Mi orgasmo cautivo

ovejane0317

Mi orgasmo es el cautivo que en tu cárcel crece y se almacena.
Cada hora vivida a tu lado se emborrachan mis sentidos y me encienden.
Reservo poluciones fermentando acaparadas, hasta que rompas el dique y permitas el desborde.

Cuando Tú decidas ese placer acumulado eyaculará con vigor descontrolado.

Víctima del cataclismo agradeceré que con tu fuerza me contengas, que evites que la furia del aluvión me arrastre.
No quiero perderme en el abismo sin sentido donde Tú no habitas.

Didí tem saudade de bdsm

otra vez didi

Como el calor sofocante aflojó por las mañanas, y muchas amanecieron nubladas, el tiempo pintaba ideal para aprovecharlo al aire libre y retomar una rutina que me da tanto gusto como remar en la Raia Olímpica de São Paulo.
Gusto doble fue encontrarme allí con Didí.

Formaba parte del staff de entrenadores de un equipo de atletas muy jóvenes del proyecto Remar para o Futuro que ultimaba preparativos para participar de una competencia a nivel nacional.
Nos saludamos con un abrazo y besos en ambas mejillas, y separamos nuestros cuerpos para mirarnos a la cara sin soltarnos los antebrazos, su mirada de ojos negros transmitía simpatía, y acordamos que yo lo esperaría media hora hasta que se desocuparse para beber unos jugos y contarnos las novedades.
(Para los no conozcan la historia de esta relación y les interese, busquen en este blog las entradas tituladas “Gostoso Didí” y “Didí sex slave x 1 noche”)

Después del segundo vaso de suco de abacaxi y comentarios sobre nuestras rutinas, Didí mirando fijo la jarra vacía me pregunto:
– ¿Germán querrá compartir un nuevo encuentro conmigo?
– Lo único que puedo hacer es consultarlo, como ya sabes la decisión es suya. También es él quién impone las reglas. Por mi lado pensé que tu curiosidad estaba satisfecha y que como nos dijiste algunas prácticas te parecieron excesivas.
– No es curiosidad lo que siento, pero después de un tiempo… bueno la cabeza da vueltas, recuerdas que lo pasaste bien, que gozaste, que lo has compartido con dos personas que te gustan… demasiado tal vez…
– No puedo dejar de sonreír y me largaré pronto una carcajada si no me miras a los ojos mientras me largas este chorro de confesiones.- le dije anticipándome a la risa que me brotó y le contagié.
– Bueno no es para reírse tanto; es verdad que no me atrevería hacer algunas cosas de las hablan y de las que hacen ustedes… pero he visto vídeos en Internet, sumisos y amos más suaves, situaciones que me han puesto tan caliente que terminé masturbándome…

Con un “déjame hablar con Germán” cerré el tema y quedamos en volverlo a tocar cuando tuviera una definición; posiblemente en tres días que era cuando pensaba regresar a remar y en el horario que coincidía Didí en la pista.

– Parece que Didí “tem saudade de bdsm”.
Con esa frase le disparé a Germán mi relato sobre el encuentro de la mañana.
Estaba dispuesto a oficiar de abogado de su causa ante el implacable juez que tanto teme abrir nuestra relación.
Por una única vez ya no era un argumento válido; la única vez ya había sucedido.
¿Una vez más y basta…?
¿Le damos una dosis tan fuerte que se espanta y huye? ese era un argumento sucio y mentiroso porque Didí claramente me dijo que la experiencia que buscaba no debía ser extrema.

Como siempre los engranajes de la relación con el ser humano que es mi Amo se aceitaron con la verdad; no podemos ocultar sentimientos entre nosotros.
– ¡Tengo unas ganas tremendas de ese culo chocolate! – Expresé mi deseo sin vueltas.
Confesar que me moría de ganas por disfrutar de Didí, ganas quizás más fuertes que las que él tenía de nosotros, ablandó al juez al punto de que falló a favor de lo solicitado.
Con la aprobación y las reglas del encuentro en mi poder culminó ese Martes de encuentros y gestiones exitosas.

Domingo 8.30 hs
Llega Didí a casa, se desnuda, lo conduzco al baño para hacerle tres lavativas, lo baño, está (estamos) super excitados.
Lo seco, le coloco una venda de paño y cuero en los ojos, tomado de la mano lo conduzco a una habitación que tiene una cama pequeña, lo acuesto boca a bajo, le ato muñecas y tobillos a las patas de la cama en cruz, le coloco un almohadón bajo la pelvis para elevar su culo.
Le abro las nalgas, le lubrico el ojete y le coloco un dilatador anal, se estremece pero no se queja.
También yo me estremezco ante ese espectáculo y salgo de la habitación.

9.30 hs
El Amo y yo entramos a la habitación, Didí está (no tiene más remedio) en la misma posición que lo he dejado.
Estamos todos desnudos, nosotros, el Amo y yo con potentes erecciones, Didí parece que también pero aplastada con la almohada.
Lo acaricio, me subo a la cama en sentido inverso y con las rodillas a los costados de su cuerpo, abro la raja de ese culo, mi Señor me apunta con vergón para que se lo chupe mientras amaso las nalgotas de Didí.
Le protejo la verga con un preservativo.
Quito el dilatador y le ofrezco el agujero rojo, mojado y lubricado.
Sin pausas le hunde su verga lentamente, hasta el tope, mientras el chico se crispa.
Espera unos segundos y lo coge como si estuviera serrando un grueso tronco.
No suelto las nalgas y miro en primer plano la faena, le mojo la espalda a Didí con mi precum.
El Amo me pide que me quite, quiere echar todo su cuerpo sobre Didí para morderle la nuca cuando acabe.
Me aparto y observo uno de los mejores espectáculos de la naturaleza, un Macho magnifico vaciándose dentro una de una belleza.

10 hs
Es mi turno.
Su ojete palpita, sus manos aprietan la tela que cubre la cama, el Amo observa unos metros atrás.
En voz muy, muy, pero muy baja le digo al oído: – Apriétamela bien fuerte, quiero dejártela allí hundida para siempre.
Lo taladro despacio, no quiero acabar pronto, me esfuerzo para contenerme, lo acaricio, lo pellizco, gime y jadea.
El Amo me ordena retirarme, le seca el sudor con una toalla.
Lo azota con un látigo de cintas de cuero, no deja marcas, solo pica y calienta la piel.
Vuelvo a cabalgarlo, arde y no solo la piel, le arden las tripas, me trata la verga como si la tuviera en un puño que cerrara y abriera.
Estoy a punto de orgasmo y el Amo me quita de encima de Didí y repite el procedimiento de los azotes ahora con una pala de goma sobre esas ancas maravillosas.
Didí se queja, cada golpe es más fuerte.
Son treinta golpes, yo los he contado.
Didí llora y tiembla.
Estoy tan desesperado que me zambullo en ese culazo.
– ¡Me Deus, vou gozar outra vez! – grita Didí y su anillo se cierra con tal fuerza en la base de mi verga que frena el paso del chorro de leche que estoy expulsando, mientras cierro con fuerza los ojos, aprieto los dientes y mi culo recibe el castigo-regalo de una fortísima palmada del Amo.
Todo ello simultáneamente.

A las 13.30 hs ya estábamos los tres dándonos un chapuzón en la piscina, borradas las diferencias de jerarquía mientras desde la parrilla el olorcito de carne asándose nos llena la boca de saliva.

Espero que ninguno esté arrepentido de esta segunda última vez.

El Señor de los rayos

ayax

Recuerdo la madrugada de un seis de Junio en Jericoacora y la tormenta eléctrica que se desató.
Me encontraba solo en la posada en la que vivía; se había cortado la energía eléctrica, el calor era sofocante y estaba tumbado en la red porque la cama parecía un horno.

Primero llegaron relámpagos y truenos que hacían honor a su nombre; como nunca tan atronadores.
Un viento furioso sopló desde el continente hacia el mar, y una lluvia espesa cayó más como un castigo que como una bendición sobre la tierra.
No sé cómo me nació el impulso de correr los ciento cincuenta metros que me separaban de la playa y de meterme en el mar.
El viento me empujaba dándome latigazos de agua en la espalda.
Eramos solo yo y la naturaleza ambos gritando, ambos salvajes.
Me quité la bermuda, era la única molesta prenda que impedía mi desnudes.
En algún lugar quedo olvidada; nunca la busqué, nunca la encontré.
Me dejé arrastrar por el oleaje, primero al interior del mar y después hasta la arena de la playa.
Viento, lluvia, mar, truenos rugían. El resplandor de los relámpagos solo se interrumpía por segundos.
Me parecía que toda esa energía liberada me atravesaba.
Me obligaba a correr, a bailar aullando en la orilla, cayendo cuando una ola me tumbaba y levantándome con el espaldarazo de la siguiente.

La calma sobrevino paulatinamente, con ella me fui serenando. tendido mirando al cielo mientras las nubes se abrían, con la boca abierta bebiendo las últimas y escasas gota de lluvia.

Al día siguiente las noticias desde Fortaleza informaron que varias personas en las ciudades que fueron tocadas por la tormenta habían sufrido ataques de pánico; y que en Tatajuba distante a unos 30 km un rayo había matado a una burra.

Creo que estaba maduro para conocer a mi Dueño.
Al poco tiempo apareció en mi vida el Amo.

Ese Señor que es el dueño del rayo y del trueno, que me atraviesa y me desnuda.
Que paradójicamente haciéndome su esclavo libera al animal que soy.
Me permite ser salvaje y luego me domestica.

Ya no puedo huir de ti

Blog de Ayax

¡Apártate, el amor destruye todas las imágenes!
Los sueños de tu cuerpo explotan en mi carne.

¿Qué esperas? Mi noche ya te lo ofreció todo.
Mi corazón, mi piel, mi sangre, mi sexo, mi rostro.

¿Por qué me agarras?
Ya no puedo seguir huyendo de ti.
Si me abrieses los ojos, te verías a ti mismo.
Tu corazón, contra el mío, sin decirnos que nos amamos.
Quiero morir entre tus brazos por exceso de placer.

He gritado, todo estalla y mi alma, dichosa, resume en un abismo…
Debo morir.
Tú me haces inmortal cuando crees matarme.
Ven, soy tu desierto sin oasis ni fin.
Sueño que te pierdes y que puedes abrevar en él toda tu sed con mi sangre, mi saliva y mi esperma.

Éric Jourdan

Velas

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Era una noche sofocante agravada por un corte de energía eléctrica.
En el fondo la casa tenía una amplia baranda techada; estaba protejida de los insectos del jardín con paneles de mosquitero metálico.
Allí estábamos el Amo y sus dos esclavos desnudos.
La luz de unas velas oscilantes por la brisa apenas si iluminaban nuestros cuerpos sudados.

El cachorro por primera vez tenía puesto un cinturón de castidad similar al primero que me había regalado el Amo.
El Señor me ordenó que fuera en búsqueda del mío.
Los celos que sentía por el cachorro no se habían disipado; por el contrario, por momentos crecía dentro de mi pecho la semilla del demonio que deseaba destruirlo.
Regresé a la baranda empalmado, trayendo conmigo un cinturón de acero bellísimo con diseño sofisticado, una pieza de arte que también me regaló el Amo y que en ese momento me pareció que establecería una diferencia de rango con el sencillo de acrílico que sujetaba la verga de esteban.
Llevarlo puesto resultaba más incómodo, pero era brillante y en su base por dos aros se podían pasar los testículos para mantenerlos firmes; eso sí, la maniobra era difícil y dolorosa.
En todo caso el sacrificio valía la pena para hacer notar quién era quién en el pequeño harem de mi Señor.

Con un fuerte apretón de huevos que me hizo llorar consiguió el Amo que cediera mi erección y me pueda colocar el cinturón.
Para entonces el cachorro estaba tendido sobre la mesa de madera que formaba parte del mobiliario de la baranda.
El chico iba a recibir una lección y yo sería el asistente del Maestro.
Tuve que ir por unas velas, sogas y una de mis mordazas de bola.
Esa noche el chico iba a probar la goma que muchas veces yo había mordido y empapado de babas.

Ayudé a atarle tobillos y muñecas a las cuatro patas de la mesa.
Tuve que colocarle la mordaza y me esmeré en ajustarla de forma que le quedó la boca tan abierta que solo podía morder el borde exterior y sentir que se corría el riesgo de tragarse el resto de la pelota.
El cachorro me tenía más miedo que al Amo.
El Amo no había sido hasta el momento rudo con él, al contrario, le había cumplido muchos deseos hasta entonces inalcanzables.
Mi Señor estaba molesto con su sudor y me ordenó lamerle pecho y axilas, lo que disparó que tanto mi ego como mi rabo se ensancharan, tanto que la molestia del cinturón de castidad se hacía terrible.
Después encendí cuatro velones.
Con dos el Amo comenzó a bañar al cachorro mientras yo sostenía las otras dos. Una en cada mano, levemente inclinadas para que la llama vaya derritiendo la cera.
Esa cera me chorreaba por las manos y las muñecas, ardía, pero no quería mover un pelo para dejar satisfecho al Señor.
Mientras tanto el cachorro gruñía atragantado por la mordaza y se sacudía lo poco que le permitían las ataduras.
El Amo sonreía, sus ojos sádicos soltaban chispas y su verga crecía apuntando hacia arriba resplandeciente de precum.

Satisfecho y muy excitado el Amo me ordenó retirarle el cinturón a esteban y desatarle las manos.
El chico no es muy dotado, pero al verse libre su pija no tardó en mostrarse en todo su esplendor.
La siguiente orden fue que le mantenga muy sujetos por encima de la cabeza los brazos.
Entonces Él se acercó con una de las velas al sexo del cachorro.
Las gotas ardientes en el glande hinchado lo hicieron bramar.
Tuve que emplear toda mi fuerza para sujetarlo.
Sudábamos como en un sauna.
Miré al cachorro, tenía los ojos rojos de llorar.

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Volví a atarlo, le quité la mordaza y mi Amo me hizo subir sobre la mesa pero solo apoyando las rodillas y las manos, para cogerme bien a la vista del nuevo.
Mi culo taladrado por su verga quedaba sobre la cara del inmovilizado esteban, todo esto mal iluminado por el resto de las velas.
Fue una cabalgada larga, mi Amo demoró su eyaculación que soltó bien profundo en mis tripas. Cuando salió de mi interior me ordenó expulsar su leche sobre la cara de esteban.
Me costó hacerlo porque siempre trato de hacer fuerza al contrario para retener en mí la semilla del Amo.
Luego me quitó el cinturón de castidad y me ordeño con violencia para que acabara también sobre la cara de su cachorro.

Un chaparrón tropical refrescó levemente el aire.
El Amo se retiró ordenándome que desatara a esteban “cuando vuelva la luz”.
Me tiré sobre el piso; hasta la madera estaba caliente.

La energía se reanudó después de tres horas.

Sucedió en Manila en Marzo 2010

A beleza dos carnavais

El Carnaval que pasó, paréntesis de la rutina, me devolvió preciosos momentos de mi adolescencia.
Tiempo de brotes verdes.
Cuando no era necesario esperar el Carnaval para nadar en el mar de la multitud desinhibida.
Suerte tener el Carnaval para sentirnos anónimos todos en las calles, como realmente somos.
Revelando con inocencia los cuerpos propios y ajenos, alimentando el deseo, descubriendo la necesidad.
Necesidad que se tiene de los otros.
Cuánta ceniza ha llovido en diez años, pregunto y exclamo.
Suerte aquerenciar en un rincón del alma colectiva la bacanal, que una vez al año viene a rescatarnos.

Como dice el poetinha, quiero vivir y ver el próximo Carnaval para sacudirme la ceniza del día a día.

“Acabou nosso carnaval, ninguém ouve cantar canções,
ninguém passa mais brincando feliz.
e nos corações saudades e cinzas foi o que restou… “

A 32072

“Quem me dera viver pra ver e brincar outros carnavais,
com a beleza dos velhos carnavais…”

Vinicius de Moraes fragmento de “Marcha de quarta-feira de cinzas”