Maître et esclave.

ovejanegra

Temblaba, y no de frío.
Con su mirada clavada al piso comenzó a susurrar:

– Quiero ser tu juguete, quiero hacerte gozar; esta noche mi cuerpo es tuyo.

No me conformaba con esa declaración; sentía que podía avanzar, que ese no era su límite.

– Y quién eres tú?

– Tu juguete, tu puta, lo que quieras que sea.

A esa hora, su novia, su pareja, lo que fuera esa mujer con la que compartía anillos, estaría durmiendo en un hogar situado en una provincia de Francia.
Ajena y olvidada por él, que arrodillado con la frente tocando el suelo y el culo parado se ofrecía desnudo para que lo penetre.
Pero yo quería algo más que cogerlo.
Buscaba forzarlo, someterlo.

Había aceptado a jugar, a experimentar a convertirse en algo más que un pasivo obligado a encerrarse en el placard de su comunidad pequeña y provinciana.
Se animó a buscar un ligue en un bar gay, como hacía cuando sus asuntos lo llevaban a París.
En la barra me dijo que le encantaba hacer felices a los hombres.
La distancia con su provincia se había multiplicado por cientos, y estaba listo para que la última noche en Río le dejara marca.

Era un hombre ansioso por satisfacer sus instintos reprimidos.
Reprimidos por él mismo. Uno que vivía su vida de acuerdo a lo que esperan los demás.
Uno que engaña y que se engaña.
Si, como ese otro que tanto me pesa todavía.

A este la casualidad me lo sirvió en bandeja.
No volvería a saber nada del tipo con el que estaba comunicándome a caballo de dos idiomas a medias dominados.
Llegamos a un acuerdo, el sería mi esclave, y yo sería su Maître.
Solo esa noche, solo en ese juego.
Pero esos roles serían los últimos, los definitivos entre los dos.

Le tenía ganas a esas nalgas tan blancas, a esa nuca rubia.
Quería abofetearlo, escupirle la boca, morderle las orejas.

Creo que él tampoco esperaba tener tanta suerte cuando por primera vez me dirigió la palabra en la barra del bar.
Su lengua se dio un banquete con los rincones de mi cuerpo.
Adoró mis pies, mis sobacos, mis testículos, mi verga, la raja de mi culo y mi ojete.
Me pidió que no lo dilate, que disfrutaba el dolor.
Agradeció llevarse las nalgas ardiendo, la marca de cinco dedos en una mejilla y el pelo embadurnado de semen.

También yo le agradezco las imágenes de momentos, como cuando le aplastaba la cabeza con el pie, como cuando me mostró la cara empapada de lágrimas al penetrarlo a la fuerza, como cuando sentado sobre su espalda le descargaba toda la leche sobre la nuca.
Lo que mon esclave français no sospecha, es que en mis recuerdos su cuerpo se confunde con otro cuerpo, y su cara se confunde con otra cara.

Ya casi me olvidé de su nombre, que seguro era falso; tan falso como el que le dí yo.
Y solamente han pasado cuatro días.
Más el juego del último Viernes siendo solo un juego nos convirtió en uno para el otro en Maître et esclave.

Autor: Oveja negra

Peca y no te arrepientas. Todo es efímero.

2 comentarios en “Maître et esclave.”

  1. Vengazas al margen (perdón si estoy equivocado) presiento un nivel de goce que no encuentras en el sexo digamos más convencional. Mi experiencia me dice que el que ha practicado bdsm siempre buscará condimentar sus encuentros con un toque diferente.

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