El aire que respiro

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Él apoya sus pulgares justo debajo de mi nuez de Adán y yo cierro los ojos; me entrego.
Ya sé cómo comienza; una caricia sobre la piel, con la yema de los dedos.
También sé cómo continúa; poco a poco incrementa la presión del toque, es su arte para que el roce parezca siempre el mismo, aunque yo sienta que esos dedos pesan cada vez más.
Una opresión que me obliga primero a apretar los párpados y luego a abrir los ojos; mirarlo a los suyos, suplicar con mi mirada un poco de aire.
Me observa serio, espera hasta que afloja la presión sonríe, y me besa.
-Sabes que soy tu Dueño, y también soy el Dueño del aire que respiras. Puedo dártelo o quitártelo.- me dice.

Y repite el proceso.
-Eres mi esclavo.
-Te mataré el día que presienta que deseas a otro.
-Te destrozaré para luego devorarte.

Algunas palabras las susurra y otras las mastica con bronca para disfrazar su deseo.
Yo su juguete me excito, me mareo, me tenso y me aflojo a medida que el tiempo pasa.
Cuando me siento flotar como drogado me despierta el dolor punzante de su verga perforándome el ano.

Mi boca tendrá ardores de infierno

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Mi boca tendrá ardores de infierno,
mi boca será para ti un infierno de dulzura,
los ángeles de mi boca reinarán en tu corazón,
mi boca será crucificada y tu boca será el madero de la cruz.
Oh boca ojal de mi amor,
los soldados de mi boca tomarán al asalto tus entrañas,
los sacerdotes de mi boca incensarán tu belleza en su templo,
tu cuerpo se agitará como una region durante un terremoto,
tus ojos entonces se cargarán de todo el amor que se ha reunido en las miradas de toda la humanidad desde que ella existe.
Amor mío mi boca será un ejército contra ti,
un ejército lleno de desatinos,
que cambia lo mismo que un mago sabe cambiar sus metamorfosis,
pues mi boca se dirige también a tu oído y ante todo mi boca te dirá amor,
desde lejos te lo murmura y mil jerarquías angélicas que te preparan una paradisíaca dulzura en él se agitan,
y mi boca es también la Orden que te convierte en mi esclavo,
y me da tu boca,
tu boca que beso.

Adaptación del poema de Guillaume Apollinaire “Quatrième poème secret à Madelaine”

 

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Ma bouche aura des ardeurs de géhenne
Ma bouche te sera un enfer de douceur
Les anges de ma bouche trôneront dans ton cœur
Ma bouche sera crucifiée
Et ta bouche sera la barre horizontale de la croix
Et quelle bouche sera la barre verticale de cette croix
Ô bouche verticale de mon amour
Les soldats de ma bouche te prendront d’assaut tes entrailles
Les prêtres de ma bouche encenseront ta beauté dans son temple T
on corps s’agitera comme une région pendant un tremblement de terre
Tes yeux seront alors chargés de tout l’amour qui s’est amassé dans les regards de l’humanité depuis qu’elle existe
Mon amour ma bouche sera une armée contre toi
Une armée pleine de disparates
Variée comme un enchanteur qui sait varier ses métamorphoses
Car ma bouche s’adresse aussi à ton ouïe et avant tout
Ma bouche te dira mon amour
Elle te le murmure de loin
Et mille hiérarchies angéliques s’y agitent qui te préparent une douceur paradisiaque
Et ma bouche est l’Ordre aussi qui te fait mon esclave
Et me donne ta bouche Madeleine
Je prends ta bouche Madeleine

A pleno sol

Sucedió entre Jericoacoata y Camocim en Diciembre 2009
En un punto de la playa entre Tatajuba y Camocim transitable con marea baja.

Apenas amaneció salimos con la Land por la playa rumbo al norte, la mañana estaba espléndida, el mar sereno y unas pocas nubes rompían la monotonía del cielo azul.
Después de unas dos horas atravesando las dunas llegamos a la desembocadura de un riacho donde se veían dos construcciones, por ponerles un nombre, hechas con unas ramas secas y con el techo cubierto de un lona plástica.
Así son los típicos refugios que los pescadores de estas costas utilizan mientras pasan una temporada trabajando.
Sus familias viven en poblados más o menos cercanos, y ellos en grupos generalmente menores de diez, se instalan en la costa con sus saveiros (canoas con velas con un formato especial) para pescar por períodos más o menos prolongados.
Llevan solo lo indispensable, que generalmente es casi todo lo que tienen, y esperan a un comisionista que pasa periódicamente a recoger la cosecha.
Estacionamos junto a una de las casuchas y mi Amo me ordenó esperarlo mientras el bajaba para averiguar si podíamos quedarnos allí.

Durante el viaje no me había dirigido la palabra ni me había prestado la menor atención.
Mi Señor quería escuchar música y no permitía que  lo distrajera.
La noche anterior me anticipó que pasaríamos un par de días fuera de Jeri. Compramos comida y dos bidones grandes de agua mineral.
Yo pensé que quería que estuviésemos solos y me sorprendió cuando llegó acompañado de un hombre al que le dio unos billetes.

El hombre que solo vestía un pantalón gastado, era muy delgado pero tenía un cuerpo fibroso con la piel curtida por el sol y por la sal del mar, y los rasgos típicos de la mezcla de razas de la zona, donde los negros se han mestizado con los indios y con los europeos.
En su cara morena se destacaba una dentadura perfecta que no ocultaba en ningún momento, porque mientras me observaba con curiosidad no dejaba de sonreír.
Sin dejar de mirarme demostrando muchísima curiosidad, el pescador que según me enteré después se había quedado a cuidar las pocas cosas que quedaron en la costa, comenzó a descargar nuestros bultos.

– Nos permite quedarnos con ellos a cambio de una suma de dinero y de que compartamos nuestra comida.
– Le dije que había traído a mi perro y no puso ninguna objeción.- Terminó de decir riéndose.
– Lo que no se esperaba es que mi perro tuviera tanta apariencia humana, así que lo vamos a solucionar.
– Desde ahora te quitas toda la ropa, te colocas el collar y no vuelves a ponerte en dos patas hasta que abandonemos esta playa.

– Si Amo –respondí. Y a cambio recibí una fuerte cachetada mientras me decía:
– ¿Desde cuando un auténtico perro habla? Olvídate de querer imitar a los hombres, mientras estemos aquí solo eres un animal.
El hombre que luego supe se llamaba Jair dejó de sonreír para largar una carcajada.

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Ya habíamos jugado ese juego con mi Amo en la intimidad, pero ahora pretendía que lo hagamos con testigos y por un período de tiempo que no conocía.
Además no se trataba de cualquier testigo. No era el público de un club leather que puede estar acostumbrado a estas demostraciones.
Seguramente sería un grupo de hombres que llevaban un vida muy sencilla, seguramente religiosos, y no sabía como podrían reaccionar.
De lo que estaba seguro es que pasan bastante tiempo alejados de sus mujeres, y que por lo menos en público desprecian a los homosexuales.
¡Ah, y que para ellos homosexuales solo son los pasivos!
En todo eso pensaba mientras sentía la sangre latiendo en mis orejas, y me desnudaba, me colocaba el collar y me ponía a cuatro patas pegado a la pierna de mi Amo, asustado buscando su protección.

Por mi contextura física comparada con la de aquel hombre, no debiera  tener reparos si se trataba de comparar nuestra fuerza. ¡Pero en ese momento me sentía tan inferior, tan indefenso!
Visto ahora con distancia, observo que mi reacción instintiva es la lógica, la del perro en un lugar extraño, la de una criatura dependiente que trata de pasar desapercibido al amparo de su dueño.

Paso varias horas del día dentro del mar, pero no estoy acostumbrado a nadar estilo perrito.
Tenía ya el cuerpo molido de trotar en cuatro patas por la playa cuando mi Señor ante la mirada atónita de Jair que fumaba protegido por la sombra que proyectaba la choza, quiso que nos refrescáramos y tomando una rama comenzó a tirarla al agua para que yo, su perro la rescatara y se la devuelva.
Cuando lo hice por primera vez y a cambio recibí una cachetada me dí cuenta que no había reparado en el detalle.
No debía tomarla con la mano sino con la boca, y debía nadar como lo hacen los perros.
No sé que pasaría por la mente de Jair, pero parecía que la situación le hacía mucha gracia.
Mi Amo abrió unas latas de carne y se dispuso hacer unos sándwiches con queso y pan, mientras yo trataba de tomar agua con la lengua de un plato de lata, y me desesperaba con la idea de no poder expresar que necesitaba más porque tenía una sed terrible.
Mi Señor fue generoso cuando le impidió a Jair darme de comer las cáscaras del queso.
– Mi perro no come eso- le dijo
– Puedes darle de comer lo que comemos nosotros, no los desperdicios.
Yo estaba entre los dos, pendiente de lo que me daban de sus manos y no caía al suelo que era pura arena de la playa.
Me las arreglé para hacerme entender que necesitaba más agua, y esa necesidad fue satisfecha.
Cuando mi Amo dijo:
– A ver ayax abre la bocaza- y me alimentó directamente de su boca con un trozo de sándwich a medio masticar, no puede reprimirme y olvidándome de que no estábamos solos acerqué mi cabeza y la apoyé en el regazo de mi Señor.
Noté que su verga no estaba dormida y la mía se puso morcillona.
Reaccioné apartándome al sentir la mano de Jair sacudiéndome la cabeza y riéndose.

Estaba rendido y me quedé dormido descansando mi cabeza sobre los pies de mi Señor, y aspirando el humo del cigarro que encendió después de comer.
Desperté cuando escuché voces y me encontré solo dentro de la choza. Las redes tejidas que habían ocupado mi Amo y Jair estaban vacías.
Obediente a su mandato me asomé a cuatro patas.
Dos saveiros estaban encallados, mi Amo, Jair y otros cuatro hombres estaban retirando las redes, y una buggy esperaba a pocos metros en la playa.
Instintivamente me escondí y espié toda la operación de descarga de la pesca, la posterior selección y carga en la heladera de la buggy que partió apenas finalizada esa tarea.
Los otros cuatro pescadores eran similares a Jair y sinceramente no recuerdo muy bien sus nombres.

En realidad miento al decir esto porque uno de ellos me llamó mucho la atención, no era mestizo, era un negro espléndido y se llamaba Nelson.
(Posteriormente, y ya de vuelta en Jeri, mientras se lo confesaba a mi Señor, le pedí perdón por haberme fijado tanto en Nelson. Eso me costó diez terribles azotes de sus havaianas en el culo.)
Nelson era también muy delgado, pero tenía unas piernas y un culo fabulosos que apenas contenía un pantaloncito claro que hacía contraste con su piel.
De manos y pies grandes pero delgados y se puede decir elegantes.
Volviendo a los contrastes de colores, manos y pies se veían hermosos, morenos de un lado y rosados del otro.

Cuando la buggy se retiró mi Amo me llamó a los gritos y salí de mi escondite caminando hacia él con la mirada baja y el corazón en la boca. ¡Me sentía tan ridículo!
Me negué a escuchar los comentarios de los hombres, algo en mi cerebro me bloqueó el entendimiento y dejé que mi Señor me agasaje con sus caricias un poco violentas como corresponde que las reciba un perro grande.

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Yo era allí el único desnudo que además mostraba el culo en cuatro, sin pudor.
¡Sin pudor! Eso pensarían los demás. ¡Deseaba tanto que mi Amo me sacase de allí!
Mi Señor tenía las piernas y la sunga mojadas del mar, y las refregaba por mi cara.
Entonces se quitó su traje de baño quedando desnudo, me puso la sunga en la boca y me dijo:
-Vamos Ayáx, se un buen perro y tráeme un short seco para ponerme.
Por suerte la choza estaba vacía y sin que nadie me viera empleé las manos para abrir su mochila y retirar un short seco.
(Eso me valió tres azotes más cuando llegamos a casa.)

Los hombres encendieron una fogata para asar los peces que habían quedado y se sentaron a fumar y a beber cachaça.
Me pareció prudente no participar y me alejé bastante, no quería enterarme que decían.
El más animado, el que más hablaba era mi Señor.
Es verdad que esos hombres son por el tipo de vida que llevan en general lacónicos. Me pareció que ellos hacían algunas preguntas y mi Amo les contestaba con lujo de detalles. Como cuando a la vuelta de un viaje el viajero cuenta sus experiencias.
Me acerqué cuando mi Amo me llamó. Habían comenzado a comer y se repitió la escena del mediodía.
No sé si por el dinero extra que le generábamos, o por la cachaça ingerida todos estaban de buen humor y participaban del juego.
Me llamaban y me daban trozos de pescado de sus manos y se limpiaban los dedos en mi cabeza.
Comencé a sentirme más cómodo y me atrevía de cuando en cuando a levantar la vista y mirarlos a la cara.
Comenzó a refrescar y me entraron muchas ganas de orinar.
Desde la mañana cuando estaba dentro del mar que no lo había hecho y me empecé a sentir incómodo y a revolverme.
Mi Señor debió darse cuenta porque levantándose me tomó del collar y dijo:
– Tengo que sacar al cachorro a mear.
Se escuchó un coro de carcajadas.
Nos apartamos unos dos metros, todavía iluminados por la hoguera y mi Amo me ordenó:
-¡Vamos ayax, para cuando! ¡Levanta ya la pata y mea de una vez!
Como me daba vergüenza mirarlos lo hice de espaldas, y tarde me dí cuenta que desde esa posición estaba ofreciendo mi culo abierto, con una pata levantada y la verga un poco dura de la que salía un potente chorro de orín.

Fui consciente de eso cuando por unos momentos todos enmudecieron. Cuando terminé uno de ellos aplaudió y volvieron las risas.

Ya dentro de la choza echaron a suerte y a Nelson le tocó dejar su red para que duerma mi Amo.
Ese macho estupendo iba a pasar la noche en el suelo como yo.
Mi Amo ató con una cuerda muy corta su muñeca con mi collar, y se echó a dormir. Su red se balanceaba y me rozaba la espalda.
Yo no me podía dormir, estaba muy inquieto. Empecé a sumar miedos, si estos hombres querían robarnos, o lastimarnos o hasta violarme. Eran evidentemente héteros. ¿Pero que les comentó mi Señor de nuestra relación?
Podíamos defendernos, éramos dos tipos grandes contra cinco.
No saldríamos muy bien parados, además ellos tenían unas cuchillas muy afiladas para limpiar la pesca que seguramente manejarían muy bien en caso de pelea.

De pronto, sin decir nada en medio de los ronquidos de nuestros compañeros de choza, mi Amo tirando de la correa dirigió mi cabeza hasta su pija que estaba fuera de su pantalón bien dura.
No precisé ninguna orden ni sugerencia, la metí en mi boca y la cerré para no hacer ruidos.
Todo el trabajo lo hizo mi lengua, fue un trabajo lento y agotador que me llevó muchos minutos.
Mi Amo acabó en mi boca también en absoluto silencio.
No solté la verga hasta no haber tragado todo.

Como es costumbre en estas latitudes, el Sol sale y se pone rápidamente.
Después de estar toda la noche en vela, molesto, sintiéndome sucio de sal y de arena, mi Amo tiró otra vez de la cuerda para desatarla.
Todos se despertaron al mismo tiempo.
Prepararon café calentado el agua con una garrafa de gas.
Por turnos salieron a las dunas para hacer sus necesidades.
Enseguida partieron al mar.

Nelson se quedó de guardia ese día. Nos observaba mientras nos bañábamos en el mar con mi Señor.
Cuando salimos del agua lo llamó aparte para hablar.
Esta vez presté atención, no quería quedarme afuera de lo que hablaran.
Nos había visto la noche anterior y quería que le dejara a su perro para que se la chupe, o para cogerlo.
En un primer momento mi Amo se mostró enojado, luego siguieron hablando y le causó gracia, se reía pero negaba.
Por fin ganó su morbo y le propuso que solo le permitiría observar y pajearse mientras nosotros lo hacíamos.

En la playa desierta, los tres en pelotas, yo siempre en cuatro y sin hablar.
Tragué la adorada vara de mi Amo por la garganta y por el culo en forma alternada.
Terriblemente excitado y sin poder tocarme.
Mientras Nelson se masturbaba con furia y gritaba ¡Viado!

El negro acabó antes que mi Amo pero siguió haciéndose una tremenda paja.
Recibí la lechada de mi Señor en el culo.
El Amo me ordenó echarme boca arriba. Introdujo su verga caliente y sucia en mi boca para que se la limpie. Con una mano me pellizcó un pezón y con la otra tomó con fuerza mi pene para sacudirlo.
Llamó a Nelson para que se pajee frente a nosotros.
Cuando estallé succionando su adorada verga como un desesperado, también lo hizo el negro sobre mi pecho y mi Señor mezcló las dos leches con su mano.

Comimos unos bocados y sin esperar la vuelta del resto de los pescadores partimos de regreso.
Nelson le insistió mucho a mi Amo para que nos quedáramos, pero esta vez ganó la prudencia y no el morbo y partimos haciéndole la falsa promesa que ya volveríamos.

En el camino retornando a Jericoacoara me dijo.
– No tengas miedo, no vamos a volver.
– Esa fiera ya probó la carne humana y es ahora peligrosa.

A continuación me regaló una sonrisa y un coscorrón en la cabeza.

Caricias

El látigo empuñado por la mano de mi Señor, me acaricia.
Es una caricia de fuego que marca y quema la piel; con un calor intenso penetra la masa de los músculos, choca contra los huesos y estalla los nervios.
No es un castigo, para mí es una caricia.
Me catalogan como masoquista, es un rótulo que no me molesta porque ignoro los rótulos.

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Cuando el Amo desea castigarme utiliza otros medios que sabe más eficaces, cosas que realmente me duelen, como cuando me priva de su contacto, cuando me ignora; eso es sufrimiento, eso es agonía.
Porque me separa del corazón.
Corazón que como un sacerdote maya me arrancó y conserva en sus manos.
Un corazón que me devuelve cuando me posee y nos fundimos en un solo cuerpo, o con el que me acaricia con el látigo.
Prefiero que no me ate, que no me amordace; prefiero no escapar de esas caricias, al contrario ir en su busca, dejarme enlazar, responder al chasquido con un gemido, soltar lágrimas silenciosas. Esperar temblando a la siguiente para que su dolor me devuelva firmeza.

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Y para mí no es necesaria ninguna otra descarga, más que saber que Él sí ha estallado. Virilmente.
Macho Superior, Vampiro, ha chupado mi energía que mezclada con la suya compone la sustancia de su orgasmo.

La recompensa de la víctima

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La tortura de las plantas es la que más temo.
El dolor se irradia por todo el cuerpo y no hay terminación nerviosa que no se conmueva. Seguramente por eso el Amo la eligió para demostrar al novato stephan, a que se expone el que se entrega a sus caprichos y vicios.

La tradición del bastinado ordena utilizar una caña fina y larga de bambú, para dar golpes no muy fuertes en la planta de los pies por largo tiempo.
En la bodega del sótano mi Señor me sujetó el cuello al suelo, con un gancho fijo que puede abrocharse en una argolla de mi collar de cuero; me ató los tobillos a las sogas que cuelgan del techo y elevó mis piernas en el aire, pero no mucho, las dejó a la altura ideal para ejecutar la tortura.
Así quedó mi espalda apoyada contra el piso y las muñecas atadas por encima de la cabeza.
El cachorro y yo estábamos desnudos, en mi caso solo llevaba el collar al cuello.
Mi Señor vestía un pantalón jean ajustado y el torso y los pies desnudos.

En esta ocasión la sesión, que me pareció eterna, duró cerca de noventa minutos, incluidas las pausas.
Mi Señor administró los golpes con sabiduría, volviéndome loco primero por el ardor, luego por el dolor y por el terror de los zurrigazos que anticipaba y no concretaba cuando amagaba a dármelos y solo hacía silbar la caña en el aire.
La primera tanda fue la más larga y suave.
Dejó la vara al costado y le ordenó al cachorro que me lamiera los pies.
Mientras eso ocurría Él se me acercó, me puso sobre la boca el suyo para que lo adorara y le chupara los dedos.

En ocasión de otras pausas le ordenó a stephan que me mamara la verga para excitarme, y cuando lo conseguía arrancaba con otra tanda de golpes.
Quería demostrar como a pesar del sufrimiento mi cuerpo buscaba el placer.
A medida que transcurría el tiempo el calor subía en la bodega y nos bañaba en sudor.
También me ardía la espalda que chapoteaba y se raspaba contra el rugoso piso de cemento.

Entre el cachorro y el Amo no hubo contacto durante la sesión, pero la carga de deseo y calentura era muy evidente, y seguramente les bullían los testículos queriendo descargar.
La última dosis de golpes fue más fuerte, el dolor me obligó a sollozar en voz alta hasta que se me quebró la garganta y no emití más sonidos.
Me estremecían descargas, y con una de ellas no pude contenerme y me oriné.
El Amo continuó un poco más, rematando con unos golpes que pensé me desollarían los pies y me dejó allí tirado mientras se llevaba arrastrando a stephan a la casa.

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Regresó más tarde, no puedo precisar el tiempo, mojado todavía por el baño, envuelto en una salida de toalla blanca, con un paño agua tibia y desinfectante.
Sin desatarme me higienizó los pies y luego les aplicó una pomada muy fresca que creo que es para quemaduras.
Recién allí me desató, me limpió la cara y el cuerpo, me dió de beber y me llevo alzado hasta depositarme en una hamaca con los pies colgando; se despidió con un tierno beso en la frente y un hasta mañana.

El odio me sacudió el alma, imaginaba como la leche de mi Señor se había introducido en el cuerpo del cachorro unos momentos antes, cuando presas de la excitación me dejaron solo y tirado para exorcizar los demonios que les provocó el dolor de mi cuerpo.
Y con la posibilidad, para mi cierta, de que amanecerían desnudos y abrazados en la cama del Amo.
Ese resentimiento me sacudió por un instante, como un flash, e inmediatamente sin explicación lógica me abandó en un cómodo vacío de paz.

Me sentí feliz de haber sido la víctima y ellos mis victimarios.
Estaba orgulloso.
La víctima del sacrificio también tiene su recompensa, y si bien no me permitieron tener orgasmos violentos, no niego el éxtasis de los momentos de intenso dolor, cuando el Amo ardía de pasión sádica actuando sobre mi cuerpo y voluntad; y el recuerdo vívido durante los días siguientes cada vez que algo me rozaba los pies.

Sucedió en Manila en Abril 2010

Atento al silbido

La vida de un esclavo que incluye vivir encerrado en una celda, relacionarse solo con el Amo, realizar las tareas más duras y sucias, alimentarse con sus desechos y soportar castigos y mutilaciones, esa esclavitud totalizadora, esa relación entre un sujeto y un objeto es una fantasía popular.

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Con mayor o menor seriedad e intensidad somos muchos los que la jugamos.
Ponerla en práctica en forma permanente y excluyente puede ser para algunos posible, pero tengo dudas que se sostenga con el consenso de las partes.
Lo más cercano a la realidad es sentirnos esclavos y adoradores del Amo, por atracción física, porque nos inspiran respeto sus acciones, porque cuando es autoritario sabemos que tiene razones para serlo, porque sus juicios nos inspiran confianza, porque siempre nos ha exigido cosas posibles por más que sean muy difíciles.
Y sobre todo porque notamos su gozo cuando nos usa.
Eso le da sentido a la necesidad, a las ganas de ser de su propiedad, eso nos da valor en todos los sentidos.
En el sentido de coraje para soportar y audacia para probar, y en el sentido de ser un objeto/sujeto valioso para quién es nuestro Dueño.
Le importamos, le damos placer, valemos para Él.
Convivir con el Amo es un enorme privilegio, porque sabemos que estamos al alcance de su mano para lo que necesite, cuando lo necesite.
Entonces no es necesario vivir encerrado en una celda, etc, etc, para sentirse y reconocerse esclavo, para asumir que somos el perro del Señor de la casa.
Los castigos y las recompensas se alternan, el cuidado y control es permanente, y nos asegura que mantenemos el valor; es lógico invertir en el mantenimiento de las propiedades que nos dan satisfacciones, y abandonar las que yo no nos interesan.
Las rutinas de gimnasia que se nos imponen, la alimentación cuidada, la atención médica y estética es una prueba de que el Amo nos aprecia.
Hablando de mi Amo agrego que se preocupa por mi formación intelectual, por ampliar mis conocimientos y mi sensibilidad.
Con humor pide a veces que sea su geisha masculino, y que lo entretenga con sexo y cultura.
Me ha sacado del mar y sabiendo que ese contacto me tonifica se ha preocupado porque tenga mis dosis cada tanto.
Cada día que pasa me conoce más y me interpreta mejor.
Lo palpo durante las sesiones en las que me somete y que son la base de la relación, el momento en que nos fundimos en uno, entregando y recibiendo, buscando superar el dolor y el placer ya alcanzado, como los atletas que buscan romper sus récords.
Y también lo siento cuando me suelta la correa, como hacen en los parques con sus perros los dueños que les dejan correr libres por un rato.

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Mi Señor me permite que libere instintos agresivos con ejercicios más o menos violentos, luchando contra otros…o escapar veloz por el camino montado en una motocicleta, para también soltarme por un rato y sentir la extraña sensación de que soy libre corriendo, pero que al mismo tiempo estoy atento para escuchar el silbido del Amo, anunciando que debo regresar a su lado cuando se termina el recreo.

Red

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La red que me atrapa es invisible.
Ni siquiera yo, que estoy atrapado logro verla.

Pero tengo pruebas de que existe, de que es real.
El asombro al sentirme enredado me fascinó y anuló mis defensas.
Los peces creemos que nadaremos libres por siempre.
Cuando mi cabeza reaccionó espantada, ordenó resistirse.
En esos primeros tiempos me encabritaba intentando sacudirme de ella y escapar.
Hasta que en un instante mágico, con un rayo de placer y dolor, la red me comprimió hasta el punto en que se convirtió en mi segunda piel.
Se ha ido hundiendo tanto en mí que forma ahora parte de la dermis más profunda, y así se disimula para que nadie la vea.

A veces sale a la superficie para dejar la marca roja de un vergajo, la huella de unas garras, la quemadura superficial de la cera derretida.
Pero prefiere oprimir por dentro, apretar venas y arterias hasta conseguir un latido agónico, estrujarme las tripas y el ano, ordeñarme los testículos y ceñirme los sesos con órdenes tan temerarias que me dará placer cumplir.

Y así ando por el mundo; aparentando ser pez, siendo en verdad pescado.