Mi presa

Mi presa

Sé mi presa mejor que cazador.
Sé el candoroso mío.
¡Deja de ser el sol y sé un grano de arena!
Habita en mi umbral como mendigo.
No quieras ser vela, sé polilla,
para que pruebes el sabor de la Vida
y conozcas el poder secreto del servicio.

Yalāl ad-Dīn Muhammad Balkhi
لال الدين محمد بلخى
1207/1273

Il ratto de Ganimede
Damiano Mazza
1573/1590

Las uvas y tú

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Me tienta el peso que revela el placer que contienen las uvas.
Las formas, los olores, el brillo que reflejan.
Su atractivo me fuerza a morderlas para aturdirme en su dulzura.

Igual que tú cuando te desnudas con fingida inocencia, aparentando ignorar mi presencia y mi anhelo.
Igual que tú, mi tentación, que eres quien me obliga a morderte y mascarte.

Error

¡Por favor, no me marques!

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Yo quería pintarte con mil morados, quería estamparte mi firma con un bisturí.
Te habías convertido en mi cordero ideal.
Temblabas inclinado sobre el ara del sacrificio.
Te ardían los labios, te brillaban los ojos y el mármol blanco de tus ancas se entibiaban con mis caricias violentas.

¡Por favor, no me marques!

Tu ruego corría buscando escaparse del laberinto de mi duda.
¿Qué querías?
¿No estabas allí esperando por los dolorosos placeres de la víctima?
-No me marques; ¿era un pedido o una provocación?

Te mordí el cabello.
Y así tomado, sin soltarte, como si fueses una cría, me lastimé los puños golpeando la pared.

Me pediste perdón, besaste mis nudillos sangrientos y te fuiste.

En tiempos de guerra

En tiempos de guerra el miedo es espeso.
Es una sopa fría que todo lo envuelve.
No estás a salvo en tu refugio porque lo invade; a medida que se cuela por las rendijas se acumula en capas que te van helando desde la planta hasta la cabeza.
En permanente vigilia lates tan escandalosamente que alertas al peligro y te delatas.
Esperas que llegue el momento en que el frío denso se agudice al punto de herirte con astillas de hielo.

De pronto hueles otro cuerpo cerca.
Está cubierto con la misma cáscara helada, nadando en la misma ciénaga. pero conservando todavía el pequeño corazón caliente.
Lo buscas, o él te busca, o tal vez ambos se atraen por una extraña fuerza.
Lo cierto es que solo es posible el acople, la aniquilación, o ambas cosas a un tiempo.

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En tiempos de guerra el hambre te carcome las tripas y te ciega la razón.
Te lanzas sobre la presa aullando, y te conviertes en la presa del otro.
Los cuerpos se mutilan a mordiscos.
En tiempos de guerra se violan más cuerpos que nunca.
La violación se desea, se busca, es una forma de batallar, de vengarse y de destruir; también es la forma de invadir la entraña cálida de los cuerpos ateridos por el miedo.
Es la manera posible de introducirse en otro a donde depositar nuestra tibieza; o la de ser el receptor de la vida caliente que se escapa con cada orgasmo.

También hay cuerpos que se entrelazan y frotan quitándose el frío, tratando de olvidar el dónde y el cuando viven.
Esos cuerpos se inflaman y babean buscando fundirse, buscando la forma huir, de no pensar que el hielo puede interrumpir el romance y destruirlo definitivamente.

En tiempos de guerra el sexo es trascendencia.
Trasciende la marca que has sembrado en otros cuerpos, o trasciendes tú, guerrero que esperas otro combate.

Señales

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Estallidos, sirenas, latigazos de agua helada, insultos y gritos.
Gases, balazos, golpes, heridas.

La multitud observa embelesada por TV como cruje la tierra de los morros, como se raja, y como de ese sismo nace un monstruo vengador.
Crece el fenómeno y se agiganta mientras suenan trompetas y golpean tambores.

Armados y abanderados corren con los torsos desnudos cantando sus consignas de odio a plena luz del día, interrumpiendo la placidez de las playas en formación de legionarios romanos.
¡Justicia! gritan mientras saborean la sangre de la venganza.
Pero la justicia es más injusta que nunca y la sangre es la de su propio cuerpo que devoran.

Son señales que anuncian la proximidad de una era oscura.
Ya nos juzgaron y nos encontraron culpables de vivir y dejar vivir, pecamos amor, sensualidad y fiesta; tendremos que pagar caro ese atrevimiento.

La miseria y la muerte para los otros, decreta la nueva conciencia que avanza sin frenos.
Mientras ese perro rabioso muerde su propia cola.

Sissy

Coger a un sissy boy es tan rico como comer un durazno jugoso y dulce.

oveja

Los mejores de su especie conocen las mañas de la hembra más caliente y refinada.
Soportan con dignidad los tratos bruscos.
Aparentemente frágiles y vulnerables tienen morbo y coraje suficiente para permitir que los exhiban y los compartan.
Caprichosos, insaciables.
Pueden guardar sus sentimientos bajo llave o mostrarse en carne viva, según convenga a su estrategia de seducción.
Doctorados en tentaciones llenan tu copa cada vez que la vacías.
Jugando su juego es muy difícil distinguir la araña de la mosca.

Mejor es no descuidarse, se puede caer en la adicción.
Y hasta correr el peligro de enamorarse.