Anónimo

No lo sé y no me importa, ni quién eres ni como te llamas.
Solo me importa invadir tus entradas con mi carne para derramar mis leches.
Mi puta adornada con cueros.
Arcilla moldeada en caliente donde descargar mis urgencias.
Te tatuaré a los mordiscos.

negravuelve

Narciso

Colgado en un marco el espejo refleja la magia de un joven que se anuncia hombre.
Joven y reflejo se adoran con igual pasión.

narcisoveja

A orillas del lago medir el tiempo no tiene sentido.
Para Narciso las horas se detienen mientras estudia cada músculo, cada trozo de piel, cada pelo.
Con todas esas piezas arma amorosamente un puzzle que observa a su observador simétrico.

Para seducir al bello del lago Narciso baila y se acaricia; arrebatado besa su imagen en el espejo, y confundido masturba un sexo que no distingue si es el suyo o es del otro.
Qué importa saberlo, si cualquiera de los dos le da satisfacción.

Cuando llegan los orgasmos simultáneos, crispados y vehementes, cada uno ofrece su placer a su reflejo; conscientes de la comunión que los completa.

Calmado el éxtasis, los dos jóvenes serenos y hermosos, observan como la leche flota sobre la superficie del lago, y chorrea por la luna del espejo.

Dedicado a las pajas conque festejaba mi metamorfosis de niño a hombre.

Noches flageladas de agitada vigilia

ovejo

Esta celda que fue prisión del cuerpo,
armadura severa más que casa de meditación o exilio del mundo,
cárcel de los sentidos,
dulce esposa invisible donde templar las almas de virtud serena,
qué pasión encendida y rugiente debió guardar cuando era el siglo XV y Florencia bullía de animación y goce,
que no pudo apagar el vasto muro ni oscurecer la grave reja,
mientras Savonarola cumplía su castigo entre la espesa humareda subiendo a los cielos.

Qué noches flageladas de agitada vigilia,
de horas como sierpes robadas al estudio,
de ojos transfigurados como un santo por el deseo,
pasiones saciadas sin desmayo.

Lo dicen los colores sensuales de ese fresco,
en la pared manchada cinco siglos atrás por el cálido semen de un novicio.

José Gutierrez

El boxeador

oveja

Quedamos en conocernos personalmente, y me invitó a su entreno.
¿Quería dejarme en claro que era fuerte, que era dueño de un potentísimo swing, que era el pugilista que mejor esquivaba los golpes?
Boxeando era prolijo y agresivo, incitaba a su sparring para que se esforzara en agredirlo.
¿Quería que en esa primera impresión me agradaran sus músculos largos, perlados por el sudor de su piel morena?
¿Quería embriagarme con las feromonas que en avalancha disparaban sus sobacos?

Por si todavía no lo sabía ya había logrado su propósito; me lo imaginaba desnudo, danzando la lucha con su rival; ese era mi pavón real, inflando el pecho y desplegando para mí su cola.
Su mensaje callado me gritaba en la cabeza:

¡Mírame, reconóceme bien macho!
¡Puedo enfrentarte, puedo ser el rey de tu manada!
Prueba revelarte para saber quién soy de verdad.

Al bajar del ring me dirigió la palabra para que lo acompañe hasta las duchas y ponernos de acuerdo donde tomaríamos unas cervezas.
Él no era el único bajo las lluvias, pero por algo quería mostrarse junto a los demás; quería alejar cualquier duda que quedara de su superioridad.

A los gritos me hablaba de rutinas deportivas, para que todos nos tomaran por colegas de vaya a saber que.
También a los gritos le contestaba, desde la entrada, apoyado en el dintel que nos separaba de los lockers mientras admiraba su cuerpo acariciado por el baño, luciendo mi erección para quien quisiera verla, como si se tratase de una respuesta a su cortejo de seducción.
No me importaba que notaran mi abultada entrepierna húmeda; yo se la estaba dedicando a mi boxeador, esperaba que él lo notara.

Me latían los abdominales deseando el golpe de sus puños enguantados.
Ansiaba que jugáramos el juego.

La llave

Debo salvar al mundo.
Esa misión es una carga para los privilegiados.
Pondré mi vida en riesgo, sin miedo, sin importarme las heridas ni las pérdidas.
Tardaré tanto como sea necesario, no conozco el largo ni las vueltas del camino.
Tendrás que esperarme, esa es tu pequeña penitencia.
Rogar por mi salud será tu distracción y consuelo.
Seguramente el mal me tentará y alguna vez quizás caiga en la trampa.
Los peligros esperan agazapados, listos para asaltarme en mis momentos más débiles.
Pero recuerda que me perteneces, recuerda que no abandono mis propiedades.
Seguramente regresaré con riquezas que premien mi sacrificio.
Alguno de mis trofeos será para ti.
A cambio espero descansar en las sábanas blancas que habrás bordado con encajes, mientras esperas nuestro reencuentro que será glorioso.

Yo me llevaré la llave del sello que te guarda.
En todo momento colgará de una cadena sobre mi pecho.
Por las noches la besaré pensando en ti, y pediré perdón arrepentido de los pecados que haya cometido.
Si una desgracia me impide volver, ya sabes que en lo oscuro te estaré esperando impaciente, con esta llave guardada en mi puño cerrado.
Tendrás que acelerar tu tránsito, recordando siempre que me perteneces, aquí y allá.

oveja

Yo fuí garganta profunda en el Halloween de Queen

Cuando afirma orgulloso “Yo fuí garganta profunda aquel Hallowen en el Fairmont” nadie se atreve a contradecirlo.
Con sus ojitos chinos y su figura descarnada recorre las calles del French Quarter vendiendo Lucki Dogs, y si esperas que termine su jornada al anochecer, y lo convidas con unas cervezas se le suelta la lengua y se le refrescan los recuerdos; especialmente los relacionados a esa noche de orgía de la que tanto hablan los fans de Queen.

El que hoy es el hotel Roosevelt de la cadena Waldorf fue, desde los años 60 y hasta el barrido del Katrina, el hotel de la cadena Fairmont en New Orleans.
Quien me cuenta esta historia de primera mano trabajó de camarero, luciendo un impecable black tie, en su famoso y elegantísimo restaurant Sazerac.
Ese jovencito que estaba orgulloso de su figura y de su cultura, no despreciaba la fuente de recursos extras obtenida acompañando damas y caballeros en salidas por la ciudad, y en la intimidad de sus habitaciones del Fairmont.

onegra

En 1978 el 31 de Octubre en el Civic Auditorium se presentó, como parte de la gira para la presentación del álbum Jazz, el grupo inglés Queen; y sus integrantes ofrecieron una fiesta sin límites esa misma noche.
Alguien se decidió por el hotel Fairmont para hacerla y los organizadores, que aparentemente no tenían límites de gastos, tampoco se pusieron límites a la imaginación y contrataron a un verdadero circo sexual que dejó vacío por una noche el submundo de Lousiana.
Allí estaba desde Fred Staten salpicando con sangre de pollo a los que tenía cercanos, hasta un grupo de enanos con bandejas ofreciendo rayas de coca. Estaba la gorda Rita que fumaba cigarros con su vagina, mientras en bañeras con hígado crudo hombres y mujeres luchaban desnudos y una malabarista usaba dildos enormes como mazas para su acrobacia.
Sobre las mesas repletas de carnes, mariscos y bebidas se subían bailarinas exóticas y strippers e improvisaban sus shows.

Un empresario conocido como Guzzle contrató a nuestro amigo, para que esa noche ofreciera a los invitados junto a un grupo de chicas y muchachos “servicio de labios y boca”.
Vestidos con pequeñas tangas, dispuestos a chuparle el sexo a quien fuera, se repartieron primero en los baños. Más tarde, avanzada la noche y la fiesta, algunos como nuestro conocido, posiblemente muy colocado de sustancias, se animó al salón y en cuatro patas debajo de las mesas se perdió en una orgía de sexos de muchas formas y sabores.

“Las mujeres no me rechazaban”, me dijo, “al contrario me sujetaban la cabeza para que no les abandonara el clítoris; en cambio algunos hombres no demostraban demasiado interés.
La excepción resultaron ser tres chicos británicos que acompañaban la banda. Los tres tenían penes enormes según mis standars, me sentaron en el piso apoyado contra una pared y me follaron la garganta sin miramientos. Uno detrás del otro sin pausa.
Creo que sobreviví a la experiencia por la mezcla de coca y nitrato que me fueron dando mientras me taladraban a vergazos.”

Al amanecer, cuando los directivos de las distribuidoras de discos y los periodistas especializados de todo el mundo se fueron a dormir la mona a los departamentos del hotel, y los Rock Stars habían partido rumbo a su nuevo destino, la fauna pintoresca que animó la fiesta desfilaba fantasmagoricamente por la Roosevelt Way camino a sus guaridas.

Nuestro conocido se lamenta no tener una anécdota para contar sobre las estrellas de Queen.
“Gané bastante dinero esa noche, pero toda ganancia la hubiese resignado por llevarme el recuerdo del sabor de la verga de Freddie”.

La noche definitiva

Esta es la noche definitiva; después de esta noche, de esta oportunidad, de esta última oportunidad desaprovechada llegarán los bosques, la confusión, la perdición.

ovejaultimanoche

Esta noche apelaré a la comunicación, a la compañía, a la fraternidad, buscaré desesperadamente alguien que sea como tú para poder agarrarte por el brazo, para poder tocarte, para poder decirte incluso te quiero.

Hablaré, hablaré y hablaré, de hecho sólo voy a hacer eso,, hablar, vaciarme, darte todo aquello que es mío y que también es tuyo, buscaré aquello que nos hace iguales, te daré mi mejor sonrisa y también te convenceré de la conveniencia de la agresividad, porque tu y yo estamos indefensos, y yo te lo demostraré.

Desde el amor, siempre desde el amor, porque no quiero que te vayas.
Porque esta noche es la definitiva, después de esta noche, si tu te vas, sólo quedarán los bosques y entonces ya no será posible.

”La noche justo antes de los bosques”
Bernard Marie Koltés