Brasa viva

Duro cuerpo de esclavo, goza tanto con el dolor del sacrificio impuesto, como con los placeres básicos de la caricia.

negraoveja

Brasa que no se extingue ni añora su pasado de rama seca.
Eternamente agradecido al fuego maestro que lo hizo arder en una hoguera.

Espera la llegada de un soplo formidable que sacuda sus cenizas y avive las llamas.
Dispuesto como el Atrida a sacrificar la ofrenda necesaria para iniciar viaje al territorio de la lucha.

Malherido

ovejabegralorca

Cógeme la mano.
Cógeme la mano amor.
Cógeme la mano, que vengo muy malherido.
Herido.
Herido de amor.

Bisturí de cuatro filos, garganta rota, y olvido.
Malherido.
Muerto de amor.

(Perdón Federico, por apropiarme de tu genio reinterpretándote tal como te siento y me siento)

Con los puños apretados

ovejapuños

En guardia; se espera con los puños apretados.

Una corriente de aire frío cruza la habitación que es escenario de una ceremonia de dominio y entrega.

¿Será el látigo silbando su golpe el que romperá este silencio?
¿Será el bullir de la cera ardiente de un cirio manejado con mano experta y sádica derramándose sobre los hombros?
¿O será el gemido inevitable cuando la brasa de un cigarrillo se aplaste en los glúteos para dejar una marca eterna?

Desde la planta de los pies hasta la nuca la crispación no puede dominarse mientras llega el dolor ansiado.

Este tiempo de la espera es el momento más terrible.

Ofrenda

oveja

Vengo al mar en busca de sirenas y tritones.
Son seres caprichosos, sensuales y crueles.
Implacables con aquellos que les temen. A esos no dudan en aniquilarlos para fagocitar con asco sus miserables restos.
Estoy loco pensarán; porque yo los busco, los invoco.
No los desafío, se que ellos mandan; me ofrezco desnudo de ropa y de miedo a sus caricias que hieren.
Quiero que me envuelvan con sus largas cabelleras azules arrastrándome al fondo para soltarme un instante antes del ahogo, que repitanese juego tantas veces como quieran, hasta que se aburran.
Que me muerdan, que hurguen mi interior, y ellos que son criaturas de un mundo frío, se sorprendan de mi calidez.
Que me lastimen los pies con sus collares de coral, riéndose de la deformidad del hombre sin bellas aletas.

Quiero que el alboroto sea tal que Poseidón aparezca para poner orden entre sus vástagos y acabar con el desorden, mientras me concede el placer de atravesarme con su tridente.