En tiempos de guerra

En tiempos de guerra el miedo es espeso.
Es una sopa fría que todo lo envuelve.
No estás a salvo en tu refugio porque lo invade; a medida que se cuela por las rendijas se acumula en capas que te van helando desde la planta hasta la cabeza.
En permanente vigilia lates tan escandalosamente que alertas al peligro y te delatas.
Esperas que llegue el momento en que el frío denso se agudice al punto de herirte con astillas de hielo.

De pronto hueles otro cuerpo cerca.
Está cubierto con la misma cáscara helada, nadando en la misma ciénaga. pero conservando todavía el pequeño corazón caliente.
Lo buscas, o él te busca, o tal vez ambos se atraen por una extraña fuerza.
Lo cierto es que solo es posible el acople, la aniquilación, o ambas cosas a un tiempo.

ovejaguerra

En tiempos de guerra el hambre te carcome las tripas y te ciega la razón.
Te lanzas sobre la presa aullando, y te conviertes en la presa del otro.
Los cuerpos se mutilan a mordiscos.
En tiempos de guerra se violan más cuerpos que nunca.
La violación se desea, se busca, es una forma de batallar, de vengarse y de destruir; también es la forma de invadir la entraña cálida de los cuerpos ateridos por el miedo.
Es la manera posible de introducirse en otro a donde depositar nuestra tibieza; o la de ser el receptor de la vida caliente que se escapa con cada orgasmo.

También hay cuerpos que se entrelazan y frotan quitándose el frío, tratando de olvidar el dónde y el cuando viven.
Esos cuerpos se inflaman y babean buscando fundirse, buscando la forma huir, de no pensar que el hielo puede interrumpir el romance y destruirlo definitivamente.

En tiempos de guerra el sexo es trascendencia.
Trasciende la marca que has sembrado en otros cuerpos, o trasciendes tú, guerrero que esperas otro combate.