Calor que provoca arrepio

Todos los oficios, todas las aficiones tienen su Santo.
Y todos los Santos tienen sus leyendas.
Los surfistas de Río tenemos un Santo cercano; un chico de la playa con una vida inspiradora de canciones y amores, y un final trágico que justifica la devoción.
En los años 70 y 80 reinó en las olas y la arena de Ipanema, cuando una obra subterránea de desagües dividió la playa con una muralla de dunas y permitió la formación de fabulosas olas de cuatro metros.
Algunas señoras que conozco, y que en esa época se doraban el cuerpo por primera vez con bikinis pequeñas, y hasta se animaban al topples amparadas por las discretas dunas, recuerdan al muchacho al que ellas llamaban Mel por el color miel de sus cabellos.
Sin embargo todo el mundo lo conocía, y lo recuerda, por un sobrenombre que eterniza su juventud; Petit.

petit

El apodo se lo ganó cuando a los pocos años comenzó a surfear en Arpoador y la tabla lo triplicaba en tamaño.
Este Peter Pan, que nunca maduró a la usanza burguesa, creció hasta convertirse en un mozo alto, con melena rubia a la moda rock, y la figura estilizada del que pasa sus horas gozando y peleando al mar.
Era la cría preferida del italiano que “inventó” el surf en Brasil; Arduino Colasanti.

Arduino llegó a Río de la mano de su padre escapando de la Italia de posguerra, tenía 12 años en 1948, y desde ese momento se enamoró del mar y de la vida generosa y bella del trópico.
Se aficionó al buceo y a la pesca submarina, se rodeó de amigos y conquistó a bellas mujeres que para el resto eran diosas inaccesibles.
Lo llamaron del cine y se animó, porque se animaba hacerle frente a cualquier desafío, a protagonizar una película totalmente desnudo: “Como era gostoso o meu francês”.
Arduino era el susodicho francés que en 1580 cae prisionero de los Tupinambás, con el destino marcado de un inevitable final; convertirse en comida de la tribu.
El gran premio del Don Juan lo obtuvo el día que concretó uno de sus matrimonios con la super estrella brasileña Sonia Braga.

En los años 60, cuando se interiorizó en el deporte que hacía furor en California y en Hawai, pararse en una tabla sobre las olas se convirtió en su nuevo desafío.
Dispuesto a todo, y sin acceso a las tablas que veía en las fotografías de la revista Life, se propuso cumplir su capricho con los elementos que tenía a mano.

arduino

De entre los muchachitos que lo comenzaron a seguir para aprender sus mañas, que por cierto eran muchas, el hombre descubrió en el pequeño Petit simpatía, seducción, desprejuicio y ganas de aprender para alcanzar excelencia en su arte.
No dudó en adoptarlo como a su discípulo preferido, y por cierto no necesitó arrepentirse de la decisión.

Una tarde de 1987, viajando de acompañante en una moto que derrapó, Petit voló por el aire y aterrizó de cabeza contra el cordón de la calle.
Una contusión cerebral le paralizó medio cuerpo. Le prometieron recuperarse en un plazo de cuatro años. La desilusión, las drogas, la depresión le resultaron insoportables.
En el año 1989 se ahorcó con un cinturón de judo.

Menino do Rio
Calor que provoca arrepio
Dragão tatuado no braço
Calção corpo aberto no espaço
Coração, de eterno flerte
Adoro ver-te…
Menino vadio
Tensão flutuante do Rio
Eu canto prá Deus Proteger-te…
O Hawaí, seja aqui
Tudo o que sonhares
Todos os lugares
As ondas dos mares
Pois quando eu te vejo
Eu desejo o teu desejo…

Escribió Caetano Veloso esta canción para una novela de la tv en 1979; en realidad inspirada y dedicada a Petit.
Es el famoso “Menino do Río” que se actualiza en las versiones de nuevos cantores.

Esa tensión, ese deseo de seducir de los surfistas encarnado en la figura icónica de Peti, se reencarna en muchos de los adolescentes que se pavonean sorteando las olas en Arpoador, cuando los bañistas se acomodan en la roca para aplaudir la puesta del Sol.

oveja

Le agradezco a Ruy, un amigo que vivió la época dorada de Ipanema y al que le gusta contarme historias que satisfacen mi inagotable curiosidad.

Mojitos

La Habana. Noviembre de 2015

La madrugada es pegajosa, el ron disfrazado con limón y menta ha hecho estragos. Tantos que a veces no se si camino o es la vereda que fluye y me lleva a través de las calles; así como te llevan las cintas de los aeropuertos.

El mar está calmo y la brisa que soplan las sirenas y tritones del estrecho de Florida es húmeda y cálida como su aliento.
Seguramente esta noche hasta esos seres marinos se excedieron con los mojitos.

El perfume sabroso de unos boniatos recién fritos me recuerdan las batatas dulces que se comían en casa los días de lluvia. Cuando pruebo estos cubanos me sorprenden con un toque de pimienta y romero.
– Y con el aceite de coco en el que están fritos; Pastelón – me completa la vendedora, aprovechando pícara para piropearme y levantarme la estima.

Enseguida comienza a caer una llovizna que de tan tenue parece niebla, hasta que consigue, por insistidora, dejar en poco tiempo a todo el mundo con las camisetas pegadas al cuerpo.

mojito

Serían las tres, o quizás las cuatro de la mañana cuando en ese rincón del Malecón, en el barrio del Vedado, mezclado con la comparsa de fantasmas alcoholizados, lo vi.
Mojado como yo, como todos.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que quedó atrás su adolescencia? Seguro que poco; en todo caso, y creo no errar, mucho menos desde que dejó de madurar para convertirse en un tipo curtido.
Era producto de la cruza de razas que en América amaneció antes que en cualquier parte.
Moreno claro y esbelto, de andar tranquilo.
Perfecta la tensión de sus músculos, se diría que listo para servirle de modelo a un escultor clásico.

Cruzó su mirada con la mía que se le había quedado enganchada como un anzuelo; y se acercó arrastrando los pies; como se baila el danzón, sin el artificio de las escuelas de salsa, manteniendo la mirada en la pareja para trasmitirle el deseo que se quiere satisfacer sin proclamarlo.

Pudoroso, sabía que se estaba vendiendo y le daba vergüenza.
Farfulló servicios y tarifas en un inglés que se aprendió de memoria; y se quedó mirándome con una expresión que me dejó la duda de que pedía por favor que lo contrate o quería romperme la cara a trompadas.

Sin embargo, por extraño que parezca, su presencia tenía un dejo dulce, como el mojito.

Cuando le ofrecí que me cobre para acompañarme a terminar de emborracharme, no podía creer que yo despreciara sus tesoros.
Imaginó que era la excusa, o un primer paso antes de llevarlo a mi habitación.

Estaba errado, no quería subirlo a ese cuarto del Cohiba donde descansaba un tirano que con él se haría un banquete de carne joven y bella.
No era mi propósito sacrificarlo, por más que yo también participara del sacrificio.

Necesitaba más que nada una compañía que junto a mi se ahogara en mojitos hasta el amanecer, que nos confesaramos tan escandalosamente como solo ante extraños se puede.
Era más importante satisfacer esa necesidad que el deseo de fundirme con su belleza.
Necesitaba aturdirme saturándome de azúcar y alcohol mientras le contaba lo que tenía ganas de contar y le escuchaba lo que quisiera contarme.

Y no me importaba que en español tartamudeara más que en inglés.
Esa madrugada sería mi compañero y su boca era hermosa.

Sobre la pasión, el sufrimiento y la pena

“Hablo de pasión.
¿Conoces el significado original de esa palabra?
Sufrimiento.
Cómo conocer tu espíritu mediante tu sufrimiento.
Sufrimiento autoinfligido.
El muchacho ha hecho eso.
Se ha inventado una ceremonia para encender una llama de éxtasis en el mundo vacío que le rodea…
…Dice que al acabar siempre se abrazan.
El animal hunde su frente sudorosa en su mejilla y permanecen en la oscuridad una hora, como una pareja de novios.
Y entre todo este sin sentido, pienso en el caballo, no en el muchacho.
El caballo y lo que intenta hacer.
Veo su cabeza besándole con el bocado en la boca, pasándole por el metal un deseo sin relación a saciar el hambre o a propagar su propia especie.
¿Qué deseo podría ser?
¿Dejar de ser un caballo?
¿No estar sujeto eternamente a esas cadenas genéticas?
¿Es posible que, en ciertos momentos,un caballo pueda sumar todo su dolor, los tirones y sacudidas que forman su vida diaria, y convertirlos en profunda pena?
¿De qué le vale la pena a un caballo?”

ovejanegra.

“Equus” es una pieza de teatro de Peter Shaffer, cuenta los esfuerzos de un psiquiatra intentando curar a un muchacho de la patológica fascinación sexual y religiosa por los caballos.
El fragmento encomillado sobre la imagen es un parlamento del personaje del psiquiatra, que se cuestiona sobre los sentimientos de los protagonistas de la relación.

El adolescente sale a cabalgar desnudo por las noches.
Exige tanto esfuerzo a su caballo que se confunden en un solo cuerpo sudoroso, remontando un éxtasis que culmina en orgasmo.

Ese muchacho, resultante de una familia matriarcal, religiosa y castradora; como si fuera alquimista, transforma su sufrimiento en la pasión que protagoniza a la noche con el que es más que su objeto, es su compañero.
Un compañero al mismo tiempo figura mítica y carnal y esclavo de los hombres al que torturan quitándole su libertad.
¿Es posible que el animal participe instintivamente de la fogosidad de la pasión, como catarsis de sus sufrimientos acumulados?

¿Será que cuando mutuamente nos entregamos a otro para acoplarnos; dispuestos a sufrir, a gozar, a extraviarnos sin importar el después, porque el después no existe, solo entonces estamos conociendo la pasión?

Te desafío

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Te desafío.
Quiero que sientas el fuego.
¿No eres valiente?
¿No estás siempre en busca de placeres?
Te desafío a experimentar el fuego. Quiero encender ese volcán que ignoras y duerme en tu centro.
Tengo la chispa lista. Tu belleza y tu inocencia la han prendido.

Te ayudaré a soltar tus amarras, te guiaré a navegar aguas profundas que no conoces y que parecen amenazantes y peligrosas.
Encontraremos olas agitadas y cielos tormentosos; las sentirás a flor de piel como un castigo, pero te alertarán los sentidos preparándote para abrir las puertas cerradas que no permiten el paso al corazón de tu ser.
Naufragaremos, nos hundiremos en lo profundo.
No es gratis. Te dolerá, es el precio para obtener una excitación nueva, extraña.

Cuando para culminar te penetre por primera vez, el mundo conocido se borrará.
Solo existirá el ardor; un ardor que enceguece, ensordece, enmudece.
Toda la potencia del resto de los sentidos te será necesaria para experimentar el roce que te rompe e invade.
Cada vez más profundo, cada vez más cerca del núcleo que titilará anticipado; porque su instinto sabe mucho más de lo que tú conoces, porque guarda la memoria de un origen de placer ancestral.
Mi chispa alcanzará el objetivo y estallará el rayo; el ritmo insistente propagará el incendio.

No seamos fantasiosos, no me pedirás más. Si no podrás hablar, apenas si te alcanzará el fuelle para respirar y alimentar con oxígeno las llamas que te consumirán por dentro.
Cada segundo el calor aumentará y por fin el centro estallará y derramará su lava encendiendo todos tus átomos, hasta los de tus pelos y tus uñas que creías insensibles.

Más tarde mientras trate tus heridas con cuidado y con ternura, y reposes agotado y satisfecho, seguramente te voltearás para decirme:
– Esto nunca más.
Yo callado me responderé:
– Tal vez, ya veremos. Pero si repetimos tendremos romper cada vez más límites para satisfacer el ansia.

Café da manhã

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Espresso puro amargo y caliente, papaya y mango bien maduros, jugo de abacaxi natural, pan tostado y queso para untar; nuestro café da manhã de este amanecer tropical que entra por la ventana, con el Sol rompiendo el nublado, dispuesto a brillar en los charcos de lluvia hasta extenuarlos.

No puedo llamarlo desayuno porque en mi léxico, creado en la niñez de Buenos Aires, esa palabra representa un dulce café con leche acompañado de media lunas de manteca, tibias y saladas, tomado a las corridas antes de salir para el colegio.

El café da manhã, en cambio, es mi tránsito del sueño al despertar.
Momento tibio, sereno, con perfume de nido y de floresta.
Hoy, en su compañía, es una ceremonia que preparo mientras se baña, y oficio cuando siento en la espalda su cuerpo húmedo y fresco, y un beso cálido en mi nuca.

Suéltame por favor, me haces temblar, me vuelves tonto, me haces desear lo imposible.
Como por ejemplo la magia de convertirnos en los ingredientes de este café da manhã para bebernos y comernos; o como comenzar el nuevo día huyendo por la ventana, desnudos abrazados para copular sobre el barro.

– ¿Salimos a correr beira mar antes que aumente el calor..?

– Ok, prepárate mientras lavo los cacharros. (Y limpio la penita que me da callar mi fantasía).

La satisfacción no es eterna

Dentro del túnel el ruido aturde.
Somos muchos, estamos apurados y los que no llevamos puesta la armadura de la refrigeración sudamos, porque somos caballeros sencillos apretando entre las piernas nuestra montura a motor.
No importa, porque luego nos escurriremos veloces entre las carrozas, que de tantas en el desfile están obligadas a mantener la fila ordenada.

Pero el Rebouças conoce trucos para sorprender.
Te traga mientras la Luna se refleja en la Lagoa, y te escupe a un aguacero en Río Comprido.
Detrás de las ventanas de sus carrozas, damas y señores prolijos y frescos, dedican una sonrisa con sorna a los empapados.
No importa, la venganza existe; con el dedo medio derecho en alto paso entre ellos y los dejo atrás, muy atrás.
Muchas menos lamparitas brillan en esta noche, al norte de la ciudad.
Son días previos a Navidad, y este año hay poco para festejar, a pesar de los carteles rojos de Coca Cola.
Me espera en la UNICarioca, al verme llegar corre bajo la lluvia y se sube a la moto.
Se abraza a mi cintura, me besa el cuello primero y luego lo muerde con dulzura.
Rechaza el casco protector, es joven, joven e imprudente; tanto como para acariciarme la entrepierna mientras acelero.
Ya vengo caliente imaginando el encuentro, y este contacto consigue encenderme.
¿Dónde vamos? Pregunta a los gritos.
A mi casa, esta noche te secuestro.

 

oveja negra

 

La satisfacción no es eterna.
La noche es larga y quiero repetir el plato.
Un plato sabroso que parece simple pero que mientras lo como, descubro que contiene muchos sabores.
Tu espalda que lamo mientras duermes es picante.
Todos tus agujeros son dulces, meterse en ellos es sumergirse en un útero protector del que no quiero salir.
Tu boca siempre tan dulce, incluso cuando te besé mientras conservabas junto a tu saliva parte de mi leche.
Tu lengua un pez que juega a escurrirse y que chuparé hasta sentirlo salado, y no lo arranco de su raíz porque quiero que tus quejidos siempre suenen tan eróticos como esta noche.
Tu cuerpo brilla boca abajo, sin almohada sin cubierta.
Los relámpagos se suceden más seguido, atendiendo mi pedido para verte mejor; esas dunas saladas que quiero morder y me freno para no alterar tu paz.
Un trueno que hace temblar los cristales te despierta, y me acaricias la cabeza como guiándola hacia tus nalgas, fruta jugosa.
Déjame entrar, te pido; y con pereza doblas una pierna entreabriendo la puerta.
Por favor esta vez despacio, susurras apenas.
Te crispas, por más que me he deslizado suavemente, y luego suspiras y me buscas la boca para sellar un beso que ninguno quiere abandonar.
Cuando comienza a golpear la lluvia en la ventana no puedo dominar el deseo de aplastarte y cogerte con furia.
Te muerdo el pelo, te aprieto el pecho y sueño con perpetuarte en esta cama.
Atado aquí, para mí todas las noches; sabiendo que esta es tu última noche, que mañana volarás a tu casa, a tus amores, a tu país, donde te esperan para celebrar una Navidad fría y luminosa como los carteles de Coca Cola.