Lágrimas de esperma

“As velas choram lágrimas de esperma”.
Baronesa do cacau

ovejanegra (2)

Cuando cesó la música gótica terminó la espera.
El silencio permitía escuchar la respiración de una presencia junto a mí.
No podía olerla, porque todo olía como el sahumerio; pero estaba seguro de que se trataba de la Baronesa.

Con un paño me secó el sudor de la cara, sus manos suaves me acariciaron, tomaron mi sexo preso y lo liberaron de su jaula.
Mi cuerpo buscaba las caricias, dentro de los límites de su inmovilidad.
Me enervaron unos dedos lubricados rosádome los testículos y la verga.
Inevitablemente me excité.

ovejanegra (3)

Quise estallar en un orgasmo y liberar la tensión acumulada.
Pero el esperma que comenzó a derramarse no fue el mío.
Llovió esperma ardiente, como el de los demonios cuando sodomizan a las brujas y los condenados.
Lentamente, de a poco me fue empapando con su lava.

ovejanegra (1)

-Las velas lloran lágrimas de esperma.- dijo la Baronesa.
Y eso es lo único que le escuché decir en toda la noche.
No respondió a ninguno de mis ruegos mientras se detenía castigándome los puntos más sensibles del cuerpo.
Tampoco lo hizo cuando a fuerza de latigazos retiró las costras secas.
Se tomaba tiempo manteniéndome a la espera de cada uno de sus pasos.
Estuve a punto de eyacular varias veces, pero me frenaba apretándome los testículos.
La Señora sabía, por mi confesión la noche anterior, donde tengo mi tendón de Aquiles.
Y para demostrarme que no tendría consideración había decidido comenzar atacándolo.

No pude verla.
Cuando Uriel me retiró el antifaz, estábamos los dos solos.
Antes de salir del pabellón, mi arcángel en la hacienda, me volvió a colocar el cinturón, me bañó y frotó mi cuerpo con un mejunje refrescante.
Me cubrió los hombros con un toallón y me condujo a mi habitación.
Alguien había dejado en ella una bandeja con sándwichs y un jarra grande de jugo de abacaxi frío.

Esa noche no tendría una cena social.

Desasosiego

Separadas del cuerpo principal de la hacienda de la Baronesa, tres construcciones notoriamente más rústicas, se alinean a sus espaldas. No son iguales entre ellas, y también están bastante separadas entre sí.
La más alejada, que tiene mayor tamaño, es la que se utiliza para alojar trabajadores rurales generalmente temporarios.
Le sigue una mediana que ocupan los establos, según me explicó Uriel.
Recién la segunda noche de mi estadía en dominios de la Baronesa, me enteré para que se utiliza la más pequeña y cercana.

Cuando Uriel abrió la puerta nos entramos a una habitación pequeña despoblada de muebles, con excepción de un banco sin respaldo y dos percheros de madera colgando de la pared.
Mientras me ayudaba a desnudarme observé que tenía dos puertas más que comunicaban con el interior.
Una de ellas por la que pasamos daba a un ambiente amplio iluminado por velas, con varias estanterías colmadas con un instrumental en condiciones de competir con la sección sadomaso del mejor sexshop.

Mi guía no me dio tiempo para curiosear el dungeon de la Baronesa, me sorprendió ajustándome un antifaz ciego, y tomándome de la mano me llevó hasta un espacio que al pisar noté era una superficie plástica.
Allí me dejó después de asegurame los tobillos y las muñecas a unas cadenas que me obligaba a tener los brazos en alto y las piernas separadas.
Después de varios minutos de un silencio absoluto, escuché el sonido de una cerilla al encenderse, y enseguida el perfume embriagante del patchouli invadió el ambiente.
Traicionado por la ansiedad, esperando a oscuras, no podía dominar el temblor que crecía y se elevaba en mi cuerpo desde la planta de los pies.

Una música suave era casi imperceptible, pero a medida que transcurría el tiempo aumentaba su intensidad.
La identifiqué con el lúgubre Sopor Aeternus.
Mientras tanto esperaba, sin saber qué, esperaba.
Tomé conciencia de lo sofocado e indefenso que estaba en ese lugar.
Abandoné la lógica del razonamiento para sospechar que estaba en manos de una maniática y que tal vez jamás podría contar esta experiencia.

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El casto y la virgen

La castidad es una tortura dulce.
Permanece punzando, ardiendo; recordándote cuanto tienes de caliente y de sumiso.

OJOPARAOVEJA

Partiendo desde mi primer noche en la hacienda de la Baronesa, los siguientes tres días se mantuvieron a raya mis erecciones.

No voy a entrar en detalles que puedan identificarla, a ella y a su propiedad; solo me voy a referir a los acontecimientos privados en los que participé durante mi estadía en ese rincón del inmenso Estado de Pará.

Recién en la cena del día de mi llegada se produjo el primer encuentro. Para entonces ya conocía las instalaciones y sus alrededores.
Mi guía, y también mi sirviente particular, era amable pero lacónico y si bien contestaba todas mis preguntas no agregaba detalles en las respuestas.
Voy a llamarlo Uriel, para seguir jugando con los arcángeles al servicio la Baronesa; y era bastante parecido a Gabriel, aunque aparentaba ser más joven.

Cuando salí de ducharme antes de acudir a la cita de la cena, Uriel me esperaba con una muda de ropa limpia y un cinturón de castidad metálico.
-Debe ponérselo- me dijo -Si está dispuesto a cumplir las órdenes de la Patrona.

La gran revelación de la noche, en mi cena a solas con la Baronesa, resultó ser que, al igual que Elizabeth I, en sus dominios era todopoderosa… y virgen.
La Reina Virgen del Cacao pretendía continuar así hasta el final de sus días, y como todavía no me tenía la suficiente confianza, agradecía que aceptara mi castidad forzada.

Después de los quindims y el café con que cerramos la cena, pasamos a un gran salón para continuar nuestras confesiones mutuas hasta la madrugada.

El arcángel de la Baronesa

gabrieloveja

Con una bofetada de tufo me recibió la noche de Belem.
El avión aterrizó pasada la una de la madrugada, y los charcos de la pista del aeropuerto reflejaban los relámpagos de la tormenta, que se alejaba hacia el corazón de la Amazonia.
Ya en la calle una brisa cálida distribuía el inconfundible aroma de Pará; mistura de patchouli, açaí, barro de río, de hojas e insectos aplastados por el tránsito.
Antes, en el hall del Val de Cans, un joven me esperaba llevando un cartelito con mi nombre; se llamaba Gabriel y era el arcángel de la Baronesa, encargado de conducirme hasta su reino que tal vez fuera el de los cielos, o el de los infiernos.

Gabriel era un moreno claro que aparentaba veinte y pocos años, delgado y no muy alto, siempre sonriente, el cabello lacio corto, a la moda de la mayoría de los futbolistas.
Podía pasar por uno de ellos porque su bermuda claro exhibía unas piernas muy armoniosas.
Cuando tomó mi pequeña valija para guardarla en el baúl del taxi, marcó un culo perfecto enfundado en algodón, e instantáneamente le perdoné el perfume demasiado dulce con el que parecía haberse bañado.
Después de acomodarme en el asiento posterior, él se sentó junto al chófer.
Su plan era que pasáramos la noche en un hotel que nombró, y a media mañana viajáramos en una avioneta al territorio de su Señora.

El hotel resultó ser el solar de un convento histórico ubicado en el barrio viejo. Su interior era agradable,  decorado con cierto lujo y detalles regionales.
Tenía reservada una suite muy amplia, toda para mí, ya que Gabriel se alojaría en otra habitación.
Pensé que la Baronesa quería marcar las diferencias con el chico que me trataba de “señor”.
Aproveché para relajarme en el hidromasaje, y me calentó imaginarme que podría haberlo compartido con Gabriel; tenía muchas ganas de morderle las ancas.
El baño y una botellita del frigobar me ayudaron a calmar la ansiedad y me quedé dormido y despatarrado.

Ese ¿dónde estoy? que me sucede cuando despierto de golpe en un lugar que no es el mio, se sumó al ¿y este quién es? cuando Gabriel me tocó el hombro para despertarme.
El chico tenía la confianza de los sirvientes que participan de la intimidad de sus patrones, pero mantienen una distancia estricta y diferenciadora.
Ignoró que yo estaba en pelotas, me preguntó si prefería desayunar en el comedor del hotel o en la habitación y que ropa pensaba ponerme para dejármela a mano.
Nuestra partida se demoraría hasta después del mediodía; porque el avión también transportaba bultos de mercadería para la hacienda y no todos estaban disponibles.
Mientras tanto pensó en mostrarme, si me interesaba,  algunos lugares típicos de la ciudad.

Cuando salí de ducharme Gabriel permanecía en la habitación, de pie, junto a la mesa cubierta con un desayuno variado y abundante, pero con la vajilla de un solo servicio.
Le pedí que me acompañe y me aclaró que ya había desayunado; solo aceptó sentarse y contestarme algunas preguntas.
La hacienda estaba ubicada en una localidad distante 600 kilómetros por carretera y 380 por vuelo directo.
Desde que despegáramos de Belem nos demoraríamos poco más de una hora en aterrizar en la pista particular de la Baronesa.

ovejabelem

En su oferta de guía turístico me dio a elegir entre visitar el Belem moderno y sus shoppings, o el famoso mercado de Ver-o-peso, y no lo pensé dos veces.
Buscando siempre la sombra, ya que la temperatura era alta a las siete de la mañana, caminamos cerca de quince minutos entre edificios viejos y descuidados, orientados por la brújula del olfato.
El Ver-o-peso y su dársena de pescadores huele tan fuerte que consigue imponerse a los aromas de Belem, tarea que no es fácil.
Su nombre se refiere a la balanza que mide el peso justo; en broma y en serio los nativos dicen que es un aviso para que estés atento a tu dinero ya que entre la multitud abundan los descuidistas.
Y es que los sentidos se anestesian frente a la oferta no muy ordenada de murucí, acerola, bacurí, cupuaçú, sapotilha, cajú, carambola, graviola, goiaba, mangaba, tamarindo, taperebá, maracujá; barracas atestadas de ananá, coco, castañas de Pará y bananas de varios colores, pulpas y xeropes, fuentones de vino de açaí color chocolate; carnes y pescados, cangrejos rescatados del barro de las orillas, santos, budas, deidades del Amazonas y del candomblé, hierbas medicinales, patos adobados con tucupí, remeras y bombachas, collares y pulseras, trampas para animales, libros de rezos y sartenes y ollas a todo vapor sobre braseros, cocineras ofreciendo sus manjares rústicos y picantes.

Empapados de sudor caímos en la tentación de comer unas sabrosas piranhas, acompañadas por abundante cerveza helada.
Esas mismas piranhas que los vendedores destripan y descaman ante tus ojos, mientras morbosos alaban sus poderes afrodisíacos y muestran los afiladísimos dientes.
Cuando tuvimos ganas de mear, hicimos la de todos los hombres, nos acercamos al río donde los urubúes, que son hienas de plumaje negro, son buitres que limpian la miseria en que se han convertido los manjares podridos.

No se si la culpa fue de las piranhas, o de la codicia que me despertaba el culo del arcángel, pero me costaba disimular la erección y lo dificultoso que me resultaba liberar la orina.
Me pareció que Gabriel se dio cuenta y sonrió, mientras se sacudía con cierto descaro la verga.
Me vengué más tarde, cuando simulando un tropiezo me prendí de sus nalgas por más segundos de lo que era necesario.

Regresábamos callados al hotel para buscar el equipaje, y pensaba que quizás el Ver-o-peso con sus urubúes y piranhas, sus dulces frutas y comidas picantes, sus ladronzuelos y sus santones, eran la obertura que resumía y anticipaba el resultado de esta aventura en el interior de Pará.

El Rey es el Juez

Alicia no había estado nunca en una corte de justicia, pero había leído cosas sobre ellas en los libros, y se sintió muy satisfecha al ver que sabía el nombre de casi todo lo que allí había.

—Aquel es el juez —se dijo a sí misma—, porque lleva esa gran peluca.
El Juez, por cierto, era el Rey; y como llevaba la corona encima de la peluca, no parecía sentirse muy cómodo, y desde luego no tenía buen aspecto.

—Y aquello es el estrado del jurado —pensó Alicia—, y esas doce criaturas (se vio obligada a decir criaturas, sabéis, porque algunos eran animales de pelo y otros eran pájaros) supongo que son los miembros del jurado.
Repitió esta última palabra dos o tres veces para sí, sintiéndose orgullosa de ella: Alicia pensaba, y con razón, que muy pocas niñas de su edad podían saber su significado.
Los doce jurados estaban escribiendo afanosamente en unas pizarras.

—¿Qué están haciendo? —le susurró Alicia al Grifo—. No pueden tener nada que anotar ahora, antes de que el juicio haya empezado.

-¡Que el Jurado considere su veredicto!- Ordenó el Rey por centésima vez aquel día.

-¡No! ¡No, no!- Protestó la Reina. -¡La sentencia primero… el veredicto después!

-¡Valiente idiotez!- exclamó Alicia alzando la voz. ¡Qué ocurrencia pedir la sentencia primero!

-¡Cállate la boca!- gritó la Reina, poniéndose color púrpura.
-¡No quiero!- dijo Alicia.

-¡Que le corten la cabeza!- Chilló la Reina a grito pelado.

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De “Alicia en el país de las maravillas” Lewis Carroll

(Cualquier semejanza con la realidad se ha buscado premeditadamente)

No me des tregua

oveja negra

No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel sea tú que vuelves.
¡No me dejes dormir, no me des paz!
Entonces ganaré mi reino, naceré lentamente.
No me pierdas como una música fácil, no seas caricia ni guante;
tállame como un sílex, desespérame.
Guarda tu amor humano, tu sonrisa, tu pelo.
Dalos.
Ven a mí con tu cólera seca de fósforos y escamas.
Grita.
Vomítame arena en la boca, rómpeme las fauces.
No me importa ignorarte en pleno día, saber que juegas cara al sol y al hombre.
Compártelo.
Yo te pido la cruel ceremonia del tajo, lo que nadie te pide: las espinas hasta el hueso.
Arráncame esta cara infame, oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre.

“Encargo”
Autor Julio Cortázar