A la hora de la siesta

Sucedió una tarde a la hora de la siesta en la cálida Jericoacoara, un tiempo que me parece remoto pero que no es tan lejano; cuando recibía las primeras lecciones del que fue mi Maestro.
Hoy al recordar me invade una especie de ternura por ese ayax, que pasado un par de días de transcurrida la sesión, temblando y asombrado por lo que había protagonizado, escribía el texto que sigue y que no corrijo ni edito.

“Privado del oído, con los tapones bien hundidos en la profundidad de mis orejas de esclavo. Privado de la vista, con los ojos vendados.
Privado de moverme, bien atado con sogas sobre la mesa en la cocina de la casa que alquilaba, boca arriba, con la cabeza colgando, vulnerable estaba listo para lo que sea.
Sudaba copiosamente intentando que los pocos sentidos que no tenía inutilizados me anticiparan que es lo que se venía.
Como la cabeza quedaba suelta podía moverla, mientras olfateaba tratando de encontrar alguna pista.
Pero solo olía la sangre que se agolpaba y me congestionaba la testa.
Esta situación no duro mucho. Enseguida supe que era lo primero que se venía.

AYAX JERI

Primero el olor de su cuerpo sudado que se había acercado a mí, e inmediatamente después sus manos manipulando mi verga que ante tantas provocaciones se puso dura como piedra.
Una soga que me pareció áspera me apretó los huevos separándomelos del cuerpo del pene, y varias vueltas, cada vez más ajustadas me fueron quitando sensibilidad de la zona, al mismo tiempo que me causaba cierto ardor.
Cuando recibí el primer golpe suave pero inesperado en las pelotas supe que esa sensación de insensibilidad era falsa, y no pude reprimir un fuerte estremecimiento y un gemido.
Estoy avisado que no debo gemir ante el dolor, solo lo puedo hacer cuando recibo placer. No cualquier placer sino solo cuando es extremo.
Es una regla que se me impuso y puedo muy bien cumplirla. Pero en este caso el golpe me sorprendió y tontamente no tuve presente que no estaba amordazado.
Consecuencia, tres golpes más, iguales de sorpresivos por lo irregulares, pero esta vez mucho más fuertes, seguidos de lo que podría ser un masaje que de a ratos subía en intensidad hasta convertirse en una fuerte presión, que se alternaba de un huevo a otro y que a veces incluía a los dos.
El dolor que instintivamente lleva a curvar el cuerpo buscando la posición fetal me sacudía, y las ligaduras me tensaban impidiéndome el desahogo.

Cuando pude oler sus dedos que debería estar a escasos centímetros de mi nariz me invadió el perfume del cigarrillo que había estado fumando la hora anterior mezclado con el fuerte olor de mis bolas sudadas.
Se me llenó la boca de saliva y acepté con placer el regalo de sus dedos metiéndose y chapoteando en mi hocico.
Los lavaba con mis babas, yo goloso chupaba esos dedos, y cuando los retiraba sacaba la lengua jadeando y buscando la palma de su mano para lamerla.
Entonces me sometió a una prueba que no esperaba pero que pasé con honores.
Sin dejar de retirar sus dedos de mi boca que los lamía y succionaba con dulzura, con la otra mano tomó con extrema rudeza mis pelotas hinchadas y las apretó.
A pesar de la corriente eléctrica que me sacudió el cuerpo, resistí y no alteré en lo más mínimo el ritmo de la mamada que le estaba haciendo a sus deliciosos dedos.
Más presión sobre las pelotas y para finalizar un fuerte azote en mi verga que yo creía dormida fruto de las ataduras.
Lo que siguió a continuación fue el sentir mis pezones mordidos por pinzas metálicas, y una pausa que le dio tiempo a fumarse un cigarrillo, a veces muy cerca de mi cabeza porque la intensidad de humo variaba cuando creo que el se acercaba.
No puedo imaginármelo de rodillas, pero de alguna manera se las ingenió para torturarme los pezones golpeando las pinzas mientras acercaba una de sus axilas a mi cara.
Sumergirme en el mar de sus sobacos, en el caldo espeso y nutritivo de mi Amo, comer sus pelos ahogarme con su olor, el “cheiro” más sabroso de la tierra, mientras que aprieta y suelta con saña mis pezones, los vuelve a apretar y tira de ellos como para arrancármelos del pecho, confieso que eso me llevaba a la locura.
Creo que en su sabiduría me había amarrado la polla con tanta fuerza porque sabía que podría llevarme al orgasmo sin haberme tocado.
Esas cuerdas actuaron de dique y la leche se me agolpó en las pelotas ya de por sí hinchadas provocándome puntadas.

El calor de la tarde era terrible, no estábamos en el mar que todo lo calma, ni en el fresco que da una sala refrigerada, o en la sombra de los árboles con brisa del fondo de la casa.
Sentía encharcada la madera de la mesa donde estaba apoyado y la cabeza me zumbaba.
De pronto su cuerpo, tan sudado el mío me abrumó al subirse a la mesa. Pesaba, porque se apoyaba haciendo fuerza sobre puntos clave, aplastándome el pecho, rompiéndome las tetillas y los huevos.
Me desató las piernas y puso un pie en mi cara.
No esperé ni un segundo para llevarlo a la boca, mientras que Él con habilidad me restregaba el otro por la garganta, como cepillándose la planta con mi barba de dos días.
Comencé a sentir un calor primero soportable y cada vez mas intenso en la piel de uno de mis pies.
Tuve que dominar mi pánico, porque eso es lo que me produce la idea de quemarme y aquello era evidentemente la llama de una vela o de su mechero.
Cuando creía que no lo iba a tolerar y estaba a punto de morder los dedos de su pie que chupaba con el frenesí del terror a una quemadura,  Él dejaba en paz el pie que me estaba trabajando y comenzaba de a poco con el otro.

Comprendí que la intensidad que yo pusiera a la succión de sus dedos, era la señal tácita que mi Amo esperaba para alternar la tortura.
Volvió a tensarme las piernas estirándome más todavía y llevándome a tomar una posición en que casi no tocaba la mesa con el cuerpo, sujetó con mucha firmeza las cuerdas de los tobillos y las muñecas.
Creo que el Amo solo estaba apoyando los hombros y los talones, lo sentí erecto y húmedo pintándome los labios con su precum.
Intuí que la sesión acabaría pronto al notar la urgencia con la que buscaba el fondo de mi garganta.
Me resultaba extremadamente difícil relajarla para que se abriera paso por la posición incómoda en la que me encontraba; pero lo logré y se instaló muy adentro mío.
Siempre me prepara, calentándome a punto de caramelo para poder resistir su salvajada.

Cortándome la respiración con su pubis, sumergido en un pantano de almizcle, sin mover la verga que tenía enterrada en mí, ayudando a las pinzas me destrozaba los pezones, y que solo dejaba en paz para apretarme con furia los huevos hipersensibilizados, parecía que su pene crecía sin parar.
Allí se plantó inmóvil hasta acabar directamente en mi esófago;  el orgasmo no fue provocado por sus movimientos sino por los reflejos de los estertores que me cerraban la garganta.
Se apartó lentamente sosteniendo mi cabeza y con lentitud me desató y me acomodó sobre la mesa. Me quitó los tapones de los oídos, y me dejó reponerme.

Todavía tenía las pinzas, la venda y la atadura en la verga.
Sacó hielo del refrigerador y me lo aplicó en el pecho y en la entrepierna mientras me liberaba de las últimas prisiones.

En el momento no sé que fue peor, pero al rato ya no me ardía el pecho, y las pelotas habían dejado de darme puntadas.
Me fue quitando la calentura metiendo pequeños trozos de hielo en el culo y obligándome a retenerlos hasta que se derritieran dentro apretándome las nalgas.
La erección también había remitido por lo que aprovechó a ponerme el cinturón de acrílico que me impedía empalmarme.
Cerró el candado y escuche su voz por primera vez en mucho rato cuando me dijo:
– No quiero que acabes todavía. Recién son las 4 de la tarde. Ya te ordeñaré esta noche.

Quiso que me ponga el sunga blanco que me marca mucho lo poco que oculta.
Sabía que cuando se mojara se volvería casi transparente y el que me observara notaría la jaula y el candado del cinturón.
El se puso una de mis bermudas coloridas que resaltan el tostado de su piel clara, y nos fuimos con unas cervezas a la playa, a esperar el crepúsculo y a que las olas reparen con sus lametazos el cuerpo de este esclavo agotado pero feliz.”

Sucedió en el verano del 2009/2010 en Jericoacoara.

Autor: Oveja negra

Peca y no te arrepientas. Todo es efímero.

6 comentarios en “A la hora de la siesta”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s