Velas

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Era una noche sofocante agravada por un corte de energía eléctrica.
En el fondo la casa tenía una amplia baranda techada; estaba protejida de los insectos del jardín con paneles de mosquitero metálico.
Allí estábamos el Amo y sus dos esclavos desnudos.
La luz de unas velas oscilantes por la brisa apenas si iluminaban nuestros cuerpos sudados.

El cachorro por primera vez tenía puesto un cinturón de castidad similar al primero que me había regalado el Amo.
El Señor me ordenó que fuera en búsqueda del mío.
Los celos que sentía por el cachorro no se habían disipado; por el contrario, por momentos crecía dentro de mi pecho la semilla del demonio que deseaba destruirlo.
Regresé a la baranda empalmado, trayendo conmigo un cinturón de acero bellísimo con diseño sofisticado, una pieza de arte que también me regaló el Amo y que en ese momento me pareció que establecería una diferencia de rango con el sencillo de acrílico que sujetaba la verga de esteban.
Llevarlo puesto resultaba más incómodo, pero era brillante y en su base por dos aros se podían pasar los testículos para mantenerlos firmes; eso sí, la maniobra era difícil y dolorosa.
En todo caso el sacrificio valía la pena para hacer notar quién era quién en el pequeño harem de mi Señor.

Con un fuerte apretón de huevos que me hizo llorar consiguió el Amo que cediera mi erección y me pueda colocar el cinturón.
Para entonces el cachorro estaba tendido sobre la mesa de madera que formaba parte del mobiliario de la baranda.
El chico iba a recibir una lección y yo sería el asistente del Maestro.
Tuve que ir por unas velas, sogas y una de mis mordazas de bola.
Esa noche el chico iba a probar la goma que muchas veces yo había mordido y empapado de babas.

Ayudé a atarle tobillos y muñecas a las cuatro patas de la mesa.
Tuve que colocarle la mordaza y me esmeré en ajustarla de forma que le quedó la boca tan abierta que solo podía morder el borde exterior y sentir que se corría el riesgo de tragarse el resto de la pelota.
El cachorro me tenía más miedo que al Amo.
El Amo no había sido hasta el momento rudo con él, al contrario, le había cumplido muchos deseos hasta entonces inalcanzables.
Mi Señor estaba molesto con su sudor y me ordenó lamerle pecho y axilas, lo que disparó que tanto mi ego como mi rabo se ensancharan, tanto que la molestia del cinturón de castidad se hacía terrible.
Después encendí cuatro velones.
Con dos el Amo comenzó a bañar al cachorro mientras yo sostenía las otras dos. Una en cada mano, levemente inclinadas para que la llama vaya derritiendo la cera.
Esa cera me chorreaba por las manos y las muñecas, ardía, pero no quería mover un pelo para dejar satisfecho al Señor.
Mientras tanto el cachorro gruñía atragantado por la mordaza y se sacudía lo poco que le permitían las ataduras.
El Amo sonreía, sus ojos sádicos soltaban chispas y su verga crecía apuntando hacia arriba resplandeciente de precum.

Satisfecho y muy excitado el Amo me ordenó retirarle el cinturón a esteban y desatarle las manos.
El chico no es muy dotado, pero al verse libre su pija no tardó en mostrarse en todo su esplendor.
La siguiente orden fue que le mantenga muy sujetos por encima de la cabeza los brazos.
Entonces Él se acercó con una de las velas al sexo del cachorro.
Las gotas ardientes en el glande hinchado lo hicieron bramar.
Tuve que emplear toda mi fuerza para sujetarlo.
Sudábamos como en un sauna.
Miré al cachorro, tenía los ojos rojos de llorar.

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Volví a atarlo, le quité la mordaza y mi Amo me hizo subir sobre la mesa pero solo apoyando las rodillas y las manos, para cogerme bien a la vista del nuevo.
Mi culo taladrado por su verga quedaba sobre la cara del inmovilizado esteban, todo esto mal iluminado por el resto de las velas.
Fue una cabalgada larga, mi Amo demoró su eyaculación que soltó bien profundo en mis tripas. Cuando salió de mi interior me ordenó expulsar su leche sobre la cara de esteban.
Me costó hacerlo porque siempre trato de hacer fuerza al contrario para retener en mí la semilla del Amo.
Luego me quitó el cinturón de castidad y me ordeño con violencia para que acabara también sobre la cara de su cachorro.

Un chaparrón tropical refrescó levemente el aire.
El Amo se retiró ordenándome que desatara a esteban “cuando vuelva la luz”.
Me tiré sobre el piso; hasta la madera estaba caliente.

La energía se reanudó después de tres horas.

Sucedió en Manila en Marzo 2010

Autor: Oveja negra

Peca y no te arrepientas. Todo es efímero.

6 comentarios en “Velas”

  1. He jugado muchas veces con hielos o cosas frías pero nunca con cera, ¡y encima en el glande! ¡Qué dolor sólo de imaginarlo! También he jugado con cosas tipo mantequilla de cacahuete, nocilla o mermelada, una delicia en el momento pero un suplicio después porque soy muy velludo y luego para retirarlo todo no veas…

    Es curioso, pese al concepto que tengo de los dos (ya lo sabes, no me voy a repetir para no ser cargante :P) no me cuesta imaginaros como a dos a los que tener miedo en algunos momentos jaja.

    Besos.

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