A pleno sol

Sucedió entre Jericoacoata y Camocim en Diciembre 2009
En un punto de la playa entre Tatajuba y Camocim transitable con marea baja.

Apenas amaneció salimos con la Land por la playa rumbo al norte, la mañana estaba espléndida, el mar sereno y unas pocas nubes rompían la monotonía del cielo azul.
Después de unas dos horas atravesando las dunas llegamos a la desembocadura de un riacho donde se veían dos construcciones, por ponerles un nombre, hechas con unas ramas secas y con el techo cubierto de un lona plástica.
Así son los típicos refugios que los pescadores de estas costas utilizan mientras pasan una temporada trabajando.
Sus familias viven en poblados más o menos cercanos, y ellos en grupos generalmente menores de diez, se instalan en la costa con sus saveiros (canoas con velas con un formato especial) para pescar por períodos más o menos prolongados.
Llevan solo lo indispensable, que generalmente es casi todo lo que tienen, y esperan a un comisionista que pasa periódicamente a recoger la cosecha.
Estacionamos junto a una de las casuchas y mi Amo me ordenó esperarlo mientras el bajaba para averiguar si podíamos quedarnos allí.

Durante el viaje no me había dirigido la palabra ni me había prestado la menor atención.
Mi Señor quería escuchar música y no permitía que  lo distrajera.
La noche anterior me anticipó que pasaríamos un par de días fuera de Jeri. Compramos comida y dos bidones grandes de agua mineral.
Yo pensé que quería que estuviésemos solos y me sorprendió cuando llegó acompañado de un hombre al que le dio unos billetes.

El hombre que solo vestía un pantalón gastado, era muy delgado pero tenía un cuerpo fibroso con la piel curtida por el sol y por la sal del mar, y los rasgos típicos de la mezcla de razas de la zona, donde los negros se han mestizado con los indios y con los europeos.
En su cara morena se destacaba una dentadura perfecta que no ocultaba en ningún momento, porque mientras me observaba con curiosidad no dejaba de sonreír.
Sin dejar de mirarme demostrando muchísima curiosidad, el pescador que según me enteré después se había quedado a cuidar las pocas cosas que quedaron en la costa, comenzó a descargar nuestros bultos.

– Nos permite quedarnos con ellos a cambio de una suma de dinero y de que compartamos nuestra comida.
– Le dije que había traído a mi perro y no puso ninguna objeción.- Terminó de decir riéndose.
– Lo que no se esperaba es que mi perro tuviera tanta apariencia humana, así que lo vamos a solucionar.
– Desde ahora te quitas toda la ropa, te colocas el collar y no vuelves a ponerte en dos patas hasta que abandonemos esta playa.

– Si Amo –respondí. Y a cambio recibí una fuerte cachetada mientras me decía:
– ¿Desde cuando un auténtico perro habla? Olvídate de querer imitar a los hombres, mientras estemos aquí solo eres un animal.
El hombre que luego supe se llamaba Jair dejó de sonreír para largar una carcajada.

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Ya habíamos jugado ese juego con mi Amo en la intimidad, pero ahora pretendía que lo hagamos con testigos y por un período de tiempo que no conocía.
Además no se trataba de cualquier testigo. No era el público de un club leather que puede estar acostumbrado a estas demostraciones.
Seguramente sería un grupo de hombres que llevaban un vida muy sencilla, seguramente religiosos, y no sabía como podrían reaccionar.
De lo que estaba seguro es que pasan bastante tiempo alejados de sus mujeres, y que por lo menos en público desprecian a los homosexuales.
¡Ah, y que para ellos homosexuales solo son los pasivos!
En todo eso pensaba mientras sentía la sangre latiendo en mis orejas, y me desnudaba, me colocaba el collar y me ponía a cuatro patas pegado a la pierna de mi Amo, asustado buscando su protección.

Por mi contextura física comparada con la de aquel hombre, no debiera  tener reparos si se trataba de comparar nuestra fuerza. ¡Pero en ese momento me sentía tan inferior, tan indefenso!
Visto ahora con distancia, observo que mi reacción instintiva es la lógica, la del perro en un lugar extraño, la de una criatura dependiente que trata de pasar desapercibido al amparo de su dueño.

Paso varias horas del día dentro del mar, pero no estoy acostumbrado a nadar estilo perrito.
Tenía ya el cuerpo molido de trotar en cuatro patas por la playa cuando mi Señor ante la mirada atónita de Jair que fumaba protegido por la sombra que proyectaba la choza, quiso que nos refrescáramos y tomando una rama comenzó a tirarla al agua para que yo, su perro la rescatara y se la devuelva.
Cuando lo hice por primera vez y a cambio recibí una cachetada me dí cuenta que no había reparado en el detalle.
No debía tomarla con la mano sino con la boca, y debía nadar como lo hacen los perros.
No sé que pasaría por la mente de Jair, pero parecía que la situación le hacía mucha gracia.
Mi Amo abrió unas latas de carne y se dispuso hacer unos sándwiches con queso y pan, mientras yo trataba de tomar agua con la lengua de un plato de lata, y me desesperaba con la idea de no poder expresar que necesitaba más porque tenía una sed terrible.
Mi Señor fue generoso cuando le impidió a Jair darme de comer las cáscaras del queso.
– Mi perro no come eso- le dijo
– Puedes darle de comer lo que comemos nosotros, no los desperdicios.
Yo estaba entre los dos, pendiente de lo que me daban de sus manos y no caía al suelo que era pura arena de la playa.
Me las arreglé para hacerme entender que necesitaba más agua, y esa necesidad fue satisfecha.
Cuando mi Amo dijo:
– A ver ayax abre la bocaza- y me alimentó directamente de su boca con un trozo de sándwich a medio masticar, no puede reprimirme y olvidándome de que no estábamos solos acerqué mi cabeza y la apoyé en el regazo de mi Señor.
Noté que su verga no estaba dormida y la mía se puso morcillona.
Reaccioné apartándome al sentir la mano de Jair sacudiéndome la cabeza y riéndose.

Estaba rendido y me quedé dormido descansando mi cabeza sobre los pies de mi Señor, y aspirando el humo del cigarro que encendió después de comer.
Desperté cuando escuché voces y me encontré solo dentro de la choza. Las redes tejidas que habían ocupado mi Amo y Jair estaban vacías.
Obediente a su mandato me asomé a cuatro patas.
Dos saveiros estaban encallados, mi Amo, Jair y otros cuatro hombres estaban retirando las redes, y una buggy esperaba a pocos metros en la playa.
Instintivamente me escondí y espié toda la operación de descarga de la pesca, la posterior selección y carga en la heladera de la buggy que partió apenas finalizada esa tarea.
Los otros cuatro pescadores eran similares a Jair y sinceramente no recuerdo muy bien sus nombres.

En realidad miento al decir esto porque uno de ellos me llamó mucho la atención, no era mestizo, era un negro espléndido y se llamaba Nelson.
(Posteriormente, y ya de vuelta en Jeri, mientras se lo confesaba a mi Señor, le pedí perdón por haberme fijado tanto en Nelson. Eso me costó diez terribles azotes de sus havaianas en el culo.)
Nelson era también muy delgado, pero tenía unas piernas y un culo fabulosos que apenas contenía un pantaloncito claro que hacía contraste con su piel.
De manos y pies grandes pero delgados y se puede decir elegantes.
Volviendo a los contrastes de colores, manos y pies se veían hermosos, morenos de un lado y rosados del otro.

Cuando la buggy se retiró mi Amo me llamó a los gritos y salí de mi escondite caminando hacia él con la mirada baja y el corazón en la boca. ¡Me sentía tan ridículo!
Me negué a escuchar los comentarios de los hombres, algo en mi cerebro me bloqueó el entendimiento y dejé que mi Señor me agasaje con sus caricias un poco violentas como corresponde que las reciba un perro grande.

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Yo era allí el único desnudo que además mostraba el culo en cuatro, sin pudor.
¡Sin pudor! Eso pensarían los demás. ¡Deseaba tanto que mi Amo me sacase de allí!
Mi Señor tenía las piernas y la sunga mojadas del mar, y las refregaba por mi cara.
Entonces se quitó su traje de baño quedando desnudo, me puso la sunga en la boca y me dijo:
-Vamos Ayáx, se un buen perro y tráeme un short seco para ponerme.
Por suerte la choza estaba vacía y sin que nadie me viera empleé las manos para abrir su mochila y retirar un short seco.
(Eso me valió tres azotes más cuando llegamos a casa.)

Los hombres encendieron una fogata para asar los peces que habían quedado y se sentaron a fumar y a beber cachaça.
Me pareció prudente no participar y me alejé bastante, no quería enterarme que decían.
El más animado, el que más hablaba era mi Señor.
Es verdad que esos hombres son por el tipo de vida que llevan en general lacónicos. Me pareció que ellos hacían algunas preguntas y mi Amo les contestaba con lujo de detalles. Como cuando a la vuelta de un viaje el viajero cuenta sus experiencias.
Me acerqué cuando mi Amo me llamó. Habían comenzado a comer y se repitió la escena del mediodía.
No sé si por el dinero extra que le generábamos, o por la cachaça ingerida todos estaban de buen humor y participaban del juego.
Me llamaban y me daban trozos de pescado de sus manos y se limpiaban los dedos en mi cabeza.
Comencé a sentirme más cómodo y me atrevía de cuando en cuando a levantar la vista y mirarlos a la cara.
Comenzó a refrescar y me entraron muchas ganas de orinar.
Desde la mañana cuando estaba dentro del mar que no lo había hecho y me empecé a sentir incómodo y a revolverme.
Mi Señor debió darse cuenta porque levantándose me tomó del collar y dijo:
– Tengo que sacar al cachorro a mear.
Se escuchó un coro de carcajadas.
Nos apartamos unos dos metros, todavía iluminados por la hoguera y mi Amo me ordenó:
-¡Vamos ayax, para cuando! ¡Levanta ya la pata y mea de una vez!
Como me daba vergüenza mirarlos lo hice de espaldas, y tarde me dí cuenta que desde esa posición estaba ofreciendo mi culo abierto, con una pata levantada y la verga un poco dura de la que salía un potente chorro de orín.

Fui consciente de eso cuando por unos momentos todos enmudecieron. Cuando terminé uno de ellos aplaudió y volvieron las risas.

Ya dentro de la choza echaron a suerte y a Nelson le tocó dejar su red para que duerma mi Amo.
Ese macho estupendo iba a pasar la noche en el suelo como yo.
Mi Amo ató con una cuerda muy corta su muñeca con mi collar, y se echó a dormir. Su red se balanceaba y me rozaba la espalda.
Yo no me podía dormir, estaba muy inquieto. Empecé a sumar miedos, si estos hombres querían robarnos, o lastimarnos o hasta violarme. Eran evidentemente héteros. ¿Pero que les comentó mi Señor de nuestra relación?
Podíamos defendernos, éramos dos tipos grandes contra cinco.
No saldríamos muy bien parados, además ellos tenían unas cuchillas muy afiladas para limpiar la pesca que seguramente manejarían muy bien en caso de pelea.

De pronto, sin decir nada en medio de los ronquidos de nuestros compañeros de choza, mi Amo tirando de la correa dirigió mi cabeza hasta su pija que estaba fuera de su pantalón bien dura.
No precisé ninguna orden ni sugerencia, la metí en mi boca y la cerré para no hacer ruidos.
Todo el trabajo lo hizo mi lengua, fue un trabajo lento y agotador que me llevó muchos minutos.
Mi Amo acabó en mi boca también en absoluto silencio.
No solté la verga hasta no haber tragado todo.

Como es costumbre en estas latitudes, el Sol sale y se pone rápidamente.
Después de estar toda la noche en vela, molesto, sintiéndome sucio de sal y de arena, mi Amo tiró otra vez de la cuerda para desatarla.
Todos se despertaron al mismo tiempo.
Prepararon café calentado el agua con una garrafa de gas.
Por turnos salieron a las dunas para hacer sus necesidades.
Enseguida partieron al mar.

Nelson se quedó de guardia ese día. Nos observaba mientras nos bañábamos en el mar con mi Señor.
Cuando salimos del agua lo llamó aparte para hablar.
Esta vez presté atención, no quería quedarme afuera de lo que hablaran.
Nos había visto la noche anterior y quería que le dejara a su perro para que se la chupe, o para cogerlo.
En un primer momento mi Amo se mostró enojado, luego siguieron hablando y le causó gracia, se reía pero negaba.
Por fin ganó su morbo y le propuso que solo le permitiría observar y pajearse mientras nosotros lo hacíamos.

En la playa desierta, los tres en pelotas, yo siempre en cuatro y sin hablar.
Tragué la adorada vara de mi Amo por la garganta y por el culo en forma alternada.
Terriblemente excitado y sin poder tocarme.
Mientras Nelson se masturbaba con furia y gritaba ¡Viado!

El negro acabó antes que mi Amo pero siguió haciéndose una tremenda paja.
Recibí la lechada de mi Señor en el culo.
El Amo me ordenó echarme boca arriba. Introdujo su verga caliente y sucia en mi boca para que se la limpie. Con una mano me pellizcó un pezón y con la otra tomó con fuerza mi pene para sacudirlo.
Llamó a Nelson para que se pajee frente a nosotros.
Cuando estallé succionando su adorada verga como un desesperado, también lo hizo el negro sobre mi pecho y mi Señor mezcló las dos leches con su mano.

Comimos unos bocados y sin esperar la vuelta del resto de los pescadores partimos de regreso.
Nelson le insistió mucho a mi Amo para que nos quedáramos, pero esta vez ganó la prudencia y no el morbo y partimos haciéndole la falsa promesa que ya volveríamos.

En el camino retornando a Jericoacoara me dijo.
– No tengas miedo, no vamos a volver.
– Esa fiera ya probó la carne humana y es ahora peligrosa.

A continuación me regaló una sonrisa y un coscorrón en la cabeza.

Autor: Oveja negra

Peca y no te arrepientas. Todo es efímero.

6 comentarios en “A pleno sol”

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