El látigo y yo

mys0716
A los más o menos masoquistas nos calientan los latigazos.

Esa caricia sorpresiva y ardiente que sorprende al cuerpo en los lugares donde menos se espera, y que con su chispazo despierta y enciende las células dormidas.
Células que ahora atentas aguardan el próximo chispazo con ansia y con temor.
Si el látigo vuelve a caer sobre la huella que dejó anteriormente en la dermis, la chispa se potencia y se entierra más profundo afectando a los nervios y la masa del músculo.

Cuando me entrego a mi Amo para que me azote con sus látigos, quedo a su disposición sabiendo que a partir de ese momento comenzará en mí un proceso de pérdida paulatina de racionalidad.
Ya al sentir la caricia  de sus manos desparramando aceites sobre la piel, cierro los ojos e inhalo profundo el perfume del aire, que es una mezcla del olor del aceite y del olor de nuestros cuerpos que comienzan a excitarse.

Las crines de caballo inician el ritual con golpes acompasados en el lomo, en el culo, en los muslos, en el pecho, hasta en mi verga que ya está dura.
El ritmo de estos toques se acelera; pero muy lentamente para mi gusto, porque deseo llegar cuanto antes al momento en que se convierta en un torbellino picante que me pinte de rojo el cuerpo.
Ese endemoniado látigo de crines tiene la virtud en manos de mi Amo, de elevar mi capacidad de excitación al punto que el roce de los labios de mi dulce verdugo me haga gemir sin poder reprimirme.
Ni hablar del intenso fluir de la sangre en el pecho,las tetillas y la verga.

Por fin llega el momento de las palabras mayores.
Es el momento en que actúa el Satanás que silba.
El trenzado, el asesino que cuando se ceba mata.
Conmigo no será odioso porque lo empuña mi Amo.
Se limitará a marcarme, hacerme bufar de dolor y sorpresa, jugará a atemorizarme cuando castigue al aire y con su sonido de víbora quiera asemejarse al trueno que llega antes del chaparrón.
Me hará danzar, maldecir y agradecer, y tratará de llevarme al límite, por desgracia no siempre alcanzado, de extraerme de lo más profundo el aullido que acompaña al orgasmo.

Y si, aunque lo común es vaciar mis bolas sin remedio cuando el Amo al dar por terminada la sesión me acaricia, me seca y me besa simultáneamente; confieso que varias veces, el clímax de una sesión con látigos me ha hecho eyacular con violencia, mientras recibía los golpes.

Nunca pude explicarme como siendo yo un animal tan racional como me creo, pueda llegar al extremo de abandonarme tanto, a sustraerme tanto de cualquier pensamiento que no sea otro que sentir el fuego doloroso y placentero que me producen los latigazos.
Inexplicable.

Autor: Oveja negra

Peca y no te arrepientas. Todo es efímero.

5 comentarios en “El látigo y yo”

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