Adeus São Paulo

ovejanegra

São Paulo, te abandono fecundado por la esencia del hijo que te hace fuerte, cimiento de tus torres. alimento de tus caníbales, tracción a sangre que derrochas.
Uno de los tuyos que nace en tierra cercana pero al que solo reconoces como bastardo al abusarlo.
Un hijo tuyo, que a pesar que lo deseaba, esperó que se lo pida para preñarme.
Con su esencia quería marcarme, sabiéndola apaciguadora.

Noche pesada de calma y calor, abrazo de pieles húmedas, danza sensual cargada con el deseo de volar los sesos junto con todas las vivencias allí acumuladas.
Un deseo que nace adentro y se escapa por todas las aberturas en forma de vapor ardiente.

Solo por esa noche mi macho, joven, dulce, amigo Didí.
Mi última noche en São Paulo.
El mundo se terminaba a la mañana siguiente.
Necesitábamos encontrar todos los posibles para ser uno en el otro.
Hasta bebernos las lágrimas.
Precisábamos fundirnos.
Era mi adiós a Didí.
Ha sido mi adiós a ti, São Paulo.

Nudo

knot

El nudo que has atado con tanta fuerza, solo podrás desatarlo con la espada.
Y puedes estar seguro de que esa cuerda que cortes sangrará.

La fotografía es obra de Grzegorz Szczerbaciuk

Río de Janeiro 07/06/2017

El mar es un amigo que me escucha.
La noche es otro amigo.
Acababa de cumplir mi trigésima tercera vuelta alrededor del Sol y necesitaba reunirme a solas con ellos.

ovejanegra33 (2)

La Delfim Moreira vestía pudorosa una niebla que aunque no conseguía ocultar del todo a sus edificios los aislaba de la arena de Leblón.
Sola mi alma caminaba por la calzada beira mar, como un peregrino que vuelve a recorrer la vía de su iniciación.
Esa ruta tenía como meta la Pedra do Arpoador, donde el niño que fui se convirtió en un muchacho que aprendió a amar al mar. al sexo, a sus compañeros, y a odiar las injusticias.

Había esperado que mis amigos me dejaran solo, sabía que se negarían hacerlo si les decía que necesitaba caminar junto a la playa.
A esa hora, y cargando muchos brindis, jamás me lo hubieran permitido.

A partir del momento en que aspiré la humedad fresca y salina comencé a despejarme del alcohol, la música, las risas; pero las imágenes por mí buscadas y encontradas en el pasado me fueron embelesando de a poco y cada vez más.
Imposible no emborracharse de saudades a medida que volvían los recuerdos.

Eran más de diez años poblados de caras, cuerpos, olores, abrazos, golpes, besos, reproches, declaraciones de amor y de odio,
Años del todo o nada, inmediato e intenso, donde se mezclaban los cuerpos sin asco.
Siempre juntando pieles, no importaba sin estaban sudadas o cubiertas de arena.
Juntando las pieles en la pelea cuerpo a cuerpo, y en el abrazo amoroso fraterno o sensual.
Esos chicos de la playa maduraban juntos, con sus referencias y referentes ejerciendo influencias para bien y para mal.

Extrañaba la compañía de esa jauría.
Revivirla, ser uno de sus integrantes y soñar como entonces el futuro compartido.
Justo ahora, tan solitario, tan solo, que salí a llorar mi vacío al mar y a la noche.

Sin darme cuenta del tiempo ni del espacio ya había cruzado Ipanema cuando divisé una silueta en la niebla.
Otro solitario como yo, pensé.
Si fuese alguien conocido lo abrazaría.
Abrazaría a quien fuera con tal de sentir un cuerpo vivo latiendo entre mis brazos.
Pero al acercarme lo vi; era la estatua de Jobim en la esquina de los Franciscos.
Y por más que me abrace a una estatua, ella no late.

Estaba cerca del final, a solo un trecho de la Pedra.
Y seguía solo con la noche, la niebla y las voces de los recuerdos sonando como suenan las olas rompiendo contra la roca de Arpoador.

ovejanegra33 (1)

Zinedín, Ladjar y Abdelkader, el París árabe de Goytisolo

ovejanegragoytisolo-001

Fragmentos de Juan Goytisolo
6 de enero de 1931, 3 de junio de 2017

Nos cruzamos una tarde por casualidad en el bulevar de Rochechouart y los dos moderamos el paso hasta detenernos e intercambiar saludos.
Llevaba una gorra azul oscuro que le ocultaba la calvicie y, como para compensar con lo mondo del cráneo recio y poderoso, lucía un mostacho poblado y una cuidada barba con la que ajardinaba el mentón.
Su rostro de rasgos enérgicos, el cráneo liso, el bigote y la barba negros componían una estampa de refinada dureza que contrastaba con la urbanidad de sus modales.
Zinedín poseía un miembro talludo – un verdadero tententieso- al que denomina afectuosamente su “diablo”- el temple y la solidez de su virtud le incluían entre los celadores más meritorios del Perpetuo Socorro.
Solía auxiliarme dos o tres veces y luego permanecía tendido, con un brazo en torno a mis hombros, en fecundo y meditativo silencio.

Lajdar era un jayán de mancuernados mostachos, rasgos duros y ojos de azabache, en los que parecía cobijar, como escribió mi esmerado copista “la mirada implacable de un tigre”.
Charlaba con unos amigos y esperé pacientemente a que se despidiera de ellos para acercarme a él y proponerle un ejercicio meditativo en el cercano Square d’Anvers.
Le manifesté mi devoción sin rodeos- menos temeroso de una reacción desabrida que de una negativa, pero con gran alborozo mío, aceptó de inmediato.
Fuimos a uno de mis albergues íntimos y disfruté de la gloria de aquel cuerpo que iba a ser objeto durante años, pese a las vicisitudes y zarandeos de la vida, de un culto de dulía acendrado: visiones turbadoras de su miembro erguido, hieratismo facial, manos grandes y bastas, de inocente brutalidad. La fijeza de sus ojos durante el escalo a la cima no permitía adivinar sentimiento alguno: sólo brillo, fiereza, inescrutabilidad.
Le socorrí con largueza y nos citamos el día siguiente en el Square para entonar nuevas preces.

Abdelkader tenía entonces una treintena de años y trabajaba en los ferrocarriles.
Había perdido dos dedos de la mano izquierda en un accidente laboral y sus muñones, como brotes truncos añadían una nota de aguzadora crudeza a su estampa de obrero curtido y áspero.
Por una razón que ignoro, nuestro primer encuentro revistió un carácter excepcional: no quiso coadyuvar y ofreció una y otra vez su magnificencia a la beatitud de mis labios.
También se resistió a aceptar mi diezmo y lo guardó al fin tras hacerse rogar.
Vivía de la diaria exhibición de su banderín para el enganche de reclutas: era su útil de trabajo, bastón de mando, generador y dador de placer y energías.
Su virtud brotaba en cauce manos y ancho.
Nunca le vi mostrar cansancio ni abatimiento: si interrumpía la partida, lo hacía a ruegos del enclavado, del venturoso imitador de Cristo en la cruz.
De ordinario pernoctaba en hoteles de la zona de Pigalle en los que yo me colaba con él durante el sueño del portero.
El grosor de su mango parecía superior al gálibo de los túneles y arcos más transitados.
Pero el empeño paciente y una lubricación adecuada obraban portentos.
Abdelkader aprendió a jugar con los dedos arracimados en las áreas sensibles y eréctiles, combinando el imperio del a fuerza con la destreza y la suavidad.

ovejanegragoytisolo