Mojitos

La Habana. Noviembre de 2015

La madrugada es pegajosa, el ron disfrazado con limón y menta ha hecho estragos. Tantos que a veces no se si camino o es la vereda que fluye y me lleva a través de las calles; así como te llevan las cintas de los aeropuertos.

El mar está calmo y la brisa que soplan las sirenas y tritones del estrecho de Florida es húmeda y cálida como su aliento.
Seguramente esta noche hasta esos seres marinos se excedieron con los mojitos.

El perfume sabroso de unos boniatos recién fritos me recuerdan las batatas dulces que se comían en casa los días de lluvia. Cuando pruebo estos cubanos me sorprenden con un toque de pimienta y romero.
– Y con el aceite de coco en el que están fritos; Pastelón – me completa la vendedora, aprovechando pícara para piropearme y levantarme la estima.

Enseguida comienza a caer una llovizna que de tan tenue parece niebla, hasta que consigue, por insistidora, dejar en poco tiempo a todo el mundo con las camisetas pegadas al cuerpo.

mojito

Serían las tres, o quizás las cuatro de la mañana cuando en ese rincón del Malecón, en el barrio del Vedado, mezclado con la comparsa de fantasmas alcoholizados, lo vi.
Mojado como yo, como todos.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que quedó atrás su adolescencia? Seguro que poco; en todo caso, y creo no errar, mucho menos desde que dejó de madurar para convertirse en un tipo curtido.
Era producto de la cruza de razas que en América amaneció antes que en cualquier parte.
Moreno claro y esbelto, de andar tranquilo.
Perfecta la tensión de sus músculos, se diría que listo para servirle de modelo a un escultor clásico.

Cruzó su mirada con la mía que se le había quedado enganchada como un anzuelo; y se acercó arrastrando los pies; como se baila el danzón, sin el artificio de las escuelas de salsa, manteniendo la mirada en la pareja para trasmitirle el deseo que se quiere satisfacer sin proclamarlo.

Pudoroso, sabía que se estaba vendiendo y le daba vergüenza.
Farfulló servicios y tarifas en un inglés que se aprendió de memoria; y se quedó mirándome con una expresión que me dejó la duda de que pedía por favor que lo contrate o quería romperme la cara a trompadas.

Sin embargo, por extraño que parezca, su presencia tenía un dejo dulce, como el mojito.

Cuando le ofrecí que me cobre para acompañarme a terminar de emborracharme, no podía creer que yo despreciara sus tesoros.
Imaginó que era la excusa, o un primer paso antes de llevarlo a mi habitación.

Estaba errado, no quería subirlo a ese cuarto del Cohiba donde descansaba un tirano que con él se haría un banquete de carne joven y bella.
No era mi propósito sacrificarlo, por más que yo también participara del sacrificio.

Necesitaba más que nada una compañía que junto a mi se ahogara en mojitos hasta el amanecer, que nos confesaramos tan escandalosamente como solo ante extraños se puede.
Era más importante satisfacer esa necesidad que el deseo de fundirme con su belleza.
Necesitaba aturdirme saturándome de azúcar y alcohol mientras le contaba lo que tenía ganas de contar y le escuchaba lo que quisiera contarme.

Y no me importaba que en español tartamudeara más que en inglés.
Esa madrugada sería mi compañero y su boca era hermosa.

Autor: Oveja negra

Peca y no te arrepientas. Todo es efímero.

Un comentario en “Mojitos”

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