Su juguete

Había una vez un niñito rubio que era muy consentido por todos los mayores de la familia.
Un invierno por un descuido de sus padres se contagió de una enfermedad respiratoria que lo obligó a pasar una larga semana en cama que no terminó por dejarlo totalmente sano.
El médico que era tío suyo recomendó que no le permitiesen abandonar los ambientes cálidos de la casa por lo menos durante dos semanas más.
Como el niño estaba acostumbrado a jugar y pasear al aire libre y nunca nadie se lo había restringido, y además también esperaba que se cumpliera como de costumbre con su voluntad, se les complicó, a todos los que lo querían y rodeaban, la tarea de mantenerlo conforme y entretenido.
Como en todos los cuentos la solución vino de la mano de la Hada Madrina.
Rol que tomó no la madrina sino el padrino del nene, que ¡oh casualidad! era el mismo tío y médico de la historia.
Este triple personaje formaba parte de una pareja que por más de haberlo intentado no había podido tener hijos. Aclaro que no fue sino hasta ese momento, porque más tarde gracias a los progresos de la ciencia fueron padres de unos mellizitos bastante parecidos a su primo.
El nudo del asunto viene de que el tío/médico/hada madrina, adoraba a su sobrinito como el que más, y en un acto de supremo desprendimiento decidió regalarle para que se entretenga jugando sobre la alfombra, los preciosos soldaditos de plomo de su colección que incluían corceles y cañones.
Pertenecían a dos ejércitos, uno napoleónico y el otro austroruso, y varias tardes lluviosas de ese invierno tío y sobrino revivían movimientos de tropas y batallas, siempre supervisadas por el genio militar del tío que trataba de enseñarle al niño como tratar con cuidado tan preciosas figuritas.
No sé si fue tarde o noche la del día que un irresponsable descuidado, para no escuchar las quejas de la criatura alguien resolvió taparle la boca entregándole los soldaditos.
La batalla en que estos desafortunados se trenzaron resultó tan cruenta que ninguno de ellos sobrevivió ileso.
La mayoría perdió la cabeza y los más suertudos brazos o piernas.
Fueron sepultados en la caja de cartón en la que se habían mudado a la casa, y por unos días se trató de ocultar su triste destino al tío; que por suerte estaba tan embobado con su sobrino que solo dijo:
– Son cosas de chicos – en lugar del solemne discurso fúnebre que todos esperaban.

Cosas de chicos cosas de chicos, el nene fue creciendo rompiendo juguetes y destripando artefactos con saña.
Lo he escuchado de su propia boca que una fuerza irresistible lo impulsa ha hacerle daño a las cosas que le gustan mucho.
Una vez conseguido el propósito una especie de arrepentimiento lo embarga y busca la forma de reparar y restaurar lo mismo que dañó.
De hecho siendo más grandecito se preocupó por soldar a los soldaditos y a pintarlos con los colores originales, lo hizo tan bien que cuando se los llevó de regalo al tío en un cumpleaños al Señor no le quedaron dudas de que en esa preocupación por sanar y arreglar estaba la potencia de un futuro médico.
Acertó y no era difícil porque muy pocos en la familia se salvaron del destino de ingresar a la Facultad de Medicina.

jugueterotoveja

Hoy es el Hombre que me daña y me sana.
Es que le gusto mucho, tanto o más que aquellos soldaditos. claro que yo tengo mejor suerte.
Ha madurado, escogió un juguete que goza tanto como Él con sus juegos, y se cuida de no estropearlo definitivamente.
Pero no se priva primero de usarlo al extremo, para luego esmerarse en reparar los daños.

Autor: Oveja negra

Peca y no te arrepientas. Todo es efímero.

7 comentarios en “Su juguete”

  1. Cuidate de no perder la cabeza como los soldaditos de plomo. jeje.
    Ahora en serio me parece muy bien que el amo te cure si te lastima, es lo que corresponde aunque casi ninguno lo hace. saludos

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  2. Como llegamos a disfrutar de alguno de los matices del BDSM es muy personal y seguramente entran en juego muchos elementos. Esto que cuentas con el buen gusto de tu escritura es un punto de vista muy interesante.

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