acompasados en el lomo, en el culo, en los muslos, en el pecho, hasta en mi verga que ya está dura.
El ritmo de estos toques se acelera; pero muy lentamente para mi gusto, porque deseo llegar cuanto antes al momento en que se convierta en un torbellino picante que me pinte de rojo el cuerpo.
Ese endemoniado látigo de crines tiene la virtud en manos de mi Amo, de elevar mi capacidad de excitación al punto que el roce de los labios de mi dulce verdugo me haga gemir sin poder reprimirme.
Ni hablar del intenso fluir de la sangre en el pecho,las tetillas y la verga.

Por fin llega el momento de las palabras mayores.
Es el momento en que actúa el Satanás que silba.
El trenzado, el asesino que cuando se ceba mata.
Conmigo no será odioso porque lo empuña mi Amo.
Se limitará a marcarme, hacerme bufar de dolor y sorpresa, jugará a atemorizarme cuando castigue al aire y con su sonido de víbora quiera asemejarse al trueno que llega antes del chaparrón.
Me hará danzar, maldecir y agradecer, y tratará de llevarme al límite, por desgracia no siempre alcanzado, de extraerme de lo más profundo el aullido que acompaña al orgasmo.

Y si, aunque lo común es vaciar mis bolas sin remedio cuando el Amo al dar por terminada la sesión me acaricia, me seca y me besa simultáneamente; confieso que varias veces, el clímax de una sesión con látigos me ha hecho eyacular con violencia, mientras recibía los golpes.

Nunca pude explicarme como siendo yo un animal tan racional como me creo, pueda llegar al extremo de abandonarme tanto, a sustraerme tanto de cualquier pensamiento que no sea otro que sentir el fuego doloroso y placentero que me producen los latigazos.
Inexplicable.

Preguntas

¿Es la comunicación anónima en la red una comunicación sincera?
¿Cómo sabes que no te mienten: cómo saben los otros que no mientes?
¿Y que es mentir en estos casos?
Ya mentimos demasiado con nuestros conocidos, con nuestros allegados, con quienes nos relacionamos por interés, en la calle, en la oficina, el banco, la fábrica, el colegio, la universidad, el bufete, los bares, los pubs, las discotecas, la mesa familiar.
Mentiras casi siempre banales, inocentes, de las piadosas y de las despiadadas.
¿Qué necesidad tenemos seguir mintiendo como para mentir también en las redes, donde definitivamente somos anónimos, y no tememos a las represalias cuando manifestamos opiniones que al otro pueden no gustarle?
¿Será por eso, por ese miedo recíproco de no gustarle al otro que desconfiamos?

¿A priori no confiamos porque en las redes un viejo dice que es joven, un rico, pobre, una mujer, hombre, y quien sabe más que fantasía?
Eso es posible, pero la que está hablando en esos casos es la fantasía, lo que justamente ese ser desea ser.
¿Esa realidad imaginada no es más real que su día a día; no es más fuerte, por lo deseada, que su realidad rechazada por él mismo cuando asume su fantasía?

ovejapregunta

Cuando entramos en un cuarto oscuro (sí, me refiero a esos de los clubes donde reina una penumbra más o menos espesa según el caso) ¿conocemos de quién son las manos que nos aprietan la verga, nos pellizcan el culo? ¿conocemos al dueño de la lengua húmeda y el aliento a tabaco que nos amenaza con rompernos el culo?
No, ni nos interesa.
Porque allí entramos para relacionarnos con cuerpos anónimos. Entramos a compartirnos físicamente, a manosear y ser manoseados.
¿Y esas experiencias no son buenas, es mejor no tenerlas que tenerlas?
Si las buscamos es porque las necesitamos.
Necesitamos el contacto carne a carne, y allí no importa otra cosa. No es el comienzo de nada, es el momento y punto.
Momento y punto, touch and go, cruising.
Podemos volver a entrar al dark room infinidad de veces y coger con los mismos tipos; podemos concurrir al mismo parque o baño público y volver a encontrarnos con quién nos la chupa siempre.
¿Pero esas relaciones no seguirán siendo un touch and go, un momento y punto?

oveja

¿ Y un sitio como este donde entrarás por una única vez, o tal vez muchas, para relacionarnos sin vernos ni tocarnos, solo expresando lo que decimos ser y sentir, donde podemos mentirnos o ser sinceros, no es una experiencia que vale la pena?

Me juego por creerte y que me creas.
A ti, ya seas otra oveja negra como yo, o una más de la bendecida mayoría blanca, te digo que creo en tus sentimientos y necesito este contacto pensamiento a pensamiento, sentimiento a sentimiento; como necesito el contacto carne a carne que buscaré en otro ámbito.

Siete mares

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¿Por cuantas tormentas y por cuantas calmas hemos navegado juntos estos siete mares, estos siete años?

Hablo en términos de mares, porque amo al mar, que es uno solo y que para hacerlo propio los pueblos costeros lo han bautizado con distintos nombres de acuerdo a las playas que baña.

Pero el mar es único, como mi Amo; como también es única la pareja que somos.

En estos siete años juntos nadamos en la superficie y buceamos en las profundidades de aguas cálidas y frías, nos dejamos arrastrar por las olas de nuestra pasión. Olas que a veces nos maltrataron estrellándonos con su rompiente contra alguna roca costera. Y otras veces nos depositaron serenamente en una playa de talco, después de acariciarnos y hacernos cosquillas.

Nadando desnudos los cuerpoalmas; rescatándanos mutuamente cuando había peligro de ahogarnos, rodeados de otras criaturas, algunas queriendo participar de nuestros juegos, otras ignorándonos.

En ese mar somos una pareja que se complementa porque asume sin prejuicios las diferencias que nos unen. Cada uno es lo que quiere ser, y que feliz coincidencia, es también lo que quiere el otro que sea.

Él,  Amo, yo su esclavo. Amo y esclavo arrastrados por la marea de ese mar que es único y que la tradición divide en siete. Así como se divide el tiempo y resultan siete, número mágico, los años que han pasado desde que me sedujo, y me tomó.

Y también están las pausas, más largas de lo que se quisiera, en las que tenemos que hacer pie en el continente. Pisar la tierra firme donde viven su hipocresía las sociedades.

Y camaleónicamente nos ajustamos a las normas sociales: ¿también obligados a la hipocresía para ser aceptados sin herir ni ser heridos? Deseando que llegue más pronto que tarde el momento de correr hacia la costa, arrancarnos los ropajes difraces sociales y saltar al mar.

 

Siete años bajo su mirada

Mi Señor tiene un físico imponente.
Pero recordando aquella tarde en que lo conocí en Jeri, sentados en el bar de su posada, fueron sus ojos claros (grisescelestesverdes) y su voz grave dándole marco a las pocas palabras dichas con seguridad, despojadas de agresividad y adornadas por un extraño acento cuando habla en castellano, las armas con las que destruyó la empalizada de mi fortaleza.

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Dos noches después, en el interior de su habitación, mordió mis nalgas como un caníbal, quemó con la brasa de su cigarro los vellos que rodeaban mis tetillas, tiró de mi pelo tan fuerte que creí me que me arrancaría el cuero cabelludo.
Yo ya era su perro, amordazado y atado con las sábanas, había roto los diques de la inhibición y deseaba que me destruyera, esperando conseguir el placer supremo en el momento que me destrozara.
Esa noche bebí dos dosis de su leche.
Cuando amaneció me embrujó verlo despertar erecto. Se acercó, me acarició, me desató y al oído me pidió una mamada mientras me exigía el sacrificio de no correrme una paja.

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Saudade de Jericoacoara.
Extraño el calor de su viento, la pureza de su arena, su sol fulminante.
Amo a ese rincón del mundo donde hace siete años conocí a mi Señor
Donde Él me hizo suyo

Libertad

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¿Se puede ser esclavo y sentirse al mismo tiempo libre?

Nací y crecí creyendo ser libre, pero siendo esclavo de miedos, de costumbres y rutinas impuestas y aceptadas por comodidad.
Formando parte de una sociedad que se cree y siente libre, sin enteneder que le imponen en lo que se debe creer, y lo que debe sentir.

Por una ventanita de la gran cárcel se colaban voces que me hacían sospechar la existencia de otra realidad.
Mi curiosidad permitió que el azar se ponga de mi lado permitiéndome encontarlo.
Así fué que nos cruzamos, por curiosidad y por azar.

Y ocurrió. Mi Amo rompió mis cadenas.

Me seduce, me conquista, me educa, me abre las puertas a un universo con luces y sombras, con abismos que todavía no exploré.

Me doma; no para convertir un animal salvaje en un animal doméstico, todo lo contrario, descubre en mí el animal que por naturaleza, despojado de artificio y cultura soy.

No soy simplemente un esclavo.
Soy su esclavo, porque me eligió y lo elegí.
Y seguramente en esa condición soy más libre de lo que nunca fuí.