El Señor de los rayos

ayax

Recuerdo la madrugada de un seis de Junio en Jericoacora y la tormenta eléctrica que se desató.
Me encontraba solo en la posada en la que vivía; se había cortado la energía eléctrica, el calor era sofocante y estaba tumbado en la red porque la cama parecía un horno.

Primero llegaron relámpagos y truenos que hacían honor a su nombre; como nunca tan atronadores.
Un viento furioso sopló desde el continente hacia el mar, y una lluvia espesa cayó más como un castigo que como una bendición sobre la tierra.
No sé cómo me nació el impulso de correr los ciento cincuenta metros que me separaban de la playa y de meterme en el mar.
El viento me empujaba dándome latigazos de agua en la espalda.
Eramos solo yo y la naturaleza ambos gritando, ambos salvajes.
Me quité la bermuda, era la única molesta prenda que impedía mi desnudes.
En algún lugar quedo olvidada; nunca la busqué, nunca la encontré.
Me dejé arrastrar por el oleaje, primero al interior del mar y después hasta la arena de la playa.
Viento, lluvia, mar, truenos rugían. El resplandor de los relámpagos solo se interrumpía por segundos.
Me parecía que toda esa energía liberada me atravesaba.
Me obligaba a correr, a bailar aullando en la orilla, cayendo cuando una ola me tumbaba y levantándome con el espaldarazo de la siguiente.

La calma sobrevino paulatinamente, con ella me fui serenando. tendido mirando al cielo mientras las nubes se abrían, con la boca abierta bebiendo las últimas y escasas gota de lluvia.

Al día siguiente las noticias desde Fortaleza informaron que varias personas en las ciudades que fueron tocadas por la tormenta habían sufrido ataques de pánico; y que en Tatajuba distante a unos 30 km un rayo había matado a una burra.

Creo que estaba maduro para conocer a mi Dueño.
Al poco tiempo apareció en mi vida el Amo.

Ese Señor que es el dueño del rayo y del trueno, que me atraviesa y me desnuda.
Que paradójicamente haciéndome su esclavo libera al animal que soy.
Me permite ser salvaje y luego me domestica.

Autor: Oveja negra

Las ovejas negras nacen ocasionalmente en una familia de ovejas blancas. Durante siglos el color negro de las ovejas era visto como una marca del diablo. La oveja negra es extraña para los estándares comunes. Los oveja negra somos sociópatas que violamos los límites y las reglas, pero muchas veces también somos los más sensibles, creativos y brillantes. Popularmente se les considera miembros diferentes, poco respetables y despreciables de un grupo, relacionados generalmente con aspectos negativos, como por ejemplo rebeldía. Para la mayoría soy una oveja negra, porque decidí vivir intensamente, convencido de que todo es efímero. Lo aprendí de mi Amo. Él me da de beber. Él calma mi sed. ayax{SG}

10 comentarios en “El Señor de los rayos”

    1. Muchas gracias Javier, que suerte poder interesarte. Lo que pueda yo contar sobre steb estará siempre filtrado por el cariño que le tengo. Pero creo que es solo él quién puede hablar, si quiere hacerlo, de cosas muy personales.

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