Siete años bajo su mirada

Mi Señor tiene un físico imponente.
Pero recordando aquella tarde en que lo conocí en Jeri, sentados en el bar de su posada, fueron sus ojos claros (grisescelestesverdes) y su voz grave dándole marco a las pocas palabras dichas con seguridad, despojadas de agresividad y adornadas por un extraño acento cuando habla en castellano, las armas con las que destruyó la empalizada de mi fortaleza.

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Dos noches después, en el interior de su habitación, mordió mis nalgas como un caníbal, quemó con la brasa de su cigarro los vellos que rodeaban mis tetillas, tiró de mi pelo tan fuerte que creí me que me arrancaría el cuero cabelludo.
Yo ya era su perro, amordazado y atado con las sábanas, había roto los diques de la inhibición y deseaba que me destruyera, esperando conseguir el placer supremo en el momento que me destrozara.
Esa noche bebí dos dosis de su leche.
Cuando amaneció me embrujó verlo despertar erecto. Se acercó, me acarició, me desató y al oído me pidió una mamada mientras me exigía el sacrificio de no correrme una paja.

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Saudade de Jericoacoara.
Extraño el calor de su viento, la pureza de su arena, su sol fulminante.
Amo a ese rincón del mundo donde hace siete años conocí a mi Señor
Donde Él me hizo suyo

Autor: Oveja negra

Peca y no te arrepientas. Todo es efímero.

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