El huésped

El Amo recibió la visita de un amigo y ex amante.
Durante algunos días convivió con nosotros y el asombro.
Le costaba entender la transformación que había experimentado aquel muchacho que había conocido.

Años atrás eran un par de estudiantes, haciendo trampas a sus  novias, y comenzaban a explorar su perfil homosexual.
Si bien Germán se mostraba siempre dominante obligándole a asumir el rol pasivo, le asombraba en lo que se había convertido: Señor de esclavos.

El huésped, un hombre joven adaptado con éxito a las normas sociales, con un matrimonio considerado por él mismo como sólido, jefe de familia con una vida pública impecable, no pudo evitar sentirse fascinado con nuestras prácticas.
Temeroso no se decidía a experimentar, pero moría de curiosidad por presenciar una sesión dura.
Después de mucho insistir convenció al Amo para que le permita asistir a una como voyeur.
Mi Señor no quiso ponerselo fácil, y le impuso condiciones para que eso suceda.

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Un atardecer nos encerramos los tres en la bodega, el Amo su visita y este perro.
Se me ordenó desnudar completamente al huésped, y luego amarrarlo con sogas en una silla de madera.
Mientras tanto el Amo se encargó de bajarle la calentura apretándole las bolas y ocasionándole dolor para poder aprisionarle el pene en un cinturón de castidad.

Una vez acomodado el mirón, desnudé al Amo; adoré sus pies lamiéndolos y lavándolos con abundante saliva; luego se los sequé, les coloqué unas medias y lo calcé con unas botas cortas.
Se veía imponente, erguido en su desnudez, dueño de una erección dominante.
De rodillas mamé su verga hasta que me apartó.
Siguiendo sus órdenes encendí dos focos de luz fuerte que iluminan solo el centro de la habitación y apagué las restantes lámparas.
Escogí de entre los látigos el flogger largo de pelo de potro, me incliné ante mi Amo y se lo ofrecí.

Las sesiones de flagelación que más placer le dan al Amo son las que más ansiedad me provocan.
No usamos cuerdas para inmovilizarme, ni mordazas, ni vendas.
Solo debo permanecer sosteniéndome firmemente con las manos de un trapecio fijado al techo, con la altura justa que me permite apoyarme en el piso en puntas de pie cuando tengo las dos piernas juntas.

Las sesiones suelen ser largas, esta particularmente duró aproximadamente una hora, y se alternaron momentos intensos con otros de calma.

El Amo es un maestro en este arte, le imprime a los golpes distintas velocidades, diferentes ritmos, pausas inesperadas que me sorprenden.

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Yo me dejo llevar, me concentro solamente en mis puños sabiendo que no debo soltarme.
Ese trapecio al que el sudor de mis manos hace cada vez más difícil tomarse, es como el filo de un precipicio al que debo aferrarme para no perderme en el abismo.
Dentro del halo de luz estoy solo, el látigo entra y sale del fulgor tan rápido que más se intuye que se ve, empuñado desde la penumbra donde habita el Amo.
Siento en un segundo plano al resto del cuerpo estremecerse, arde y pica cuando el látigo se aleja muchísimo más que cuando llega y golpea.
Los arcos de los pies queman y tengo la impresión que se quebraran sus pequeños huesos en cualquier momento.

De a ratos el Amo se acerca, pasa la yema de sus dedos sobre los surcos marcados, a los más crueles los besa y lame, y me dice en voz baja cosas que no voy a reproducir porque son palabras dirigidas solo a mí.

Por momentos el pánico me acecha; creo que estoy pisando el umbral de un límite que no soportaré.
Sin embargo cuando mi Señor me ordena soltarme y me abraza para sostenerme, pienso que todavía podría resistir más. Que ha finalizado demasiado pronto, que tengo una reserva de fuerzas para ofrecerle, que deseo darle todo, quedarme vacío de energía, roto.

Envuelto en sus brazos, con el calor del contacto de su piel tan sudada como la mía, tomo nuevamente plena conciencia del cuerpo.
Siento vibrar todas y cada una de mis células, todas ellas vivas hasta las de las uñas y el pelo.

Allí mismo sobre el piso de la bodega, con mis patas sobre sus hombros, y devorando su lengua y su saliva, el Amo me posee, me llena.

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Solo después del orgasmo que me sacudió mientras era fecundado, recuerdo que ese otro hombre ha estado observando; el voyeur del ángulo oscuro.

Cuando enciendo nuevamente las luces, el huésped se hace visible.
Agitado, transpirado, incómodo, le hiere la claridad plena, mantiene la mandíbula tan apretada como el pene que lucha por expandirse contra los barrotes de la pequeña jaula.

Después de liberarlo de cuerdas y castidad, junto con el Amo lo ayudamos a salir al parque.
Ya era de noche, y para calmarlo lo bañamos con el agua fría de la manguera de riego.

Sucedió en Manila el año 2010, en el mes de Octubre.

Autor: Oveja negra

Peca y no te arrepientas. Todo es efímero.

4 comentarios en “El huésped”

  1. Me ha parecido super morbosa la situación, aunque he hecho unos cuantos tríos nunca se ha dado la oportunidad de que uno de los tres vértices del triángulo (cualquiera de los otros dos o yo, me da igual) se limite a ser un mero observador de lo que pasa entre los otros dos.

    Sí que habéis viajado Germán y tú, me encanta.

    Besos.

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  2. Nos gusta mucho viajar y aprovechamos todas las oportunidades para hacerlo. Algunas de esas posibilidades tienen que ver con las ocupaciones de Germán. Por esa razón, la de las ocupaciones, vivimos juntos unos pocos meses en Fortaleza, y algunos años en Manila. Hemos vuelto a Brasil y estamos establecidos en São Paulo. Las mega metrópolis como Manila y São Paulo tienen algunas ventajas y muchos problemas; si me dan a elegir prefiero el mar.
    Este episodio tiene un epílogo; la última noche en nuestra casa, y recién esa noche, el huésped la paso a solas con Germán; si pasabas cerca de su habitación (como los celos me obligaban hacerlo) se escuchaban con claridad las nalgadas y los gemidos. Me imagino como lo trató el culo, las casi 20 horas de avión del día siguiente, cuando embarcó para NY.
    Besos

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  3. Se nota mucho en vuestra forma de escribir, no tenéis prejuicios y se os ve gente instruida.

    Que haya mar cerca me da un poco igual, aunque soy de interior he vivido en ciudades tanto interiores como costeras y ambos tienen cosas buenas y otras menos buenas pero sí que reconozco que prefiero los climas secos. Aparte me encantan las grandes ciudades, al poco de emanciparme me mudé a un pueblo para pagar menos alquiler pero no aguanté más que un par de meses. De todas las ciudades que conozco mi favorita para vivir es Madrid y la segunda sería Goteborg.

    Jajajaja, no me cabe duda de que Germán lo dejó bien servido para el avión.

    Besos.

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