Zinedín, Ladjar y Abdelkader, el París árabe de Goytisolo

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Fragmentos de Juan Goytisolo
6 de enero de 1931, 3 de junio de 2017

Nos cruzamos una tarde por casualidad en el bulevar de Rochechouart y los dos moderamos el paso hasta detenernos e intercambiar saludos.
Llevaba una gorra azul oscuro que le ocultaba la calvicie y, como para compensar con lo mondo del cráneo recio y poderoso, lucía un mostacho poblado y una cuidada barba con la que ajardinaba el mentón.
Su rostro de rasgos enérgicos, el cráneo liso, el bigote y la barba negros componían una estampa de refinada dureza que contrastaba con la urbanidad de sus modales.
Zinedín poseía un miembro talludo – un verdadero tententieso- al que denomina afectuosamente su “diablo”- el temple y la solidez de su virtud le incluían entre los celadores más meritorios del Perpetuo Socorro.
Solía auxiliarme dos o tres veces y luego permanecía tendido, con un brazo en torno a mis hombros, en fecundo y meditativo silencio.

Lajdar era un jayán de mancuernados mostachos, rasgos duros y ojos de azabache, en los que parecía cobijar, como escribió mi esmerado copista “la mirada implacable de un tigre”.
Charlaba con unos amigos y esperé pacientemente a que se despidiera de ellos para acercarme a él y proponerle un ejercicio meditativo en el cercano Square d’Anvers.
Le manifesté mi devoción sin rodeos- menos temeroso de una reacción desabrida que de una negativa, pero con gran alborozo mío, aceptó de inmediato.
Fuimos a uno de mis albergues íntimos y disfruté de la gloria de aquel cuerpo que iba a ser objeto durante años, pese a las vicisitudes y zarandeos de la vida, de un culto de dulía acendrado: visiones turbadoras de su miembro erguido, hieratismo facial, manos grandes y bastas, de inocente brutalidad. La fijeza de sus ojos durante el escalo a la cima no permitía adivinar sentimiento alguno: sólo brillo, fiereza, inescrutabilidad.
Le socorrí con largueza y nos citamos el día siguiente en el Square para entonar nuevas preces.

Abdelkader tenía entonces una treintena de años y trabajaba en los ferrocarriles.
Había perdido dos dedos de la mano izquierda en un accidente laboral y sus muñones, como brotes truncos añadían una nota de aguzadora crudeza a su estampa de obrero curtido y áspero.
Por una razón que ignoro, nuestro primer encuentro revistió un carácter excepcional: no quiso coadyuvar y ofreció una y otra vez su magnificencia a la beatitud de mis labios.
También se resistió a aceptar mi diezmo y lo guardó al fin tras hacerse rogar.
Vivía de la diaria exhibición de su banderín para el enganche de reclutas: era su útil de trabajo, bastón de mando, generador y dador de placer y energías.
Su virtud brotaba en cauce manos y ancho.
Nunca le vi mostrar cansancio ni abatimiento: si interrumpía la partida, lo hacía a ruegos del enclavado, del venturoso imitador de Cristo en la cruz.
De ordinario pernoctaba en hoteles de la zona de Pigalle en los que yo me colaba con él durante el sueño del portero.
El grosor de su mango parecía superior al gálibo de los túneles y arcos más transitados.
Pero el empeño paciente y una lubricación adecuada obraban portentos.
Abdelkader aprendió a jugar con los dedos arracimados en las áreas sensibles y eréctiles, combinando el imperio del a fuerza con la destreza y la suavidad.

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Autor: Oveja negra

Peca y no te arrepientas. Todo es efímero.

Un comentario en “Zinedín, Ladjar y Abdelkader, el París árabe de Goytisolo”

  1. Me entristeció leer en los diarios la noticia de su muerte, pero al entrar en tu blog y encontrar estos fragmentos de la Carajicomedia me consuela saber que lo recuerdas como realmente fue, un tipo que no se reprime para vivir a pesar de la sociedad hipócrita y que nos termina conquistando a todos con su talento.
    Gracias por este post.

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