Locura

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El calor y la humedad eran agobiantes. Por lo menos para los que no estamos acostumbrados al clima de la selva.
Los nativos, aunque como yo llevaban su poca ropa pegada al cuerpo sudoroso, se movían aparentemente livianos.
Cuando se desataba la tormenta diaria de la tarde, quedarse bajo la lluvia parecía una bendición, hasta que la violencia del agua dolía como un látigo.
Y el látigo no me era extraño en esos días.
En la hacienda pasaban las noches y los castigos servían solo para hacer crecer mi deseo.
Latigazos, sogas, cera, nudos, candados y cadenas, y más latigazos, muchos, muchísimos latigazos.
Cada vez con más rapidez remontaba la curva del orgasmo.
Pero la Señora lo abortaba oportunamente, aplicando dolor extremo en un punto estratégico del perineo, según las enseñanzas que recibió de un acupunturista de Oriente.

Colgado me castigaba la planta de los pies mientras Uriel me sujetaba.
Cuando lloraba de dolor me besaba, me decía que la sangre regaba el piso, y que tendría de volver descalzo atravesando el sendero de ripio.
Mentía, pero conseguía desarmarme y temerle.

Pasaban los días y la verga dolorosamente cautiva luchaba por expandirse en su prisión.

Enloquecía de deseos; de poseer o ser poseído, más allá de los besos, las caricias y los ungüentos.
Las endemoniadas comidas de culo cerraban la noche; la Baronesa trataba mi esfínter como Safo delicadamente torturaba las vulvas irritadas de sus amantes.
Sus labios, sus dientes, su lengua se cargaban de calor hasta arder y quemarme.

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Me dilataba al punto de penetrarme con la lengua, y de pronto feroz me mordía.
Me mojaba con sus babas y me sorbía.
Con su arte me hacía temblar y ponerme rígido. Me aumentaba la temperatura.

Me susurraba amenazas mientras me mordía las orejas y las tetillas;  que tenía planes de sumergirme atado en un riacho infectado de pirañas.
O que soltaría sobre la mesa a un batallón de hormigas bala, para poder observar como se hacían un banquete con mi cuerpo desnudo.

La creía capaz de todo.
Y tal vez lo fuera.

Autor: Oveja negra

Peca y no te arrepientas. Todo es efímero.

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