Bendito Mirbeau

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Sueño el jardín, veo la China, siento la mano, adivino el último clímax de sangre.
Maldigo al bendito Mirbeau, mientras la aguja del dolor borra todas las ensoñaciones con su poderosa fuerza y vacía la mente.

A punto orgasmo y otra vez a cero para recomenzar la deliciosa tortura de nunca acabar.
La mano de cuero suave, el aguijón ensalivado en punta de su lengua, y la maldad obstinada en que escale, negándome llegar a la cima cuando la araño con desesperado deseo.

Y otra vez las imágenes forjadas por la lectura asombrada y adolescente, de esas torturas que solo podían concebirse en el oriente; en jardines de perfumes espesos donde se mezclan quejidos con flores de tan carnales obscenas.
Eran cuatro horas de masturbación monótona y constante; sin interrupciones hasta que un estallido termina con la tortura, la misión del verdugo y la vida del reo, en ese jardín de los suplicios que recuerdo tan vívidamente.

Aquí y ahora ese apéndice mio tan sensible y tan baboso, palpita acariciado, y los huevos que pesan de tan cargados esperan por el próximo ahogo del puño que sabe estrujar para detener con dolor la descarga.
¿Cuánto más resistiré antes de morir en un orgasmo?

La respuesta la tiene el Divino Verdugo, su paciencia y su capricho.

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La violación que faltaba

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– Qué se siente?
-Primero, fuego dentro de tu verga.
-Y después?
-Por qué no lo experimentas en tu propia pija? pídele al Amo que te sondee y no te quedarán dudas.

Manteníamos este diálogo tonto entre stephan y yo, de cama a cama antes de dormirnos en la oscuridad de nuestro cuarto.
El cachorro se había quedado impresionado porque nuestro Señor le permitió observar como me sometía a mi primera sesión de urethral sounding.
Antes de comenzar, tampoco yo sabía que era lo que me esperaba.

Recuerdo que inmovilizado con ataduras sobre una mesa, con los ojos vendados me abandoné esperando por las sensaciones que el Amo quisiera hacerme sentir.
Primero noté el roce del metal frío y húmedo en la cabeza del pene, luego los dedos que me apretaban el glande seguramente para conseguir que se abriera la boquita del meato.
A partir de ese momento, y poco a poco. un ardor fuerte cada vez más profundo a lo largo del tronco de la verga.
Para entonces ya había adivinado a que me sometía el Amo.
Por más que sabía que en sus manos no corro peligro, no pude dejar de tensarme.
Estaba tan agitado que me aturdía el palpitar de la sangre.
Era la violación que me faltaba.

Ya había pasado por desvirgar mi garganta, porque si bien no fue el suyo el primer pene que chupé, si fue el primero que me folló hasta las amígdalas, como también fue el único al que entregué mi culo para que lo desflorara, convirtiéndome en ese momento inolvidable en su hembra que temblaba de miedo y placer, lamiéndose los dedos embadurnados de sangre y semen.

Le había llegado el turno a mi virilidad; la sonda empuñada por la mano de mi Dueño era la encargada de violar mi verga, para hacerla también suya.
Cuando me quitó la venda y puede levantar un poco la cabeza encontré mi pija que se mantenía erecta al máximo mientras de su punta sobresalía un trozo pequeño de metal.
Todo el conjunto brillaba empapado de gel.

Por un segundo stephan se acercó a mirar con expresión de asombro.
El Amo entonces dejó su pene morado por la hinchazón a disposición de mi boca, mientras Él se entretenía acariciando, solo con la yema de sus dedos, mi verga empalada.

Me costó muchísimo demorar mi orgasmo esperando la orden de acabar recién cuando me disponía a tragar su leche; y no sé cómo saltó la mía al expulsar la sonda porque estaba de ojos cerrados limpiándolo con la lengua y succionando desesperado las últimas gotas.

Por suerte estaba sujeto a la mesa, porque en ese momento los dos nos estremecimos al tiempo que nuestros penes ultrasensibles nos bombardearon el cerebro y nos sacudieron.

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Volviendo al diálogo de esa noche, stephan me respondió:
-Me da miedo…
-Cagón! le dije riéndome y dándome vuelta en la cama para cerrar la charla y disponerme a dormir.
Me quedé pensando aunque no se lo dije, que no dependía de su voluntad el experimentar.
Dependía del capricho de Él, que por algo era nuestro Dueño.

Sucedió en Manila agosto 2010

Crueldad refinada

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En general distinguimos dos clases de crueldad: la que nace de la estupidez, que, nunca razonada, nunca analizada, iguala al individuo nacido así con la bestia feroz: no proporciona ningún placer, porque quien está inclinado a ella no es susceptible de ningún refinamiento; las brutalidades de un ser así, rara vez son peligrosas; siempre es fácil evitarlas; la otra especie de crueldad, fruto de la extrema sensibilidad de los órganos, sólo es conocida por seres extremadamente delicados, y los excesos a que lleva no son sino refinamientos de su delicadeza; es esa delicadeza, embotada demasiado deprisa por su excesiva finura, la que, para despertar, utiliza todos los recursos de la crueldad.

¡Qué pocas personas conciben estas diferencias!
¡Cuán pocas las que las sienten!
Y sin embargo existen, son indudables.

Donatien Alphonse François de Sade “La Philosophie dans le boudoir”

Reencuentro

La ausencia de mi Amo siempre se me hace insoportable, esa vez habían pasado muchos días y aunque me mataba realizando actividades físicas el agotamiento no era suficiente.
Durante el día llevaba puesto un cinturón de castidad para impedir la erección, y solo me lo quitaba para dormir.
En tres oportunidades desperté mojado de semen, por lo que decidí no sacármelo para nada hasta que mi Señor regresara, por más que la molestia y el dolor fueran torturantes.

Una tarde, por fin después de un viaje de más de 15 horas apareció mi Señor, con el cansancio y el stress lógico.
En cuanto lo vi abandoné todo y me postré en el piso ocultando mi cara.
Ardía en deseos de contemplarlo, pero no podía parar de lagrimear.
En mi vida anterior llorar era tabú, pero a medida que acumulaba experiencias a su lado, con frecuencia las emociones me ahogan y no podía evitarlo.
Tenía vergüenza de que me viera en ese estado.
El tomó mi barbilla, me levantó la cara y besó mis ojos.
Solo fue un momento de suave ternura, pero valía más que el millón de momentos de espera.

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Me pidió que lo desnudara, y allí comenzó mi banquete.
Una por una le fui quitando todas las prendas.
Cuando posé mis labios en sus manos y no me rechazó, aproveché para besar primero y lamer después cada uno de los rincones de su cuerpo.
El olor y el sabor de mi Amo son mi droga.
La sal de su sudor acumulado, su aroma personal mezclado con su perfume y el del tabaco de sus cigarros, el vello rubio que le cubre el pecho y las piernas, sus músculos que fui relajando con la caricia de mi lengua, me fueron emborrachando.

Después de quitarle el boxer transpirado apareció ante mí su verga erecta; quise llevármela a la boca pero la tensión del momento venció a mi Señor y me apartó bruscamente.
Con furia me sacó el pantalón que vestía y al ver el cinturón puesto me ordenó buscar la llave.
No tardé más de dos segundos en hacerlo.
Con brusquedad mi Señor prácticamente me arrancó el cinturón de castidad.
Ante un gesto que conozco me arrodillé ante Él y abrí la boca.
Con los ojos cerrados esperé la entrada de su verga.
Por un acto ya reflejo ante el cuerpo desnudo del Amo segrego gran cantidad de saliva.
Cuando se hundió con un solo movimiento hasta la garganta, logró su cometido: humedecerla para sodomizarme.

Por más que la excitación del momento me predispusiera, después de un largo período de abstinencia mi ojete permanecía cerrado.
Sentí la penetración como si me estuviera hiriendo con una espada.
Dobló mi cintura casi quebrándola, me abrazó y con sus manos como garras me apretó contra su cuerpo.

Dispuesto a devorarme me mordió el cuello y comenzó a cogerme con una intensidad que no puedo comparar.
En silencio, ya que me faltaba el aire hasta para gemir, convulsionándome por la fuerza de los estímulos y con el frote de su cuerpo sobre el mío, mi sexo ardiente comenzó a supurar los líquidos del éxtasis.

Más tarde, ya con su semilla caliente en lo más profundo de mi cuerpo, comenzó la sesión donde debí purgar con dolor el sufrimiento que le ocasioné a mi Señor.
Él también había sufrido la falta de su esclavo el tiempo que duró la ausencia.

Sucedió en Manila en febrero 2010

El chef peruano

Se ha puesto de moda la cocina peruana, sabrosa mezcla de recetas españolas y moras, cantonesas, japonesas e italianas; todas condimentadas por hasta ahora exóticos sabores andinos y amazónicos.
Los chefs peruanos son codiciados por los restaurantes de las grandes capitales; y São Paulo no es ajeno a la tendencia, por el contrario este hormiguero poblado por etnias de los cinco continentes tiene una élite loca por subirse a la cresta de la última moda.

En un sitio al que concurrimos con frecuencia, porque tanto al Amo como a mí nos gusta el pulpo anticuchero y el pisco sour que allí sirven, trajeron desde Perú un joven ayudante recién graduado de Lima.
Un día por intermedio del camarero le enviamos felicitaciones al chef y coincidió que el limeño estaba a cargo de la cocina. Al rato se acercó a nuestra mesa para agradecer y alguna alarma se le disparó junto con una espléndida sonrisa porque desde esa vez se tomó la costumbre de saludarnos cada vez que repetíamos la visita.

Hace dos meses cuando se aproximó para consultar si la comida era de nuestro agrado, nos avisó que pronto dejaría la ciudad ya que había conseguido un contrato muy bueno en la Rivera Maya.
Me sorprendió que Germán lo invitara a tomar una copa con nosotros cuando terminara su turno, y que el chico aceptara más que contento.

El asunto terminó esa noche en un trío que nos reveló que además de saber cocinar el chef sabía como dar placer con su culo, tal como lo comprobó mi Amo, y con su boca, como lo puedo atestiguar de primera mano porque su mamada me dejó con las piernas flojas, y un poco escandalizado cuando lamió goloso todos los goterones de leche que le salpicaron la cara.
-Que lechero eres! me dijo.
-Me ha gustado pero la encontré un poco ácida, seguro que por el alcohol y los picantes. Yo te puedo dar una receta para que tenga sabor de manjar…

Seguro que por el traslado inminente del chef a las costas mexicanas la situación no corría riesgo de repetirse Germán planeó un encuentro despedida con el limeño, pero siendo ahora él quién agregaría el condimento.

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Creo que el limeño se llevó una sorpresa cuando me encontró inmovilizado a una silla con los tobillos atados a las patas y las manos sujetas detrás del respaldo.
Llevaba tres días de abstinencia, y dos de dieta estricta.
Con esa dieta había respetado estrictamente la receta del chef; a saber:
Abacaxi, o piña o ananá como te has acostumbrado a llamarlo, mango o manga, batido de açaí con banana y arándanos, leche de coco condimentada con canela, leche de almendras con duraznos licuados y copos de cereales. Nada más, salvo bastante agua mineral baja en sodio.

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Lo vi relamerse mientras se desnudaba y se arrodillaba a mamar.
Le gustaría el sabor de mi precum porque se le llenaba la boca de saliva; y ni se le ocurrió protestar cuando el Amo comenzó a azotarle las nalgas haciéndoselas chasquear. Al contrario dejó por un momento de chupar para voltearse y regalarle una de sus sonrisas.
Estaba dispuesto a eternizar el momento; prendido a mi verga succionaba, lamía, apretaba y soltaba sus labios y sus dientes, me lamía los huevos y los soplaba para que se esforzaran en producir mucho esperma que devorar.
Germán le horadaba el ojete con pijazos violentos y le sacudía cachetazos en las nalgas que lo enardecían, y le babeaban el pene por la calentura.

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Pero como los cuerpos tienen un límite llegó el momento de ver las estrellas.
Y fue a la vía láctea el viaje de placer.
Mama mía que orgasmo! Intensísimo y muy prolongado ya que el chico no soltaba el biberón por nada mientras me castañeteaban los dientes como cuando vuelas de fiebre.
No me enteré en que momento acabó Germán pero el forro lleno era suficiente prueba de su placer.

-Aquí no te corres! le ordenó Germán al chef cuando lo vio llevarse la mano al pene para darle paso a una paja.
-Te vas saciado de leches y caliente para que nos recuerdes; te ha gustado el sabor de tu propia receta?
-Muy sabroso, y por demás abundante. Respondió.
-Tendrías que haberme dejado una gota por lo menos para comprobarlo.
-Dale a beber mucha agua y déjalo unas horas para que se reponga; la pruebas y después me cuentas…

Ayer nos envió una foto desde Tulum abrazando a un rubio grandote y con el mar turquesa de fondo.

En la carretera

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Aquí está mi Matchless 1966, la moto que me enamoró cuando la descubrí en Manila en el 2011.
Quedo un poco estropeada cuando un accidente la lastimó a ella más que a mi.
Costó bastante recuperarla pero se consiguió y desde entonces durmió como la princesa Aurora cubierta por una lona, envidiando a su moderna compañera de garaje, la Yamaha mt 03 que casi a diario sale de paseo.
Por suerte su sueño no tuvo que esperar 100 años como esa otra princesa, porque ayer la destapé y desperté con un beso.

Pudo más el deseo de pavonearme como hace tiempo no lo hacía.
Me calcé unos jeans, mis zapas y el casco, arranqué la querida moto inglesa que vaya a saber quienes montaron antes, y salí a la carrera todo lo rápido que permiten las leyes.

Quería mostrar las marcas que lucía mi lomo desnudo.
Rojas huellas del cinturón de cuero que estalló varias veces, porque me producía un dolor endemoniado pero no podía dejar de reclamar por más.
Huellas brillantes gracias al gel desinflamante que el Amo aplicó acariciando con la yema de los dedos con tanta ternura como furia habían tenido sus anteriores cinturonazos.

Sentir el viento frío en el pecho me puso de mármol los pezones, el calor del ardor en la espalda, imaginar miradas curiosas y adivinar comentarios de rechazo, de admiración y de envidia me encendió al punto que cuando regresé a casa tenía la bragueta mojada.

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