El arcángel de la Baronesa

gabrieloveja

Con una bofetada de tufo me recibió la noche de Belem.
El avión aterrizó pasada la una de la madrugada, y los charcos de la pista del aeropuerto reflejaban los relámpagos de la tormenta, que se alejaba hacia el corazón de la Amazonia.
Ya en la calle una brisa cálida distribuía el inconfundible aroma de Pará; mistura de patchouli, açaí, barro de río, de hojas e insectos aplastados por el tránsito.
Antes, en el hall del Val de Cans, un joven me esperaba llevando un cartelito con mi nombre; se llamaba Gabriel y era el arcángel de la Baronesa, encargado de conducirme hasta su reino que tal vez fuera el de los cielos, o el de los infiernos.

Gabriel era un moreno claro que aparentaba veinte y pocos años, delgado y no muy alto, siempre sonriente, el cabello lacio corto, a la moda de la mayoría de los futbolistas.
Podía pasar por uno de ellos porque su bermuda claro exhibía unas piernas muy armoniosas.
Cuando tomó mi pequeña valija para guardarla en el baúl del taxi, marcó un culo perfecto enfundado en algodón, e instantáneamente le perdoné el perfume demasiado dulce con el que parecía haberse bañado.
Después de acomodarme en el asiento posterior, él se sentó junto al chófer.
Su plan era que pasáramos la noche en un hotel que nombró, y a media mañana viajáramos en una avioneta al territorio de su Señora.

El hotel resultó ser el solar de un convento histórico ubicado en el barrio viejo. Su interior era agradable,  decorado con cierto lujo y detalles regionales.
Tenía reservada una suite muy amplia, toda para mí, ya que Gabriel se alojaría en otra habitación.
Pensé que la Baronesa quería marcar las diferencias con el chico que me trataba de “señor”.
Aproveché para relajarme en el hidromasaje, y me calentó imaginarme que podría haberlo compartido con Gabriel; tenía muchas ganas de morderle las ancas.
El baño y una botellita del frigobar me ayudaron a calmar la ansiedad y me quedé dormido y despatarrado.

Ese ¿dónde estoy? que me sucede cuando despierto de golpe en un lugar que no es el mio, se sumó al ¿y este quién es? cuando Gabriel me tocó el hombro para despertarme.
El chico tenía la confianza de los sirvientes que participan de la intimidad de sus patrones, pero mantienen una distancia estricta y diferenciadora.
Ignoró que yo estaba en pelotas, me preguntó si prefería desayunar en el comedor del hotel o en la habitación y que ropa pensaba ponerme para dejármela a mano.
Nuestra partida se demoraría hasta después del mediodía; porque el avión también transportaba bultos de mercadería para la hacienda y no todos estaban disponibles.
Mientras tanto pensó en mostrarme, si me interesaba,  algunos lugares típicos de la ciudad.

Cuando salí de ducharme Gabriel permanecía en la habitación, de pie, junto a la mesa cubierta con un desayuno variado y abundante, pero con la vajilla de un solo servicio.
Le pedí que me acompañe y me aclaró que ya había desayunado; solo aceptó sentarse y contestarme algunas preguntas.
La hacienda estaba ubicada en una localidad distante 600 kilómetros por carretera y 380 por vuelo directo.
Desde que despegáramos de Belem nos demoraríamos poco más de una hora en aterrizar en la pista particular de la Baronesa.

ovejabelem

En su oferta de guía turístico me dio a elegir entre visitar el Belem moderno y sus shoppings, o el famoso mercado de Ver-o-peso, y no lo pensé dos veces.
Buscando siempre la sombra, ya que la temperatura era alta a las siete de la mañana, caminamos cerca de quince minutos entre edificios viejos y descuidados, orientados por la brújula del olfato.
El Ver-o-peso y su dársena de pescadores huele tan fuerte que consigue imponerse a los aromas de Belem, tarea que no es fácil.
Su nombre se refiere a la balanza que mide el peso justo; en broma y en serio los nativos dicen que es un aviso para que estés atento a tu dinero ya que entre la multitud abundan los descuidistas.
Y es que los sentidos se anestesian frente a la oferta no muy ordenada de murucí, acerola, bacurí, cupuaçú, sapotilha, cajú, carambola, graviola, goiaba, mangaba, tamarindo, taperebá, maracujá; barracas atestadas de ananá, coco, castañas de Pará y bananas de varios colores, pulpas y xeropes, fuentones de vino de açaí color chocolate; carnes y pescados, cangrejos rescatados del barro de las orillas, santos, budas, deidades del Amazonas y del candomblé, hierbas medicinales, patos adobados con tucupí, remeras y bombachas, collares y pulseras, trampas para animales, libros de rezos y sartenes y ollas a todo vapor sobre braseros, cocineras ofreciendo sus manjares rústicos y picantes.

Empapados de sudor caímos en la tentación de comer unas sabrosas piranhas, acompañadas por abundante cerveza helada.
Esas mismas piranhas que los vendedores destripan y descaman ante tus ojos, mientras morbosos alaban sus poderes afrodisíacos y muestran los afiladísimos dientes.
Cuando tuvimos ganas de mear, hicimos la de todos los hombres, nos acercamos al río donde los urubúes, que son hienas de plumaje negro, son buitres que limpian la miseria en que se han convertido los manjares podridos.

No se si la culpa fue de las piranhas, o de la codicia que me despertaba el culo del arcángel, pero me costaba disimular la erección y lo dificultoso que me resultaba liberar la orina.
Me pareció que Gabriel se dio cuenta y sonrió, mientras se sacudía con cierto descaro la verga.
Me vengué más tarde, cuando simulando un tropiezo me prendí de sus nalgas por más segundos de lo que era necesario.

Regresábamos callados al hotel para buscar el equipaje, y pensaba que quizás el Ver-o-peso con sus urubúes y piranhas, sus dulces frutas y comidas picantes, sus ladronzuelos y sus santones, eran la obertura que resumía y anticipaba el resultado de esta aventura en el interior de Pará.

Autor: Oveja negra

Peca y no te arrepientas. Todo es efímero.

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