Porteñito de Peuteo

porteñitoUn dulce recuerdo para vos, porteñito de Peuteo.
Para tu jugoso culito; esa confitura de la que estás tan orgulloso.
Valiente culito, se partió como un melón maduro para regalarnos tu doble penetración inaugural.
Lagrimitas, precum y crispaciones que no olvidaremos.
Cumplo con mi promesa de hacer público el recuerdo.
Y lo hago con mucho gusto.
Besos

Bs As. Último tango

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Fin del invierno en Buenos Aires y el río sopla su viento frío y húmedo.
Fantasmas de mi niñez silban Piazzolla, y me hacen morisquetas cuando nos cruzamos por la calle.
No sé si quieren que me asuste y vuelva a escaparme lo más rápido posible, o es que pretenden ser amigables para que me quede con ellos definitivamente.
De a ratos la llovizna impulsa a meterse en bares, más por el refugio que por el café.

Hasta que ese azar termina por empujarme a la confitería con las mejores sfogliatelle crocantes y tibias fuera de Napoli.
La larga mesa/barra de mármol ocupada por golosos me hace un hueco.
Desde allí se pueden saborear los perfumes de todos los dulces, morder las masas y beber una copa de champagne.

Mil recuerdos sepultados se despiertan; sonrisas, voces, manos calientes que aprietan la mía y me arrastran a seguir un paso más rápido, más urgente, como si los dueños de esos pasos supieran que solo les queda un número finito para gastar.
La sonrisa del mozo es entonces la que interrumpe los recuerdos para servir el postre acompañado del ristretto.
Mientras el manjar se queja crugiendo cuando lo muerdo, la nostalgia me acaricia la cabeza y acorta mis pantalones.
Y el niño en que me convertido mira para afuera; allí están detrás de la vidriera, en la calle Corrientes, los fantasmas mezclados con la gente que pasa bajo sus paraguas.
¿Qué pretenden? ¿Con qué derecho me reclaman?
¿Se puede volver a un hogar que ya no existe?

Tengo que escapar de esa confitería embrujada; salir a la calle por más que llueva, correr con la cabeza empapada hasta llegar al hotel.
Meterme bajo la ducha caliente y esperarlo.
Escuchar que Él ha vuelto y que pregunta al ver sobre la mesa los libros que compré:
-¿Has salido, con esta mañana?

Con la mirada enrojecida, el cuerpo goteando y la mueca de chico abandonado que expresa mi sentimiento y seguramente refleja mi cara, se enternece el Amo.
Ternura que Él sabe inflamar de pasión.
Las caricias con la toalla para secarme, los besos en la cara, derivan enseguida en abrazos mas vehementes, en mordiscos.
Muy pronto somos dos cuerpos desnudos trenzados en un tango violento.
Su lujuria me rescata del frío contagiado por los muertos de la Recoleta.
Los he querido y los he odiado tanto como los lloré.
Ya está, para mi se han ido para siempre, sin embargo se las arreglaron para acecharme por más que me niegue a visitarlos.
Entre los brazos de mi Amo, sabiendo que son garras que van a marcarme me siento vivo.

Quiero que me deje sin aliento, quiero los pelos de su ingle hundidos en mi nariz, y la cabeza de su verga apretada por mi glotis.
Quiero saborear su leche para quitarme el gusto a dulce que traigo de la infancia.
Quiero exprimirle el falo con los músculos de mi vientre para que se venga en mi interior, con lava si es posible, en lo más profundo.
Quiero que me deje ardiendo el ojete por el brusco frote de su pene.
Quiero acabar, y por suerte lo consigo, mientras Él me preña.
Y acabo llorando, porque en ese orgasmo expulso la sangre mala que había acumulado.

Mi hogar existe.
Es ese donde el Amo está.
A ese lugar pertenezco.
Con Él salgo a calle.
El frío sigue; pero ya no llueve ni hay fantasmas en las calles de Buenos Aires.

Didí, sex slave x 1 noche

La curiosidad de conocer las cosas ha sido entregada a los hombres como un castigo.
Michel de Montaigne

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Y justamente fue la curiosidad la que le jugó una mala pasada a mi compañero de remo y carrera Didí.
Aunque quizás sea errado decir que la pasada resulto mala, teniendo en cuenta las abundantes corridas que disparó en momentos de arrebato.

Cabildeos en bares, gestos y miradas cargadas de deseo, meaderos compartidos donde descargar las cervezas que nos ponían a tono y de paso permitirnos sin ser siempre discretos y con los pantalones un poco bajos tocarnos, él mi verga y yo el valle de sus nalgas; y por fin el acuerdo y la cita.

Un paréntesis para intentar graficar con palabras el gusto que da meter mano entre las nalgas de Didí.
Es como hundirse con el cuerpo frío en una bañera repleta de agua más que tibia.
Es como acariciarse con esas espumas que huelen fuerte a fruta tropical.
Cuando rozaba con la yema de un dedo su dulce ojete, el muy puto lo mandaba titilar provocándome.
Él aprovechaba a tomar también con un dedo la gotita de precum que me hacía destilar, y sonriendo sacaba la lengua y la saboreaba.
Con menudo empalme volvíamos a la mesa donde Germán nos esperaba, confiado en que me hubiera esmerado en sazonar el plato que estaba impaciente por devorar.

Y el plato quedó listo cuando Didí decidió dar el gran paso de venir a nuestro territorio, un lugar con reglas a las que someterse.
Sitio al que se tiene acceso por una puerta cuya llave está en posesión de una sola persona: el Dueño.

Al atravesar esa puerta Germán ya no sería Germán, sería el Amo, el Señor; yo ya no me comportaría como el tipo con el que comenzó compartiendo la sudada de las mañanas y al que terminó apretándole la verga en el baño del bar; sería el esclavo de esa casa, de ese Señor.
¿Y Didí, que sería del otro lado de la muralla?
La respuesta se discutió en el acuerdo previo.
Sería simplemente didí; así sin mayúsculas.
Como corresponde a un objeto, a una cosa, en este caso con la función de dar placer; un boytoy, un sex slave.

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Observando todo desde un lugar privilegiado el Amo fumaba impregnando el salón de olor a tabaco.
Desnudé a didí deleitándome con la suavidad de su piel sin imperfecciones y a la que el sudor otorgaba una humedad fresca como si hubiese estado expuesto al rocío.
Lo acosté boca arriba sobre la tabla de madera, y con dos muñequeras de cuero y unas cadenas le amarré los brazos por arriba de su cabeza a las patas de la gran mesa.

-No hables y confía- le dije al oído mientras me subía desnudo sobre su cuerpo.
Sentí como crecía su erección contra la mía al besarlo profundamente en la boca, al morder su cuello y al forzar sus piernas para que se enreden con las mías.

-¡Cómele el culo!- Llegó la orden de mi Señor.
Mientras le alzaba las piernas para cumplir esa orden que para mi era un regalo, didí giró la cabeza para ver al Amo por primera vez completamente desnudo.
El Amo estaba encendido y su miembro poderoso entró en la escena para hacerse cargo del papel protagónico.
Era el Falo de los templos. El Amo y su Falo eran la divinidad, yo su sacerdote, y didí la ofrenda.

Por primera vez en la noche follé a ese culo como tantas veces lo había soñado.
Lo cogí hasta conseguir que didí acabe encharcando de lechita blanca el pequeño pozo chocolate de su ombligo.
Siguió retorciéndose sin poder soltarse, ya no por su placer sino por el del Amo, cuando este le salpicó, también de blanco pero de cera caliente, la piel.

Las bolas chinas, las cosquillas, la rueda dentada, los palillos para colgar la ropa mordiendo sus pezones coninuaron animando la noche.
Mordiscos en sus nalgas, dedos, lengua y verga dilatando cada vez más su ano.

Entre estos juegos y las pausas para acariciarnos e hidratarnos pasaron las horas.
Antes del amanecer el sex slave didí alcanzó el cuarto y último orgasmo mientras yo le metía verga hasta la campanilla, y el Amo que lo cogía como si fuera el fin de tiempos le tironeaba los pezones haciéndole ver las estrellas.

Necesitábamos un desayuno potente; lo tuvimos y lo devoramos.
Después caímos rendidos hasta el mediodía cuando Didí recuperó su identidad y volvió a su rutina diaria.

No pudo negar que le gustó la experiencia, aunque puso reparos porque en algunos momentos la sintió demasiado violenta.
Tal vez lo fuera para un primerizo, pero no se trató más que de una parte de todo lo que nos provoca hacerle.

Ya ha solas con Germán, le pregunté qué tal le parecía incorporar a Didí en nuestros juegos.
Mi Amo no está convencido de repetir sesiones con terceros, ni de profundizar amistades que puedan derivar en algo más profundo.
No quiere correr el riesgo de vivir experiencias dolorosas del pasado.

Tres fósforos en la noche

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Trois allumettes une à une allumées dans la nuit.
La premiére pour voir ton visage tout entier.
La seconde pour voir tes yeux.
La dernière pour voir ta bouche.
Et l’obscuritè tout entière pour me rappeler tout cela,
en te serrant dans mes bras.
Jacques Prêvert

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En la noche uno a uno encendí tres fósforos.
El primero para verte el rostro.
El segundo para ver tus ojos.
El último para ver tu boca.
Y la completa oscuridad para recordarlo todo,
exprimiéndote entre mis brazos.

Gostoso Didí

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Didí es un garoto nordestino de cuerpo fibrado y firme revestido de piel de raso brillante, color chocolate con leche.
Hablando de leche también huele como ella, pero recién ordeñada, y cuando levanta los brazos y muestra los sobacos de pelitos enrulados, matiza el olor con un perfume barato y popular, de los que se suelen impregnar las taquillas de los gimnasios.
Inteligencia y buen gusto no le han de faltar porque, a pesar de tener como origen una familia humilde de un pueblito remoto, ha conseguido ingresar beca mediante, a la prestigiosa FAU (Faculdade de Arquitetura e Urbanismo da Universidade de São Paulo) famosa por los exigentes filtros que dejan fuera a la mayoría de los que pretenden vacante.

Se hace de tiempo algunos días a la mañana para remar por la Raia Olímpica, y allí fue que nos encontramos.
Comenzamos por saludarnos entre los que nos sentíamos cómplices del exceso de correr por la pista asfaltada después de soltar los remos.
Allí y a esa hora son pocos los que se someten al esfuerzo, y comentando justamente asuntos de ese tipo se inició una cierta simpatía entre nosotros.

Tiene un nombre y un apellido imposibles, y seguramente por eso su padre comenzó a llamarlo simplemente Didí, en honor a un ídolo de la histórica selección de futebol ganadora de los mundiales de Suecia y Chile.

Curioso por conocer el aspecto de tan glorioso referente le pedí  ayuda a Internet…

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…y encontré un muy interesante ejemplar varonil, con bigotito a la moda de su época, que se sentía cómodo jugando en las duchas, desnudo junto a sus compañeros.

También nuestro Didí tiene esa belleza particular que imponen los negros, fruto de la fuerza de su genética, y de la injusticia darwiniana a la que es sometida su etnia.
Es dueño de una sonrisa resplandeciente y de una nalgas soberanas.
Si, su culo es el rey de su cuerpo, por lo soberbio y porque gobierna indiscutiblemente a el resto de los órganos.
Le cuesta admitirlo, y se ríe cuando afirmo que fue su culo hambriento el que buscó de acercárseme, quien le ganó la pelea a su timidez, curioso por hacer su primer hombre blanco.

Que no se interprete que fue un trámite precipitado, todo lo contrario, compartimos varias charlas mañaneras, muchas botellitas de agua hablando del tiempo, de su carrera, de la vida compleja en las grandes ciudades, y mil sonseras más antes de que mirando el suelo se atreviera a decirme: Você é muito gostoso.

Como después de su confesión lo vi paralizado, esperando que la tierra se abriera para tragarlo, lo tomé del mentón, levanté su cara y con infinita sinceridad le respondí:
Didí, eu acho que você é um moço gostosisimo!

El proceso que culminó con el encuentro entre Didí, Germán (mi Amo) y yo sentados a una mesa del BrewDog, duró cerca de un mes y fue un camino de dudas, temores e interés.

Por fin, a la semana, un sábado recibimos a Didí en casa dispuesto a quedarse hasta el domingo, listo para permitir que se le amarren las muñecas y gocemos de su cuerpo gostoso y de su miedo.

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La hora del lobo

« L’heure du loup, c’est l’heure où la nuit fait place au jour.
C’est l’heure où la plupart des mourants s’éteignent, où notre sommeil est le plus profond, où nos cauchemars sont les plus riches.
C’est l’heure où celui qui n’a pu s’endormir affronte sa plus violente angoisse, où les fantômes et les démons sont au plus fort de leur puissance…»
Ingmar Bergman

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Me gusta recorrer la ciudad nocturna, cuando su hermana gemela la sofocada por el día, duerme profundamente.
Cuando la madrugada está muy avanzada, a la hora del lobo.
Cuando ya nos han echado de los pocos lugares que permanecían abiertos; espacios donde se reúne la fauna noctámbula.
Tribus que se juntan para beber, y para dejarse beber si es posible y hay onda.
Algunos borrachos duermen en el último lugar donde les abandonó la conciencia.
Las calles están desiertas o casi; muchas veces recién regadas, húmedas, espejando teatralmente la luz de edificios y faroles.
Se nota la caricia de la brisa y el beso del rocío en sus parques y en las avenidas arboladas.

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Como las luces son tenues se potencian más los sentidos.
Si prestamos atención escuchamos la respiración de quien nos acompaña; sentimos sus olores, nos hablamos en voz baja, porque no hay sonidos que nos interrumpan y aturdan.
Se genera una complicidad que nos impulsa a acercarnos, a susurrarnos al oído, a acariciarnos la piel.

¡Qué cerca estamos de confesar algún secreto, de posar los labios con delicadeza en su mejilla, esperando ser correspondidos,  conducidos al costado, contra alguna pared y magreados con rudeza; hasta que la cercanía de unos pasos nos traigan a la realidad para riéndonos seguir el camino.

La policía se ha retirado a cuarteles con su cosecha de la última redada.
Las putas y los putos se ofrecen liquidando sus servicios, desnudando con descaro tetas, culos, vergas y coños; se los acarician, gimen representando el polvazo que prometen.
Ese llamado es todo un reclamo, a la vez que un pedido de auxilio.
Es dinero necesario de ganar, quizás para la cuota del chulo, para el dealer, o para llenar la olla al otro día.

En el hueco de algún portal, en un rincón poco iluminado, el pervertido también aguarda a su presa.
Tiene la trampa preparada, y aunque egoísta, generalmente actúa solo, hay casos que tiene que tolerar compañía para compartir el festín.
Tal como le sucede al tigre solitario cuando se le suma una manada hambrienta atraída por el olor de la sangre fresca.

A la vuelta de la esquina nos espera la soledad de un desierto que está a punto de sucumbir al estruendo del día que se avecina.
Queremos eternizar ese momento en que no sabemos si estamos aturdidos o hiperdespiertos y nos trenzamos con un beso de morder labios y lenguas.

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Cuando el ulular de una ambulancia interrumpe la paz, imaginamos a una bella señora, muy pálida volando con prisa, tratando de ganar la carrera y llegar antes a la cita para poder cobrarse la presa condenada desde su origen, como todos.
El cuadro pintado en riguroso claroscuro es dramático.
Sabemos que la fiera nocturna es más eficaz durante la cacería trasnochada.

Como ha dicho Bergman “La hora del lobo es el momento entre la noche y la aurora, cuando la mayoría de la gente muere, cuando el sueño es más profundo, cuando las pesadillas son más reales, cuando los insomnes se ven acosados por sus mayores temores, cuando los fantasmas y los demonios son más poderosos …”

Pero también es la hora en más partos suceden.

Y también es la hora ideal para estallar un polvo loco de violencia y ternura en plena calle.
Y ganarle una batalla a la muerte.
Si bien, no toda la guerra.

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Vértigo

ovejanegraEl dolor es una advertencia.
Una advertencia de peligro.
Mi cuerpo reacciona alejándose de la fuente del dolor, para salvarse del peligro que lo acecha.
Cuando el Amo me causa dolor, mi cuerpo lucha entre huir y quedarse.

Y lucha porque mi cuerpo lo disfruta.
Porque sé que Él me salvará del peligro.
Porque sé que en sus manos no corro riesgos; me sostiene cuando me asomo al vacío.
Cuando vibro sacudido por el miedo, por la amenaza de lo desconocido, de lo prohibido, me consuela saber que me acompaña.
Hasta allí me ha conducido, y desde allí me rescatará.

Suspendido en el aire, flotando sobre un pozo oscuro donde ruge el viento, el vértigo me llama al fondo.
Pero no caigo; el Amo me sostiene con firmeza, tomándome del pelo me permite balancearme, dejarme llevar por las corrientes.
El dolor en el cuero cabelludo se trasmite a todo mi cuerpo y me recuerda que allí está Él, sosteniéndome.

No sería capaz de asomarme a la sima profunda sin la tutela del Amo.
A Él le debo el coraje y el goce; y el dolor que no quiero evitar.