Anoche fui ciervo

Anoche fui un ciervo.

oveja negra

De entre toda la fauna mareada de alcohol y droga que ofrecía su cuerpo danzando descubrí al Lobo.
Solo, desde su rincón más que observar medía y pesaba la carne en vitrina para elegir que pecho, que espalda, que nalga insinuada por los pantalones caídos cenaría en la madrugada.

Un Lobo viejo y solitario que se apartó de su manada harto de compartir sus presas, de coger las mismas hembras.
Ladino acechando, cruel cazando, dueño de un apetito voraz que crecía a medida que transcurría la noche y sus posibles víctimas se le ofrecían inconscientes.

Y me convertí en ciervo.
Yo que he sabido ser perro fiel, yegua de mi jinete, anoche fui ciervo.

Y el Lobo olfateo mi presencia cercana; un ciervo también solitario temblando de anticipación sabiendo que va a ser devorado.

Tal vez aumentó tanto el volumen de la música que me ensordeció, tal vez todo el alcohol de la noche me hizo efecto en ese instante; lo cierto es que las rodillas se me aflojaron y no pude correr cuando me alcanzó su presencia con una mano que se posó sobre mi hombro desnudo.
La mano, que debiera llamar garra, me alcanzó el pecho para amasarlo y con las uñas pellizcarme el pezón.
Después el calor y la dureza tensa del cuerpo multiplicada por mil en su entrepierna que me pareció enorme apretándose contra mi culo.

No puedo recordar más detalles de anoche, solo un puñal de músculos y pelos desgarrandome las entrañas y un torbellino de dolores y orgasmos que tanto necesitaba satisfacer.

El Lobo saciado siguió su camino seguro de encontrarse con presas nuevas cuando le llegue el hambre.

Que no fue un sueño lo atestiguan las marcas de sus mordidas y los arañazos de sus garras.

El amor en el ritual del dominio

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La práctica controlada del sadomasoquismo retrata un drama clásico de destrucción y supervivencia.
El estremecimiento de la transgresión y la sensación de libertad completa dependen para el sádico de la supervivencia del masoquista.

Cuando el masoquista soporta su ataque incesante y permanece intacto el sádico experimenta este hecho como amor.
Al aliviar el miedo,la culpa de él, que teme que su agresión lo aniquile, crea para el Amo la primera condición de la libertad.
Por la misma razón la masoquista experimenta como amor el dolor psíquico compartido, la oportunidad de abandonarse al dolor en presencia de un otro en el que se confía y que comprende los sufrimientos que inflige.
De allí el amor y la gratitud que pueden acompañar al ritual del dominio…

Originalmente en el proyecto de destrucción hay una especie de inocencia.
Según la teoría freudiana primero el infante ataca despiadadamente y devora al mundo sin ningún sentido de las consecuencias.
En esta etapa de sadismo primario la criatura no sabe lo que es infligir un daño; simplemente espera tener su bizcocho y comerlo.
Sólo cuando internaliza su agresión e ingresa en la posición masoquista puede imaginar el dolor posible del otro.
Entonces aparece el sadismo real, el deseo de hacer daño y reducir al otro, como uno se ha lastimado a sí mismo.

En síntesis, la agresión, internalizada como masoquismo, reaparece como sadismo.
Con esta internalización se tiene la coartada para desempeñar ambos roles en la fantasía, para experimentar sustitutivamente la parte del otro, y de tal modo disfrutar del acto de la violación.

Fragmento de “The Bonds of Love” de Jessica Benjamin

Las muchachas de Copacabana

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Si vienes hoy a Río de Janeiro atraído por su fama de capital libertina del cono sur, te encuentras que los caminos de acceso a la prostitución son variados.
Internet está plagada de anuncios de todos los colores, es un escaparate brillante no siempre correspondido con la realidad.
En los hoteles es posible encontrar a un camarero que maneje contactos de todos los gustos, y que te tranquiliza ya que tienes la garantía de saber donde localizarlo por cualquier reclamo.

Las llamadas “termas” son casas tipo spa que ofrecen atenciones especiales dentro del mismo establecimiento; las de lujo se encuentran casi todas en la zona sur.
Por ejemplo la “Centaurus” de Ipanema tuvo su momento de fama internacional cuando los paparazzi sorprendieron allí a Justin Bieber.

En la histórica Lapa abundan las “bonecas” y los “michês”. Boneca, se traduce como muñeca y así se les llama popularmente a las travestis, y michê a los prostitutos.
Ambos tienen prohibido ejercer su comercio en la famosa “Vila Mimosa”.

Localizada en la zona norte de Río, Vila Mimosa es un conglomerado de barsuchos, locales de striptease y viviendas miserables que la policía no toca, seguramente a cambio del pago de protección.
Allí se manifiesta abiertamente la profunda homofobia del brasileño medio.
No hay prostituta trans o travesti, o prostituto masculino que se atreva ha acercarse a las calles de este sitio que se ufana de mantener la pureza de la prostitución exclusivamente femenina para servir al macho cabal.
Hay que tener en cuenta que según estadísticas oficiales solo durante el año 2016 fueron asesinados en Brasil 144 travestis y transexuales.

Recuerdo que en mis años de adolescencia junto a los amigos compartíamos excitados por lo prohibido un porro de maconha y espiábamos a las prostitutas que entraban solas a la Boate Help de Copacabana y salían acompañadas generalmente por algún turista.
Las bonecas en cambio conseguían a sus clientes en la calle, y se paraban en pequeños grupos sobre la avenida Atlántica a partir del posto 5 de la playa; preferentemente en las esquinas desde la Sá Ferreira hasta la Francisco Otaviano.

Uno de los chicos de la banda, Nelson, nos contó que con el dinero de la mensualidad que le daba su padre una noche abordó a una de estas bonecas.
La tarifa más económica correspondía al servicio de una felatio dentro del automóvil del cliente. Como Nelson iba de a pie y no se conformaba con menos que una penetración, la travesti le propuso llevarlo a su casa y tomaron por la calle Sá Ferreira hasta llegar a la cuesta de la Saint Roman.
Esa subida conduce a la favela del Morro do Pavao y a nuestro amigo le pareció más prudente ofrecerse a alquilar una habitación en el hotel Ducasse frente al que estaban parados, a costa de gastar todo su dinero.
La boneca se negó rotundamente y casi a la fuerza lo obligó a acompañarla por un laberinto de callecitas hasta que en una de ellas se encontraron con un mulato tipo fisicoculturista que tras amenazarlo de hacerle perder la virginidad anal de manera poco amable le quitaron el reloj y hasta el último de sus ahorros.
Al pobre Nelson los de la banda le pagamos porros y cerveza durante todo un mes, eso sí a cambio que nos contara cada vez el cuento para reírnos con la risa fácil de los pibitos de dieciséis.

De esas muchachas de Copacabana, que según Chico Buarque tenían para el cliente lo que él quisiera desde una paraguaya de Jamaica hasta una balalaika peruana, muchas emigraron a París.
Algunas tuvieron que conformarse con trabajar a la intemperie en el Bois de Boulogne; pero las más sofisticadas y atractivas escalaron hasta ocupar su lugar en clubs nocturnos y prostíbulos elegantes.

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Falta

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Falta el rayo que quema la espalda: falta el calor que dilata los poros, y la fuerza que tuerce y retuerce las articulaciones.
Nos está faltando el dolor, me susurran todos los átomos que me forman.
Ese dolor que me despierta y me hace sentir más que vivo, me dice el cuerpo aletargado.

Y es que extraño a la hoguera y al verdugo.
A la ceremonia previa, la elección de instrumentos amenazantes que potencian los efectos de su saña y desencadenan el temblor de mi ansiedad.
Me falta la droga de su ira, su arrebato descargándose con tan furioso placer sobre mi ser que conseguía hacerme implosionar en un orgasmo.

41.3ºc

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41.3ºc, y visito el Infierno.
Ese Infierno todo mío, de dolores intransferibles.
Poblado por mis Demonios, palpables, sólidos, tan vívidos en mis alucinaciones, como activos torturándome los miembros.
Loco, desesperado quiero acariciarlos, entregarme a ellos, dejarme abrazar; porque los he amado. Porque todavía los amo.
Y me responden con más fuego para ahogarme y hacerme arder.
Quiero llegar al mar, sumergirme y salvarme.
Y también allí están ellos para sofocarme en la profundidad que es cada vez más oscura y helada.
Tan fría como para convertirme en una estatua rígida que tirita al ritmo acelerado del tambor corazón.

Sin saber como, abandonado a la orilla de los 38ºc me siento enfermo, cansado, vencido.
Y esa es solo una pausa, porque la guerra se reanudará y una y otra vez.
Cinco días en ascuas navegando la fiebre que brotó de lo profundo encendida por chispa de un germen estacional.

Hoy puedo contarlo; esta batalla la he ganado.
Pero de mis Demonios no puedo deshacerme.
Los llevo conmigo, son mi pasado, ahora habitan en el lodo de mi alma.
Están al acecho, esperan por el próximo virus, la bacteria, la peste que transforme ese lodo en lava…

En el puerto de Brest

“Brest es una ciudad dura, sólida, construida en granito gris de Bretaña.
En su dureza está anclado el puerto; en ella encuentran los marineros el sentimiento de seguridad, el punto de apoyo desde el que cobrar vuelo; ella les permite reposar del perpetuo vaivén del mar.
Si Brest es ligera, ello se debe al sol que dora débilmente sus fachadas, tan nobles como las venecianas, a la presencia de los marineros indolentes que caminan por sus callejas estrechas; por último, también a la niebla y a la lluvia…

Para las tripulaciones, Brest es la ciudad de «La Féria».
Lejos de Francia, entre ellos, los marinos sólo hablan de este burdel con groserías, con carcajadas; del mismo modo que pueden hablar de los patos de Cholon, de los naï anamitas, evocan al patrón y a la patrona sirviéndose de expresiones como esta.
«Te lo juego a los dados. ¡Como en la casa de Nono!»
«Este, con tal de cogerse a una pibita, sería capaz de jugárselo con Nono.»
«¡A este tipo le gustaría ir a ‘La Féria’ a perder!»

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Si el de la patrona permanece ignorado, los nombres de «La Féria» y de «Nono» deben de haber dado la vuelta al mundo, susurrados en los labios de los marineros, lanzados entre apóstrofes burlones.
A bordo, ninguno sabe a ciencia cierta qué es «La Féria», ni conoce con precisión las reglas del juego que cimenta su reputación; pero nadie, ni siquiera los novatos, osa preguntar nada: todos los marinos simulan estar al corriente.
El establecimiento de Brest aparece nimbado de un aura mitológica, y los marinos, al acercarse al puerto, sueñan en secreto con esta casa de citas de la que sólo hablan en tono burlón…”

Así Jean Genet ambienta su cruel fábula “Querelle de Brest”.
Novela que leí siendo todavía el adolescente eternamente agradecido a aquella profesora de francés que prefería a Genet y a Mirbeau antes que a François Mauriac.

Cuando ya mayor quise conocer el puerto y la fortaleza del Chateu de Brest, buscaba iluso el rastro de algún burdel que fuera inspiración de Genet para crear a La Féria.
No encontré ese rastro, pero en el enorme puerto moderno algunos hombres jóvenes y maduros merecían reencarnar al marinero Querelle y al patrón Nono para revivir la escena en que el bello asesino purga sus crímenes entregando la virginidad al patrón bufarrón.

Y me brotó un recuerdo de la fantasía, con perfume a tabaco y cognac, fragancias baratas de las putas, y el sudor ácido del violador, y el dulce del violado.
Violador y violado, ambos sorprendidos de su inmenso placer. Uno por calidez de la estrechez y la sangre, y el otro por su eyaculación intensa a pesar del dolor del desgarro.

La obra que ilustra es de Jean Cocteu a propósito de Querelle.

Sal

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La sangre tiene el sabor de la sal que nos compone desde nuestro origen de algas marinas.

Con sal cubre las palabras que diseñó en mi piel con la hoja de acero que es fría, pero quema.

La sal sobre la herida quema más que la hoja de acero, pero seca las gotas de sangre.

Mis lágrimas también son saladas, como salado es su semen.

Su semen, mis lágrimas y la sangre conservan el sabor de la sal que contenía aquella sopa que dio origen a la vida.

Placer y dolor, combinación de emociones presentes en el parto, en el nacimiento.

Sangre, lágrimas y semen frutos del dolor y del placer.

Eres mi vida; las tres palabras que escribió y que por unos días leí del revés cuando me mire el pecho en el espejo.

Palabras que se borraron cuando la sangre seca cayó, y se regeneró la piel; pero que permanecen en mi memoria, mientras mi memoria es.