Amazona

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En los campos de batalla, junto a las murallas de Troya, con un acto fatal cargado de violencia y erotismo, el bravo Aquiles hundió su espada en el pecho de la amazona Pentesilea dándole muerte.

Miles de años después, en un rincón del mundo que apellidaron Amazonas, una mujer que no reconoce jefes, una descendiente de esas míticas guerreras, gobierna sus tierras despóticamente; y se toma venganza del crimen que cometió Aquiles, con todos los hombres que caen bajo su dominio.

Sabedora de la debilidad de mi talón, me atacó con sus armas que seducen a fuerza de tormento y placer.
Y la última noche, la virgen vengadora, consumó la faena atravesándome con su espada.
La rebelde que nunca fue poseída, la que no doblegaron los maltratos, goza penetrando con dolor.
Disfruta imponiéndose, invirtiendo los roles; ella es el macho que pretende violentarla, y que colmo de todos los colmos, a pesar del dolor y la humillación le causará un orgasmo capaz de ahogarla de placer.

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Casto e inmóvil a la fuerza, sentí su presencia casi desnuda.
Con sus látigos como cetros; sus pechos y nalgas rotundos.
Una hembra madura portando un falo negro lustroso y enorme. Dispuesta a torturar y a seducir.
Le brillaban los ojos a medida que me lastimaba.
Comprobé su excitación cuando retiró el falo que le ocultaba el coño para sentarseme en la cara y darme a beber sus jugos.

Después la amazona me tomó de montura, para cabalgar sin importarle los sudores ni los resoplidos de su caballo.
Su catarsis y la mía se produjo cuando vio mis lágrimas, sintió mis convulsiones y comprobó que a pesar de los límites de la jaula, mi verga amoratada derramaba la leche proscrita desde mi llegada a su feudo.

Al otro día no hubo despedidas; se habían satisfecho los caprichos.
Por su bien y por el mío decidimos no volver a vernos.
Bastante ocupada seguirá la vida de la Baronesa, atendiendo su hacienda, sus negocios y sus esclavos.