El sacrificio y el amor

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El sacrificio, si es una transgresión hecha a propósito, es una acción deliberada cuyo fin es el cambio repentino del ser que es víctima de ella.
Lo que la violencia exterior del sacrificio revelaba era la violencia interior del ser tal como se discernía a la luz del derramamiento de la sangre y del surgimiento de los órganos.
Esa sangre, esos órganos llenos de vida, no eran lo que la anatomía ve en ellos.
Podemos presumir que en aquel entonces para el sentimiento de los antiguos aparecía la plétora de los órganos llenos de sangre, la plétora impersonal de la vida.

Lo que el acto del amor y el del sacrificio revelan es la carne.
El sacrificio sustituye la vida ordenada del animal por la convulsión ciega de los órganos.
Lo mismo sucede con la convulsión erótica: libera unos órganos pletóricos cuyos juegos se realizan a ciegas, más allá de la voluntad reflexiva de los amantes.
A esa voluntad reflexiva la suceden movimientos animales de esos órganos hinchados de sangre.
Una violencia, que la razón deja de controlar, anima a esos órganos, los hace tender al estallido y súbitamente explota la alegría de los corazones al dejarse llevar por el rebosamiento de esa tormenta.

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El movimiento de la carne excede un límite en ausencia de la voluntad.
La carne es en nosotros ese exceso que se opone a la ley de la decencia.
La carne es el enemigo nato de aquellos a quienes atormenta la prohibición del cristianismo; pero si, como creo, existe una prohibición vaga y global que se opone bajo formas que dependen del tiempo y del lugar, a la libertad sexual, entonces la carne es la expresión de un retorno a la libertad amenazante.

Georges Bataille