Fight Club

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Nos enteramos de la existencia de un “club de la pelea”en Manila; funcionaba algunas noches en un gimnasio de barrio.
La práctica de luchar hasta agotar la resistencia del oponente, como en una pelea callejera donde vale todo, pero siempre limitándose a las armas que brinda el propio cuerpo sin ninguna otra ayuda, parece que es popular en todo el mundo.

El Amo conoce cuanto me excita la idea del Fight Club, desde que leí el libro de Chuck Palahniuk y vi la película de David Fincher. Cuando visitamos Amsterdam asistimos a un espectáculo sobre el tema y comprobé que me seguía atrayendo la idea de participar en una de esas peleas.

Acompañados por stephan el viernes por la noche fuimos a ese gym center, y el Amo gestionó mi participación en una de las luchas.
Dentro del local se encontraban mas de cincuenta hombres de todas las edades, con aparentemente distintas condiciones sociales.
La enorme mayoría concurría para hacer apuestas y formaban el círculo que encerraba la zona donde se desarrollarían las peleas.

Cuando llegó mi turno me quité la camisa y las zapas; y descalzo, con el torso desnudo, vistiendo solo un jean me encontré de pronto en la pista, rodeado de tipos vociferando en un idioma que no termino de descifrar.

Mi oponente, era más bajo de estatura (le calculé cerca de un metro setenta y cinco) magro, piel muy blanca cuajada de tatuajes y ojos orientales; me pareció un rival fácil de vencer.

Cuando me sorprendió su patada voladora en pleno abdomen quitándome el aliento, cambié de idea.
El muchacho conocía mucho más que yo las tretas de las artes marciales orientales, y proyectaba en cada uno de los golpes la fuerza y el peso de todo su cuerpo.

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Lo que siguió después no puedo relatarlo con objetividad porque me perdí en una nube de furia, tratando de protegerme, intentando destruirlo.
No podía pensar donde me convenía golpearlo ni como podía esquivar los golpes.
Todas mis reacciones fueron instintivas.
Tal vez mi entrenamiento de perro me ayudó para defenderme atacando.

Recuerdo que por fin varios brazos me tomaron para separarme del chico filipino, cuando lo mantenía aplastado por mi peso y lo estaba estrangulando.

Usando mi camisa stephan me limpió la cara, me dio a beber agua, y mi agitación se fue calmando de apoco.
El Amo mientras tanto trataba con algunos de aquellos hombres que gestionaban las peleas. Luego cuando conducía rumbo a casa comentó que había ganado algo más de mil dólares apostando por mí.
Nos largamos a reír los tres y como si hubiera apretando un botón de arranque, justo  en ese momento noté el efecto de los golpes en todo el cuerpo.

En la cama del Amo, después de una ducha reparadora mi Señor me besó con pasión y acercó su boca a mi oído para decirme:
– Mi perro valiente, te has jugado y te has lucido como macho.
– Ahora te toca lucirte como mi hembra.
– Ábrete…

Sucedió en Manila el año 2010, en el mes de Abril.